Argentina y la política-espectáculo

Fátima Barrutta

Que el debate político en Argentina es de inusitada crispación, ya todos lo sabemos.

Hay razones históricas que lo explican.

Hasta la asunción de Raúl Alfonsín en 1983, el país vecino penduló entre democracias endebles y golpes de estado, a lo largo de la mayor parte del siglo XX. Sin duda, el colosal desastre político y social que significó la guerra de las Malvinas, sirvió para que la oleada totalitaria llegara a su fin, ojalá definitivo.

Pero los males endémicos de un populismo desbocado, que halló en el peronismo su principal fuente de sustento, dejan su impronta en una convivencia democrática siempre exasperada. Fue el periodista Jorge Lanata quien acuñó el concepto de «grieta»: dos bandos incapaces de llegar a una síntesis, que consolidan una visión de la realidad en blanco y negro, sin matices ni consensos posibles.

Se equivoca el lector si interpreta en estas consideraciones una crítica al pueblo hermano.

No nos sumamos a ese lugar común en que caen algunos uruguayos soberbios, en afán permanente de injuriar a los argentinos, revelando un complejo de inferioridad de hermanito menor y una irracionalidad más propia del camiseteo deportivo que de la buena vecindad.

En nuestro país también sabemos de posicionamientos políticos irracionales y extremistas. Tal vez exista sí una diferencia en la manera más sobria en que dirimimos nuestros conflictos, aunque no faltará quien aprecie que esa sobriedad es simple conservadurismo…

Lo que es innegable es que la intensa espectacularización que vemos en el debate político de la vecina orilla, muchas veces conspira contra el intercambio de ideas, esencial en la construcción democrática colectiva.

Una candidata oficialista a las PASO que se votan este fin de semana, ha realizado una insólita asociación de ideas entre el peronismo y la satisfacción sexual. (Ojalá lo hubiera expresado con estas palabras…). En otra entrevista, se declaró explícitamente creyente en la astrología, llegando a decir que eventos históricos como el crack de 1929 y la caída de las torres gemelas, obedecieron al supuesto designio de una carta astral.

Otra candidata, en este caso opositora, lanzó hace unos días un spot en que muestra sus atributos físicos, a plena luz del día, frente al Congreso de la Nación, reclamando contradictoriamente que no la voten por su lindo trasero (otra palabra que intenta suavizar la utilizada en esa ocasión).

La verdad es que la percepción de estos ejemplos no puede ser más desoladora para quienes, como nosotras, hemos hecho de la política una vocación y misión de vida.

¿De qué vale nuestra continua reivindicación de paridad de género, si mujeres colegas del país vecino incurren en los mismos estereotipos machistas que tanto procuramos combatir? ¿No son conscientes estas aspirantes a diputadas que sus mensajes no solo dejan al descubierto falta de inteligencia, sino que además trasmiten prejuicios profundamente dañinos a las futuras generaciones de mujeres y hombres? ¿Cuán bajo son capaces de caer en la búsqueda de más clics en las redes sociales y más notas en los pueriles programas de chimentos? ¿Gobernarían con esa misma superficialidad y carencia de ideas, en el caso de ser ungidas por el soberano para ese fin?

Contra la política-espectáculo, quien esto escribe propone una política inteligente y dedicada en un cien por ciento a la promoción social y cultural, bien lejos de cualquier divismo y frivolidad. Esto es lo que realmente somos las mujeres: ciudadanas sensibles en la lucha contra la injusticia; personas pensantes que, habiendo sido víctimas de discriminación durante décadas, hoy sabemos combatirla con ideas y militancia inquebrantables.

Por eso, hoy más que nunca reclamamos paridad de género en la conformación de las listas electorales y la designación de cargos públicos.

Contra el machismo de muchos hombres y, qué lástima, también de algunas mujeres.

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