Desafíos de un TLC con china

Ricardo J. Lombardo

Para los que están presos de las ideologías, que siguen viendo el mundo de manera binaria entre izquierda y derecha, entre socialismo y capitalismo y la infinita cantidad de “ismos” con que cada uno se define,  el anuncio efectuado ayer por el Presidente Lacalle Pou de que el gobierno chino está dispuesto a iniciar el análisis de prefactibilidad de un TLC con Uruguay, produce un desacomodamiento peculiar.

Que el gobierno multicolor de nuestro país, que incuestionablemente tiene la impronta de los blancos, dueños de un partido históricamente conservador, apegado al libre comercio y permanente cuestionador de la actividad del Estado, esté dispuesto a firmar un acuerdo con una férrea dictadura del Partido Comunista, que cercena libertades y somete a su población a condiciones de trabajo muy por debajo de los estándares aceptados en nuestro país, genera una cantidad de alertas cuestionadoras.

Pero la verdad es que estas dicotomías bien propias del siglo XX, en las últimas dos décadas se han ido diluyendo ante la predominancia  de un nuevo  principio rector: la conveniencia.

Así, de la mano de Trump, el gran impulsor del libre comercio después de la Segunda Guerra Mundial que fue Estados Unidos, se convirtió nuevamente en un país proteccionista, y la cerrada dictadura comunista china pasó a ser el campeón del libre comercio en el mundo.

En nuestro barrio, el MERCOSUR, concebido como una zona de libre comercio entre sus socios, se transformó en  un laberinto de salvedades o restricciones a la movilidad de mercaderías, que le impidió cumplir con sus objetivos. El MERCOSUR, que funciona a la conveniencia de Buenos Aires y San Pablo, es una especie de rompecabezas de proteccionismo

El Uruguay que pensó en 1991 que se la abría un enorme mercado, se encontró con la paradoja de que 30 años después el principal destino de nuestras exportaciones es China.

Pues bien. Ahora ¿haremos predominar la conveniencia o las ideologías?. Ya Uruguay se perdió una oportunidad de oro. En 2007, el gobierno del presidente Tabaré Vázquez a impulsos de su Ministro de Economía Danilo Astori, recibió el ofrecimiento del presidente Bush (h) de hacer un TLC con Estados Unidos. Vázquez estaba de acuerdo, Astori también. Y con ellos, buena parte de la opinión pública.

Pero las negociaciones naufragaron ante la oposición ideológica del Partido Comunista, uno de los integrantes más poderosos del gobierno, y en particular del Ministro de Relaciones Exteriores, el socialista Reinaldo Gargano.

Por un tema ideológico, el Uruguay perdió una oportunidad de gran conveniencia.

¿Ocurrirá otra vez lo mismo?

Es cierto que lo que se anuncia es un estudio de prefactibilidad. Habrá que ver las condiciones y los acuerdos comerciales que trabajosamente se logren.

Pero un TLC con China requerirá una transformación radical en nuestra economía, buscando mayor competitividad. Allí surgen innumerables problemas. ¿Qué dirá el PIT-CNT si tienen que cambiar las condiciones laborales para ponerse a tono con los chinos? ¿Qué dirán los industriales que prácticamente pueden convertirse en no competitivos frente a la abundancia de mano de obra barata en el nuevo socio?  ¿Qué dirán los partidos políticos o los funcionarios públicos con las transformaciones que necesitan las empresas del Estado para ser competitivas? ¿Qué dirán los ambientalistas, al asociarse con un país que no prioriza la sustentabilidad mediambiental en su fuerte impulso exportador? ¿Qué dirán los defensores de los derechos humanos, al asociarse con un gobierno tan autoritario?

Es evidente que este anuncio es un bombazo que cae sobre nuestra sociedad y sobre esta economía que hemos venido construyendo poco a poco.

La dimensión del posible socio con relación a la nuestra, cambiará todo.

¿Será para bien o para mal?

Esa es la clave de las negociaciones.

El dilema es que sea conveniente y no se convierta en el escenario de discusiones  anacrónicas a las cuales somos tan proclives los uruguayos.

Pero mostrarse abierto al estudio de prefactibilidad parece ser conveniente.

Está bien que el gobierno avance por ese camino. Estaría mejor que los uruguayos por fin fuéramos capaces de acordar en qué nos conviene  frente a las condiciones comerciales que rigen en  el mundo de hoy, en lugar de construir castillos en el aire.

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