Brum, el último soldado del Quebracho

Gustavo Toledo

Los libros de historia mienten: la Revolución del Quebracho no terminó el 31 de marzo de 1886 sino el 31 de marzo de 1933. Aquella funesta jornada cierra el ciclo del Quebracho y abre el del Machete, parafraseando a Don Emilio Frugoni. Un tiempo cuyas sombras aún se proyectan sobre nosotros y el recuerdo del sacrificio de Baltasar Brum – ¡y ni que hablar el de los combatientes del Quebracho!- titilan débiles, casi imperceptibles, en nuestra memoria colectiva.

Si existiera una ventanita a través de la cual pudiéramos asomarnos a ese pasado cada vez más distante, veríamos a un hombre firme y digno con una pistola en cada mano parado en medio de la calle, dispuesto a dar el ejemplo, aún a costa de sí mismo; escucharíamos un grito entrecortado salido de lo más profundo de su ser (“¡Viva Batlle! ¡Viva la demo…!”) y luego sentiríamos el ruido estremecedor de un disparo que le atraviesa el corazón y seguiríamos con impotencia el derrotero de ese cuerpo inerte que cae en cámara lenta sobre el asfalto, salpicando de sangre colorada el nombre del traidor y el de sus secuaces, y sentiríamos, acaso con cierto dejo de vergüenza por haber permanecido inmóviles, el recuerdo de esa bala que, como una ráfaga, atravesó el tiempo y el espacio… Una bala lejana, disparada en los Palmares del Quebracho, casi cinco décadas atrás, cuando una pléyade de jóvenes idealistas y corajudos puso en juego su vida en aras de la libertad. Una bala que señalaba el camino que pocos, casi nadie, estuvo dispuesto a seguir. Y con la que Brum, a sabiendas de su responsabilidad frente a la historia (¡y su conciencia!) pasó a la posteridad.

Aquel ¡Viva la Demo…! que su muerte le impidió completar, evocaba los sueños que a tantos jóvenes –como su mentor, José Batlle y Ordóñez- llevaron a tomar las armas en contra de la tiranía y en aras de que las grandes mayorías fuesen oídas y sus derechos respetados. Si aquella revolución sin divisas, en la que confluyó lo más granado de una generación llamada a dignificar la nación, buscó cerrar el tiempo del militarismo y abrir el del imperio de la ley y sobre esa base fundar una república de iguales, sin doctores ni caudillos todopoderosos a su frente, la muerte de Brum bien podría ser vista como la última batalla, solitaria y ejemplar, librada en defensa de esos principios. “El no pasarán”, encarnado en un solo hombre, que, en ese mismo recodo de la historia, allá lejos, en la Madre Patria, otros valientes opondrían al avance de la barbarie.

Como discípulo de Vázquez y Vega, Batlle honró a su maestro cumpliendo con la obligación y el compromiso moral asumido frente a su tumba de ir a la revolución en defensa de esos ideales.

Como discípulo de Batlle, Brum honró su legado hasta su muerte y con su propia vida.

Y con ella, de algún modo -o en más de uno-, posiblemente, simbolizó el fin de la república feliz y justiciera que se forjó en aquellos campos perdidos, y, al mismo tiempo, el advenimiento de una larga y prolongada noche, que se llevó puesta las instituciones y hasta la conciencia republicana de los uruguayos.

Honrémoslos, manteniendo viva su memoria en la praxis, en el respeto a las instituciones y la reivindicación de la libertad como valor supremo.

Que aquella sangre, generosa, no haya sido en vano.

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