Derecho a la vida privada

Fátima Barrutta

Es verdad: que el presidente de la República y su esposa decidan separarse, es una noticia que no puede ser soslayada.

Mi cuestionamiento actual es: ¿qué más hay que decir o comentar al respecto? ¿Se justifica en algo la catarata infame de tuits, tanto críticos como favorables, tanto empáticos como burlones, que originó esa información? ¿Tiene sentido que los periodistas publiquen sesudas notas sobre los antecedentes sentimentales del presidente y la primera dama? ¿Aporta algo que le pregunten a otros líderes políticos qué opinan de esa separación, como si esas opiniones tuvieran interés alguno?

La respuesta en todos los casos es un rotundo no.

El despliegue mediático excesivo y abusivo que se generó en torno a la situación sentimental del presidente es indicativo de la profunda degradación del debate público en nuestro país.

 No solo sirvió para que personas groseras bardearán a los involucrados o, aún en las manifestaciones positivas, se metieran a opinar sobre aspectos privados e íntimos que en nada les competen.

También se llegó al extremo absurdo de partidizar el tema, comparando el comportamiento del presidente con el de sus predecesores en ese plano.

Todo información chatarra, todo chusmerío que no corresponde a una nación democrática y educada.

La degradación comunicacional de la que hablamos tiene que ver estos nuevos tiempos de sobresaturación mediática y banalización cultural.

En el pasado, noticias como esta quedaban en el plano del rumor o de cierta prensa amarillista, como aquella tristemente famosa publicación llamada “La escoba”. A los periodistas no les interesaba en lo más mínimo meter la nariz en la vida privada de las figuras públicas precisamente por eso, porque es privada.

En la nueva época de las redes sociales, donde la comunicación se ha democratizado como nunca antes, ocurre el fenómeno paradójico de que la responsabilidad editorial parece extinguirse, y en la búsqueda del clic, muchos periodistas de medios serios se introducen en estos temas íntimos. Porque hoy parecería que, más que brindar información de calidad, importara publicar titulares con tanto gancho, que generen ese clic que se traduce inmediatamente en más ingresos publicitarios.

A esa razón comercial se suma la indudable “tinellización” de la cultura: cuando empezó el auge del rating online (consistente en la recepción por parte de los medios de los niveles de audiencia alcanzados, en el mismo momento en que estaban emitiendo los contenidos), la calidad de los productos televisivos se fue corriendo del eje: la conceptualización de los productores fue siendo desplazada cada vez más por el gusto masivo de las audiencias.

Así surgió en Argentina la frívola moda de los programas de chimentos, que más de una vez llegaron al extremo de mostrar a personas calificadas como “víctimas” cámaras ocultas hechas para mortificarlos o exponerlos en situaciones de intimidad.

El chusmerío de las redes sociales elevó esa transgresión hasta el infinito, y hoy vemos como incluso medios de comunicación serios y responsables se suman a la frivolidad de hablar del sufrimiento privado de personas individuales como si fuera motivo de entretenimiento para las masas. 

Sería bueno que nos hiciéramos responsables de dejar de lado ese morbo por la vida íntima del prójimo y aprendiéramos a respetarlo, haciendo desaparecer de la comunicación pública valoraciones y detalles privados que en nada inciden en una realidad política que a todos debe preocuparnos.

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