¿Cómo construir una utopia socialista?  El infierno burocrático

Nelson Chagas

La documentación relevada por el historiador Moshe Lewin (“El siglo soviético” 2005) muestra que la creciente desilusión de la vieja guardia bolchevique ante la burocratización del Partido.

En un principio estaban orgullosos de sumergirse en la tarea, que se presentaba como titánica, de construir la utopía socialista soñada. Más temprano que tarde venía el desencanto. Descubrían que se trataba de un trabajo rutinario, tedioso, aburrido y con muy dudosas metas. Los datos estadísticos manejados por Lewin nos permiten conocer que, entre 1922 y 1935, aproximadamente un millón y medio de miembros abandonaron el Partido. Otros, cambiaron de trabajo y de dirección. Muchos de ellos fueron expulsados posteriormente. En no pocas fábricas, la cifra de quienes lo habían abandonado superó la cifra de los miembros.

Al margen de ello, durante los años ’30, el aparato del Partido Comunista continuó creciendo. También siguió incrementándose el número de Comisarios del Pueblo – de 10 en 1924 a 18 en 1936, hasta 41 en 1940-, el de “comités de Estado con rango de comisariado, como el Gosplan (el comité de planificación económica, que diseñaba los planes quinquenales), el de Abastos de Cereales, el de Educación Superior, el de Asuntos Artísticos y, el personal de estos departamentos.  En cada nivel, especialmente en Moscú, las organizaciones del Partido tenían las órdenes de crear, en su propia rama del aparato, departamentos que emplearan al personal adecuado: esto es, responsables, vice responsables, instructores, personal técnico, etc.

La manera en que se conducían los asuntos internos del Partido era, obviamente, centralizada. En casi todos los asuntos importantes el Politburó tenía la última palabra. ¿Qué sucedía entonces? Muy simple: que con semejante número de asuntos a tratar, el Politburó no tenía tiempo y recursos físicos para ocuparse de todo.

Esta sobrecarga en la cima del poder y el crecimiento exponencial del aparato partidario y de la administración del Estado, generó un círculo vicioso y la eficacia del sistema fue relegada a los últimos lugares en la escala de prioridades. El aumento de personal era una manera de poder satisfacer la necesidad de someter una realidad que crecía a un ritmo desproporcionado y de difícil control. Esto en medio de una crónica escasez de aprovisionamientos y un bajo nivel de vida. El círculo vicioso no se podía romper fácilmente.

Hay detalle más: como señalé en las notas anteriores, Stalin consideraba que las condiciones objetivas no importaban sino los cuadros. Cualquier contratiempo, catástrofe, tragedia o bien, situación caótica podía interpretarse como un sabotaje contra revolucionario. Los cuadros del Partido Comunista, en este sistema, eran siempre culpables potenciales y cuanto más importante fuera el puesto, el peligro era mayor.   

Y este sistema paranoico de gobierno fue más lejos aún.

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