Chile como espejo

Fátima Barrutta

La derrota aplastante del proyecto constitucional chileno deja distintas enseñanzas.

La más obvia de todas es que la composición de la constituyente que la redactó, si bien respondió a una votación, no resultó a la postre representativa de la voluntad mayoritaria de la ciudadanía.

De no ser así, debió haber habido una correlación entre las preferencias políticas de quienes colmaron la constituyente de militantes de ultraizquierda, y el apoyo al texto constitucional que ellos mismos redactaron y defendieron con convicción.

¿Es válido analizar el resultado como un voto castigo al gobierno de Gabriel Boric, por el deterioro de la calidad de vida de los chilenos, con una inflación a la que el país trasandino no estaba acostumbrado desde hacía décadas?

Creo que no; la causa principal debe hallarse en la desconfianza que produjeron algunas de las medidas allí contenidas, sobre todo aquella de consagrar la plurinacionalidad, al extremo de generar prerrogativas legislativas y judiciales independientes en beneficio de determinados sectores.

Más temprano que tarde, los chilenos comprendieron que esa disposición constitucional, por más políticamente correcta que pareciera, llevaría indefectiblemente a una atomización del Estado y la pérdida de garantías para los ciudadanos. Es que aún en un mundo tan relativista como el actual, hay vallas que la gente sensata no está dispuesta a saltar.

Hubo dos factores que motivaron el triunfo de Boric en las elecciones presidenciales chilenas de diciembre del año pasado.

Por un lado la manifiesta disconformidad de un pueblo que realizó en octubre de 2019 una revuelta masiva, por muchos inesperada.

Los resultados macroeconómicos del país eran inmejorables, una especie de mosca blanca en el contexto latinoamericano, pero en paralelo, la desigualdad social había generado un caldo de cultivo que explotó con furia inusitada.

Es verdad que en esa rebelión incidió mucho cierta ultraizquierda organizada (similar a la que aquí, por suerte en forma minoritaria, insulta soezmente al presidente de la República en ciertos actos públicos). Pero la manera como las grandes mayorías salieron a las calles en demanda de mayor igualdad tuvo que ver con un país de economía liberal muy sólida, donde sin embargo faltó un componente principal: el de la sensibilidad social.

Dicho en otras palabras, al Chile de Piñera le faltaba batllismo.

Ese descontento social alentó el deseo de un cambio de signo ideológico. Pero no se hubiera dado de no haber incidido el segundo factor: un candidato oficialista, José Antonio Kast, claramente posicionado en la extrema derecha del espectro político.

Nuevamente, a la alternativa liberal y republicana de aquella elección crucial, le faltó batllismo.

Los chilenos se inclinaron por un candidato joven que, aún sustentado por la ultraizquierda, mostraba cierta moderación en su discurso.

Es muy significativo que Boric no haya tenido palabras de elogio a las penosas dictaduras de Cuba, Venezuela y Nicaragua (como lamentablemente lo hacen un día sí y otro también nuestros frenteamplistas de por acá), y que tampoco haya firmado la patética carta de presidentes de izquierda en adhesión a la vice argentina Cristina Fernández, cercada por la Justicia ante indudables hechos de corrupción multimillonaria.

Ese activo de Boric lo coloca en una situación difícil: no puede satisfacer a los centristas y derechistas que recelan de su origen radical, pero ante la necesidad inevitable de dar sensatez a su gobierno, terminará defraudando también a la misma ultraizquierda que lo impulsó.

Es ese contexto crítico el que explica el rechazo plebiscitario del fin de semana pasado.

Y a los uruguayos debe servirnos, como un espejo en el que mirar nuestra realidad.

Las moralejas son dos: por un lado, redoblar nuestra labor para convencer a la ciudadanía que las utopías de ultraizquierda no son una solución y que inevitablemente conducen al desastre.

Por el otro, ser muy cuidadosos en el cuidado de nuestro gobierno: que la ética liberal nunca se lleve puesta a la sensibilidad social.

Ese es nuestro desafío, como uruguayos y como colorados: seguir impregnando a la coalición republicana de batllismo.

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