¿CÓMO CONSTRUIR UNA UTOPIA SOCIALISTA?

 La construcción del poder absoluto

Jorge Nelson Chagas

¿Era posible ocultar el testamento de Lenin en plena atmósfera del culto leninista? No, no era posible. Su opinión negativa sobre Stalin estaba allí, sobre la mesa y el Partido Comunista ruso tenía que tomar una decisión.

Pero, en ese momento fatal, Stalin fue salvado por el dirigente Grigori Zinóviev quién expresó que los temores de Lenin eran injustificados. También Lev Kaménev apeló al Comité Central para Stalin permaneciera en su cargo. No sabían que estaban firmando su sentencia de muerte… Finalmente, por 40 votos contra 10, Ténev temían a Trostky. En cambio, Stalin parecía inmune al personalismo. Era anodino, modesto, más bien taciturno, paciente (inigualable en el arte de oír a los demás), mucho más accesible que el resto de los dirigentes y su vida privada estaba libre de toda sospecha a los ojos del puritanismo bolchevique.  No tenía vicios, no amaba el dinero ni otros placeres mundanos y salvo su esposa, las mujeres no existían para él. 

Pero había algo más debajo de la superficie: Stalin representaba a una generación de bolcheviques que desilusionada con la idea de una revolución mundial, se había volcado al egocentrismo y la autosuficiencia nacional. La idea del “socialismo en un solo país” estaba incubada. “Nosotros, los rusos, podemos hacerlo solos. ¡Al diablo con Europa!” No fue tan sólo la voluntad o determinación de un hombre particularmente malévolo, sino que encarnó el espíritu chovinista de la inmediata era posleninista.

Stalin tenía una visión clara y sencilla inspirada en la guerra civil, cuando el poder militar zanjó la disputa. Lograda la paz interna había que forjar un poder sin ataduras y ultracentralizado. Una auténtica máquina de guerra en tiempos de paz. Y él estaría en la cúspide de este sistema. Por tanto, tenía un plan diseñado para llegar hasta ahí y lo llevó adelante.  

Una primera pregunta ¿cómo concebía Stalin al Partido Comunista? Fundamentalmente le daba una importancia capital a los “cuadros”. Según su juicio no existían “las condiciones objetivas”.  Si las cosas no avanzaban o resultaban erradas, no se debía esas condiciones objetivas, sino que la culpa era de los cuadros. (En uno de sus últimos discursos, en la Universidad de Sverdlov, fue muy preciso al respecto).

Por lo tanto, el líder siempre tenía las manos libres para fijar los cometidos, pero no se le podía responsabilizar de las fallas o pobreza de los resultados. En otras palabras: lo que decide la cúpula siempre es correcto y los errores deben ser atribuidos al entorno del líder (infalible) o a sus subordinados.

Esto no era nuevo. En realidad el Partido ya había aplicado este sistema de obediencia durante la clandestinidad, en el estallido revolucionario y en la guerra civil. Pero Stalin aplicó la misma lógica en una situación completamente diferente, marcada por la rutina burocrática en los aparatos del Partido y el Estado, no por la emergencia.

Pero la base del poder absoluto de Stalin tenía otra arista más inquietante

LA CONSTRUCCIÓN DEL PODER ABSOLUTO (II)

Stalin supo apropiarse de las imágenes del poder. Embalsamar el cuerpo de Lenin o su juramente de lealtad nada tenían que ver con el respeto o la veneración. Sino que fue el puntapié inicial de su propio culto.

Acaso nunca lleguemos a saber exactamente qué papel jugó la figura de Trostky en su psique. Pero no se trató solamente de difamarlo sin cesar y erradicarlo de los libros de historia, sino que se atribuyó sus logros. La defensa de Petrogrado en diciembre de 1919 frente al ejército blanco, pasó a ser obra de Stalin contra toda evidencia histórica. La manipulación del pasado y de la mismísima realidad como forma de control fue llevada hasta límites extremos.

Hacia 1929 la incorporación masiva de nuevos miembros al Partido, expandió el aparato partidario y Stalin, como conocía al dedillo sus engranajes, endureció el control sobre la Secretaría, un instrumento indispensable para asimilar a la mayoría de los recién llegados sino para lograr mantener a raya a los “viejos bolcheviques” que veían con malos ojos este proceso de expansión burocrática.

Es que el Partido Comunista tal como era en los años revolucionarios y de la guerra civil estaba desapareciendo.  Más allá de las apariencias formales, cada cuadro ocupaba un puesto determinado en una jerarquía integrada por funcionarios disciplinados.         

Puede sonar asombroso y desconcertante, pero la idea que la Unión Soviética era gobernada por el Partido Comunista, no es correcta. En tiempos de Stalin no había lugar alguno para un partido político propiamente dicho.

La maquinaria partidaria era una pirámide. En su cúspide estaba el Politburó, la Secretaría y el llamado Orgburó, creado en tiempos de Lenin para tomar decisiones importantes sobre el trabajo organizativo en la Unión Soviética. Las funciones del Orgburo y el Politburó a menudo estaban interconectadas, pero este último era, en última instancia, el que tomaba las decisiones finales. En la base de esa pirámide estaban los secretarios del Partido, con sus secretarías de distrito.

Era un sistema diseñado para servir a la cúpula que, además, tenía a sus órdenes dos pirámides mucho mayores: toda la estructura de los soviets y la administración gubernamental, del Consejo de Comisarios del Pueblo hasta las agencias locales.

Esta maquinaria burocrática llegó a todos los niveles del Estado y causó efectos perdurables tanto en los miembros del Partido Comunista como en los ciudadanos soviéticos.  

Y esa endemoniada maquinaria, con Stalin en su cúspide, se abocó a la tarea de construir una utopía socialista.

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