Como el aire

Ricardo J. Lombardo

A pesar de las miles de cosas que hacemos para contaminarlo, para enrarecerlo o para acondicionarlo a nuestros innumerables usos, el aire siempre está ahí. Creemos que es infinito, inmenso, inconmensurable, suficientemente abundante como para que no le prestemos atención.

¿Qué valor económico tiene el aire? Cero. Nadie pagaría ni un peso por el aire porque lo da por sentado, por preexistente, por eterno, porque lo disponemos en cantidades incalculables.

Solo lo valoramos si nos falta, si nos asfixiamos.  Podemos morirnos sin él.

El aire es  vida. Pero no le damos demasiada importancia.

En  estos tiempos de pandemia tomamos consciencia de cuántas cosas hay como el aire, que no les damos valor porque creemos que nos vienen dadas, que son normales, y disponemos de ellas a voluntad.

La libertad de poder abrazar a los seres queridos, de besar a los hijos o a los nietos, parecía un derecho cotidiano integrado a la rutina y a nuestra propia naturaleza. Pero ¿qué no daríamos por él cuando nos falta?

Un abrazo, un beso, intercambiar una sonrisa, prácticas que eran tan habituales hasta hace poco, hoy las consideramos una rareza.

La costumbre de ir a un cine, a un teatro, a un estadio, de sentarnos en cualquier lugar para comer desde el plato más sofisticado a la pizza más recalentada, a juntarnos con una rueda de amigos en un boliche para hablar de la cuadratura del círculo, de salir a caminar por la rambla o sentarnos en un parque a tomar el sol, o los más jóvenes a sacarse las ganas en esos lugares donde la música aturde tanto como los estimulantes o el derrame de hormonas.

 Todas son cosas que teníamos incorporadas a la vida rutinaria y que asumimos, sin pensar demasiado, que nos venían dadas.

Si algo de bueno tiene esta maldita pandemia, es que nos ha permitido frenarnos de esta vorágine en que nos sumergió el siglo XXI, para valorar las cosas de las que nos está privando. Esas que creemos que por ser tan habituales, carecen de demasiado importancia.

De ahora en adelante, desde que despertemos de mañana, deberemos valorar la primera bocanada de aire que recibamos en nuestros pulmones, la posibilidad de tocar una mano de amor o de amistad y de hablar con nuestros seres queridos aunque sea por whatsapp.

Tendremos que prestarle más atención a cada amanecer, que por más que ocurra todos los días y que por eso nos parecía una rutina, es la maravillosa muestra de que estamos vivos.

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