¿Detener lo que está andando?

Julio María Sanguinetti

Nuestra infancia y primera juventud fueron una guerra mundial y una pandemia, la poliomielitis. La primera la vivimos muy intensamente en una familia militante por la causa aliada, en que hasta nuestro padre -Escribano y a la sazón Director Nacional de Trabajo-

se había alistado como voluntario en el 14º de Infantería. Lo vi desfilar una fecha patria, como abanderado, y en mi ingenuidad infantil lo imaginaba combatiendo en Europa. Años más tarde, la poliomielitis arrasó con severos daños e invalideces a mucha gente. También la respuesta fueron las vacunas, que lograron vencer la enfermedad.

Todo esto lucía como viejas crónicas. Cerrada la Guerra Fría con la victoria de la democracia liberal y la economía de mercado, en un tiempo de explosión científica, con expectativas de vida crecientes, todo nos llevaba a un horizonte rosado. Estos dos años, sin embargo, como una revancha de los dioses vengadores que adoraban los antiguos griegos, estamos saltando hacia atrás.

América Latina de una enorme debilidad política. Argentina, México y Brasil, los tres grandes, sufren la inestabilidad económica y la imprevisibilidad política. Colombia y Chile, dos democracias sólidas, asisten al derrumbe de sus partidos históricos, caen en la fragmentación parlamentaria y la opción entre extremos. Al mismo tiempo, vuelan los precios del petróleo, el gas y el trigo.

En ese panorama, nuestro país muestra solidez institucional, plenitud democrática, un enfrentamiento exitoso a la pandemia y un gobierno que puede mostrar, como lo hizo el Presidente Lacalle Pou el 2 de marzo, resultados favorables en materias sustanciales, como crecimiento económico, empleo y lucha contra el delito. Se podrá discutir lo que falta pero nadie, con un mínimo de honestidad, puede cuestionar que este es un gobierno en marcha.

La pregunta es, entonces, ¿por qué detener lo que está andando?

Hemos vivido una campaña de aclaraciones. Poco se ha podido explicar la ley porque, una tras otra, hubo que enfrentar falsedades. Que se venía el gatillo fácil y en los 18 meses últimos de los dos años del gobierno hubo menos abatimientos policiales que en el gobierno anterior. Que se desmantelaba Antel y fue al revés. Que se privatizaba la educación y el ridículo desvaneció la acusación. Que se restringía el derecho de huelga e irrumpieron a destajo. Hasta se hizo un paro al día siguiente de abrir escuelas que retornaban a la normalidad.

Ahora el Frente Amplio está lanzado a acosar a la policía. Le apoyan las organizaciones que controla, como la Institución Nacional de Derechos Humanos o la Asociación de Defensores de Oficio. Estos últimos hablaban de 100 denuncias de abuso, desechadas por la Justicia. Ahora el Frente Amplio alega 50 y, con una arrogancia desconocida en el país, emplaza al gobierno para que en 30 días aclare esas situaciones. Como si además tuvieran autoridad política para hacerlo luego de ser titulares del mayor fracaso de la historia en materia de seguridad. Saltaron de 7 mil a 30 mil rapiñas y se atreven a cuestionar una acción policial que sacrificadamente viene logrando la baja de los delitos.

Por el otro lado, las gremiales de educación le marcan el ritmo al Pit-Cnt y a su brazo político, el FA. Es verdad que pierden poder y por suerte. En los Consejos de Primaria, Secundaria y UTU predominaban. Ejercían abusivamente la autoridad. Paralizaban todo cambio y se habían transformado en una burocracia prebendaria. Por supuesto, los profesores, por su voto, tienen dos miembros en el Codicen, por lo que su voz está en el ámbito superior. Las que no lo están son las gremiales en la administración y esto es imprescindible. Lo dijo Mujica de modo terminante, lo reconoció con pesar Astori y Valenti explicaba hace pocos meses que eran el mayor enemigo de la educación pública. Son expresiones públicas incuestionables. Tan incuestionables como las pruebas nacionales e internacionales que nos hablan de un retroceso sin precedentes en los niveles de rendimiento educativo.

Se está jugando el destino de una generación y el desarrollo mismo del país en un mundo tecnológicamente globalizado. (Esa es la paradoja: nunca se han generado tan velozmente cambios revolucionarios al tiempo que sufrimos el retroceso anacrónico de pestes y guerras).

El referéndum, entonces, tiene un enorme valor. La derogación de la ley dañaría severamente a la ciudadanía. Desmoralizaría a la policía al quitarle apoyo jurídico. Festejarían el mundo del delito y el narcotráfico al ampliarse sus libertades anticipadas, eliminarse los nuevos delitos y algunas sanciones más severas para los crímenes aberrantes. Al mismo tiempo, estaríamos anunciando que nuestra educación está condenada al estancamiento y al predominio de gremios con una visión envejecida y un espíritu dogmático. Basta oírlos estos días defender a quienes violaron la ley y la tradicional laicidad nacional, haciendo propaganda en los liceos.

En este tiempo de incertidumbres del mundo, cuando en nuestras fronteras observamos la inestabilidad económica y el encono político, ¿no es imprescindible mirar en perspectiva, comparar y afirmar lo que se está haciendo?

Dentro de tres años habrá elecciones y será la hora de juzgar. Hoy, es la de seguir cambiando.

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