De batllismo, izquierdas y derechas

Guzmán Ifrán

Es innegable la ascendencia del Batllismo en la historia del Uruguay. Así como en su presente y nos encargaremos, personal y colectivamente, que lo continúe siendo también en su futuro. Simplemente me niego imaginar el arco político nacional sin la corriente que ha esculpido el Estado uruguayo a su imagen y semejanza: presente, sensible y cambiante. Y es sobre lo último que me detendré en esta columna de OPINAR. Porque en definitiva, ¿qué es el batllismo? ¿Es acaso el de Lorenzo Batlle en los primeros albores de nuestro país? O quizá el de su hijo, José Batlle y Ordóñez, con la avanzada obrerista, republicana y feminista que sacudiera los cimientos mismos de nuestra República y la transformara para siempre. ¿Pero por qué no entonces el de su sobrino, Don Luis? ¿O acaso no fuimos con él y su proceso de industrialización la “Suiza de América”? Aunque cómo descartar también a su hijo, Jorge Batlle Ibáñez, el político uruguayo que mejor ha decodificado las respuestas para el desarrollo nacional en el contexto contemporáneo. De modo que se torna casi un imposible retórico definir al Batllismo de manera sencilla y con precisión meridiana. Menos aún de manera definitiva y, ni pensar, en clave de dogmatismo profético o receta inmutable. En el mismo sentido, igual de erróneo sería definirlo como de izquierda o de derecha, la dicotomía clásica utilizada por ciudadanos corrientes y analistas profesionales para encorsetar ideologías y describir perfiles. Volvemos entonces a la pregunta madre, esa cuya respuesta por parte de quienes somos hoy herederos de tan caras sensibilidades definirá, sin temor a equivocarme, la fortuna del batllismo en los años por venir.

Pero antes de dar respuesta a tantas y complejas interrogantes, o al menos intentarlo, es de orden mencionar lo que en efecto ya las tiene. Comenzando por el marco práctico de desarrollo del batllismo en lo político-electoral. Porque en eso sí, que nuestro máximo referente histórico fue claro y categórico, al afirmar sin ambages que: “Se puede ser colorado sin ser batllista, pero no se puede ser batllista sin ser colorado”. Y si esa fue la voluntad de Don Pepe, ¿quién más batllista que él para contradecirlo?

Claro que hay puntos de contacto entre múltiples sensibilidades del batllismo y la izquierda. Pero en las respuestas de los unos y los otros para abordarlas en términos operativos radica, justamente, una de las principales diferencias entre ambos. Pues el batllismo ha apostado históricamente al diseño de políticas públicas enfocadas a la calificación, la formación y el empoderamiento de aquellos compatriotas más postergados, con el fin que estos puedan eventualmente valerse por sí mismos y romper las denigrantes cadenas de la dependencia estatal. En definitiva, trabajar para que los pobres salgan de pobres dignificándose a sí mismos y agregándole valor a la sociedad, generando -paralelamente- un círculo virtuoso que impulsa la movilidad social y abona al desarrollo nacional.  La izquierda, por el otro lado, convive y convivirá siempre con la contradicción entre su indignación por la pobreza y su dependencia de ella, en tanto el agotamiento de quienes dicen representar haría carecer de sentido hasta su propia existencia. En definitiva, la izquierda es la primera en hacer gárgaras en favor de los más postergados y, simultáneamente, a quien menos le conviene que desaparezcan. Y esto claro lo han dejado en sus actos de gobierno. En términos de evidencia empírica para sostener tal afirmación, tan dura como dolorosamente comprobable, basta únicamente con cruzar dos datos oficiales y objetivos: el sostenido crecimiento económico -producto de factores exógenos como los históricos precios internacionales de los commodities- durante los gobiernos del Frente Amplio, con la sostenida cantidad de ciudadanos dependientes de transferencias estatales y pecuniarias directas en el mismo período temporal. En tanto lo que comenzó como un -compartible- “plan de emergencia” para atender situaciones inmediatas críticas, se sostuvo en el tiempo mutando de nombre y evidenciando únicamente dos cosas: La primera, que el Frente Amplio dio pescado a muchos y no enseñó a pescar a casi nadie. Y no lo digo yo sino que lo gritan los números. Y la segunda, que como elocuentemente lo pusiera ya Jorge Batlle haciendo inmejorablemente gráfica la contradicción previamente mencionada: “la izquierda quiere tanto a los pobres que los multiplica”. O cómo valientemente lo confesara también a la prensa el ex Senador de izquierda Enrique Rubio en el año 2009, de cara a las elecciones nacionales de dicho año, al manifestar que si el Frente Amplio capitalizaba los planes de emergencia que había entregado las ganaba en primera vuelta.

Ahora bien, ¿qué sucede entonces entre la derecha y el batllismo? Es simple. El batllismo mantiene igual distancia con derecha que con izquierda pero por motivos diferentes. Pues si con la segunda comparte un sinnúmero de sensibilidades sociales, con la primera comparte el derecho ciudadano a desarrollarse económicamente en un mercado libre, que posibilite el progreso personal con base en el esfuerzo y el sacrificio.  Sin embargo, el batllismo colide radical y frontalmente con las derechas en lo atinente al reconocimiento de la libertad humana en términos de su alcance y ejercicio. En tanto los batllistas concebimos como absolutamente natural el ejercicio libre de la sexualidad, la existencia de múltiples formatos de familias, el derecho de las mujeres a decidir sobre sus cuerpos y el consumo de lo que cada cual desee, en tanto ello no afecte derechos ajenos. 

Asimismo, tanto con las izquierdas como con las derechas el batllismo difiere de manera insalvable en la defensa irrestricta, inclaudicable e innegociable del republicanismo, la democracia, la laicidad en la cosa pública y el Estado de Derecho. Lo que llevara a los Presidentes José Batlle y Ordóñez a embarcarse en una guerra civil con Aparicio Saravia, a Baltasar Brum a explotarse el pecho de un tiro en defensa de las Instituciones democráticas y a Jorge Batlle Ibáñez a ser el primer preso político de la última dictadura cívico- militar. O como elocuente y coloquialmente me lo pusiera también un amigo pocos días atrás, al decirme que: “a la izquierda le dejas medio metro y te encaja una dictadura”. Cierto. Como igual de cierto es que con la derecha pasa igual aunque, nuevamente, por distintos motivos. Los primeros históricamente en pos de la igualdad y los segundos siempre aduciendo motivos de seguridad. He allí también un punto de contacto clásico entre fascistas y socialistas que, analizados a la luz de los reiterados ciclos históricos, casi imposible se torna distinguir a sus regímenes entre sí. 

A modo de conclusión, entiendo que el batllismo recoge lo mejor de la izquierda y de la derecha, descartando lo peor de ambos e incorporando adicionalmente concepciones netamente propias. Naturalmente, muy difícil se torna ubicarse de manera inamovible en el centro del espectro político. Allí donde se encuentra el batllismo, haciendo gala de su equilibrio, balance y ecuanimidad. Es así como todos los batllistas tenemos -según cada momento histórico o tendencia personal- más inclinada la balanza interna hacia un lado que hacia el otro. O quizá dependiendo también del tema a tratar o problema a resolver en cuestión. Nos permitimos esa flexibilidad porque nuestra zona de confort es, paradójicamente, la menos confortable de todas: la razonabilidad. Pero a quienes incluso con sus tendencias, para un lado u el otro, les parezcan importantes las causas que defendemos, reconozcan como razonables los métodos que empleamos y sientan como propias las banderas que levantamos, los invito enérgicamente a hacerse eco de la convocatoria histórica de Don Luis Batlle Berres, que dijo: 

“El que tenga sentimientos de izquierda, que venga con nosotros; el que tenga sentimientos de centro, que venga con nosotros, y el que tenga sentimientos de derecha, que también venga, y todos juntos construiremos el país”.

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