A 190 años de Salsipuedes

Lucas Ghiglioni

Bajo la mirada de los tiempos braudelianos, es interesante ver cómo los movimientos de reivindicación indígena de nuestro país, en particular los que surgen en las últimas 4 o 5 décadas, han labrado y construido un relato sobre los hechos históricos respectivos de difícil comprensión, al tomarlos más bien como elementos aislados, sin llevar el análisis a categorías del conocimiento más amplias y profundas. Además, con la predominancia del sentimiento y de la idea de sostener un relato en primer lugar, más que, y es válido decir, el deseo de auto-conocer una cultura a la cual asumen representar.

El ‘’charruísmo’’, como movimiento en particular, ha tenido un reflote serio a través de, primero, múltiples organizaciones sociales que desde la apertura democrática han cobrado especial vitalidad, y segundo, por un elemento cultural que se esparció en nuestra sociedad con consignas que por lo menos son dudosas, como la idea de una sociedad uruguaya, del ser uruguayo, como algo que tiene su origen en aquella ‘’garra charrúa’’, haciendo alusión a la fiereza que caracterizaba en el combate a un pueblo aguerrido como lo fue el charrúa.  Solamente esa idea, emana no solo una intencionalidad de vender un relato, que como dije, es por lo menos dudoso, sino que, cuando lo llevamos al terreno histórico, pasa a ser ya no dudoso, sino ignorante. Ignorante por no querer contemplar en el relato construido a todo lo que conformaba aquella Banda Oriental, a aquel territorio abundantemente despoblado desde sus orígenes, y nunca por pueblos que, en la escala de desarrollo tecnológico y social, no pasaban en el mayor caso de ser proto-neolíticos, como lo eran los guaraníes, con el conocimiento parcial de la agricultura como la gran característica en ese sentido, y quienes por su parte nos han legado la mayoría de los elementos culturales indígenas que posee la sociedad uruguaya, desde el cotidiano mate, a los nombres de Tacuarembó, Paysandú, Cuareim, que pertenecen al lenguaje guaraní, y no a otro.

El 11 de abril pasado, cuando entré a mi cuenta de Instagram, encontré bastante compartido una publicación de una cuenta llamada ‘’charrúaantifascista’’, o charrúa antifascista, si lo explicamos bien ya que la red social no permite el espacio entre palabras para los nombres de usuario. Esa contradicción tan particular fue la que me llevó a querer compartir con el lector mi visión de esta cuestión histórica, ya que la sorpresa que me llevé cuando leí a ese usuario, que engloba a una pequeña comunidad de supuestos descendientes charrúas, no se detuvo a medida que leía más de sus consignas. Tanto usted como yo estoy seguro que nos preguntamos, ¿Cómo será posible que un charrúa se sientiera identificado con la lucha antifascista? La respuesta no debe ser asociada con individuos en particular, sino que hay que entender que estas personas hablan como un grupo, un supuesto grupo exponente de las características de la cultura charrúa. Es allí donde va la contradicción, porque no es posible siquiera querer concebir que la cultura charrúa, por las características propias de esta, es opuesta al fascismo. Ni es que es opuesta, ni es parecida, estamos hablando de cosas distintas. Pero que haya personas que se sientan voceras, que sientan que tienen algún poder en particular para malinterpretar estas cosas, es verdaderamente inquietante y molesto. Las culturas deben ser conocidas y entendidas por lo que son, por aquello que el antropólogo, el historiador y el investigador nos transmiten con sus trabajos, que están hechos directamente sobre el legado que se mantiene vivo de esas culturas, y aplicando a ello un trabajo de tipo científico para construir el conocimiento. A ellos son los que hay que escuchar, no a los agitadores de causas inventadas ni a los ‘’twiteros’’ compulsivos con perspicaces relatos.  Son aquellos que quieren acomodar la historia a sus intereses, y no armar sus intereses en función de la historia, sosteniendo las banderas de luchas irreconocibles, mezclando ámbitos de la vida que no tienen lugar. Creyendo que ser un charrúa implica ser un antifascista, cuando las preocupaciones del charrúa estaban, como la mayoría de los habitantes de estas zonas en su tiempo, en el día a día. Pensaba en salir a cazar, porque le preocupaba constantemente si iba a comer, o si se iba a trasladar. No luchaba contra el fascismo, que no existía. Es terriblemente pretencioso el querer hacer que una cultura sirva a una causa perteneciente a otra cultura. Como decía Pi Hugarte, advirtiendo de estos colectivos indígenas, se está incluso por caer en un ‘’Neo-racismo’’ por parte de los mismos, que casi mistifican a los charrúas, o sintiendo una especie de superioridad que nunca va tener fundamento, porque no hay una cultura mejor o peor que otra, sino distinta. O como ese eslogan del ‘’país sin indios’’, cuando está comprobado que un tercio, nada más ni nada menos, de la población uruguaya tiene descendencia indígena. A través de ellos existe ese legado, que expone además lo que es el Uruguay en ese sentido: El resultado de un intenso mestizaje de lo español con lo local.

Cerrar el asunto con la creencia de que la reducción numérica de la población indígena de la Banda Oriental se debió directamente por el episodio de Salsipuedes, es ignorar un proceso que ya nadie deja de aceptar como multicausal. Fue largo y paulatino, que tuvo que ver con el alto proceso de mestizaje, las acciones militares entre pueblos indígenas, como las guerras entre guaraníes de las reducciones y los charrúas, las epidemias e incluso el alcoholismo, sumado todavía a la escasez natural de la cantidad de esas parcialidades indígenas. Debatir sobre historia siempre debe hacerse desde el marco del trabajo científico, porque es el que nos ofrece un acceso fortuito y lo más real posible a ese pasado que tanta pasión, hasta el día de hoy, nos mueve y debe seguir haciéndolo, solo que en los causes más apropiados.

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