¿Cuánto sabemos realmente de la historia reciente?

Jorge Nelson Chagas Fausto

Licenciado en Ciencias Políticas. Magister en Historia Política

Umberto Eco contaba esta historia: en la antigua Roma, el recaudador de impuestos Pedro estaba bebiendo en una fonda repleta de gente. Entonces comenzó a contar, como el sólo objetivo de divertirse, una historia fantástica: había un carpintero nacido en Nazaret decía ser hijo de un dios y  predicaba una nueva religión, pero incomodó al César que ordenó su crucifixión. Sin embargo, ese carpintero de Nazaret había resucitado y de esa forma demostró que su palabra era auténtica. Lo que no se imaginaba Pedro era que los parroquianos tomaron este relato como cierto y salieron a repetirlo como una verdad por todos los pueblos y ciudades del Imperio Romano. Pedro, sin quererlo, fundó la Iglesia. 

¿A qué viene esto? He leído más de una vez el texto que publicó en facebook  Héctor Amodio Pérez a raíz del fallecimiento de Jorge Zabalza. En él plantea con fuerza el tema de la verdad histórica y el relato. Lo que muchas veces damos como cierto y no es así.   

Y me hizo recordar un episodio del cual fui protagonista.

Años atrás yo integraba una barra de amigos y conocidos que nos reuníamos de noche en un boliche del barrio Sur. Ahí asistía un hombre – había sufrido una durísima presión  entre 1972-1985 – que contaba cómo había participado en el asesinato del profesor Armando Acosta y Lara. El relato tenía todos los ingredientes: él y Samuel Blixen solos, en una pieza semioscura  con sus rifles cargados, los minutos que pasaban lentamente, los nervios, la tensión de estar mirando cada tanto por la ventana de la iglesia donde estaban ocultos esperando que la presa saliera de su casa y…

Este hombre, además, hablaba mucho de Amodio Pérez. Aparentemente lo conocía de toda la vida y siempre repetía una frase que me quedó grabada en la memoria: “Amodio siempre fue tocado por la diosa fortuna. ¡Si tendrá suerte que Marenales le tiró una granada a los pies y no explotó!” . Esto nos causaba mucha gracia  a la barra y hasta el gallego, dueño del boliche,  del otro lado del mostrador se destornillaba de risa y gritaba: “¡Me cago en Dios! ¡Le tiraron una granada y no explotó!”

Admito que en más de oportunidad en reuniones de copas, asados o charlas, yo repetí esas historias y acaso, le agregué alguna cosa extra inventada. Estoy seguro que los otros integrantes de esa barra hicieron lo mismo.

Ahora bien. Tiempo después comencé a investigar sobre el tema y a informarme con más cuidado. Para empezar los participantes del grupo que asesinó a Acosta y Lara fueron más de dos. Blixen – pese a que se hizo responsable del crimen- no pertenecía al aparato armado del MLN y no habría sido él quién jaló del gatillo, sino Rodolfo Wolf. La famosa granada que no explotó de Marenales no iba dirigida a Amodio Pérez.  Además, es casi seguro que Amodio Pérez no conozca a este hombre ni por fotos.

¿Por qué diablos creemos el relato? ¿Dónde radica la fuerza de una narración ficticia que oculta la verdad? ¿La ficción es más seductora que los hechos reales? ¿Es, acaso, que creemos lo que queremos creer?

Son preguntas que me hago constantemente. Y no tengo respuestas absolutas.          

Sólo una cosa más: la esposa del gallego dueño del boliche era oriunda de Minas y cada tanto recibía la visita de Jorge Zabalza. Le daba un beso y pude observar como Zabalza se dirigía a ella con sumo cariño y respeto.  Sus familias se conocían desde hacía muchísimo tiempo.

Me acuerdo que una vez, mientras lo miraba alejarse, me comentó con tristeza (más bien, hablando consigo misma): “¿Qué pasó con este muchacho y con su hermano? ¿Habrá valido la pena tanta sangre derramada…?”

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