“Donde falta el pan, siempre sobran los decretos”

César García Acosta

Mientras para unos la libertad el valor a preservar (el Gobierno), otros (la oposición) sostienen que debe limitarse la libertad para confinar a la sociedad por tres semanas como mínimo. De la comunicación inteligente de la primera hora, centrada en el presidente, pasamos al agravio del debate político con las muertes como excusa. Todo está politizado, hasta el GACH. Sus propios integrantes fueron quienes hicieron trascender su convencimiento de que sus propuestas no se escuchan. Su salida como asesores del Gobierno a esta altura, inminente para todas las partes, parece como en literatura la crónica de un distanciamiento anunciado. Del modo en que quiera mirarse la realidad, el fracaso es evidente: falló la comunicación institucional, la del GACH, la del Gobierno y la del Frente Amplio. Ni los héroes de los informativos de la televisión, ni el presidente debatiendo subliminalmente han sido eficientes a la hora de poner límites al desconcierto. Es por eso que siguen las aglomeraciones y con ellas los contagios, Mientras tanto, con un plan de vacunación bien estructurado, las muertes no bajan.

Resulta claro que en el plano político no estamos en un buen momento.

El estado de la pandemia evidencia que estamos en la primera ola del Covid. Hasta hace unos meses Uruguay era un castillo blindado en la región. En este contexto las muertes asociadas al virus son demasiadas. Eso es lo más angustiante. Los CTI se acercan a sus niveles más críticos de atención, y su personal está entrando en el cansancio natural que implica una intervención prolongada.

Pero en realidad con más de cincuenta muertes al día, la ausencia de entendimientos entre el Presidente y la oposición es lo que constituye el mayor desenfoque social, porque genera desazón y sólo deja al desnudo un diálogo de sordos desafinado para el tiempo que corre.

¿Quién es más responsable de este desorden social? Mientras se culpan los unos a los otros, los interlocutores políticos del Frente Amplio insisten de modo impertinente con que -para que la letra entre socialmente- es necesario confinarse por tres semanas. El GACH, por su parte, que tanta confianza diseminó en la población colabora también a la incertidumbre, porque con insolencia traspasa la barrera de su silencio inteligente haciendo declaraciones cuasi políticas desacertadas cuando no interesadas, sólo por pretender tener la razón. Y aunque quizá la tenga, el camino no es otro que el del diálogo y convencer, y no entablar una batalla mediática de la que sólo la población y no el Gobierno saldrá perjudicada.

Defender la libertad jamás será un peso para un Gobierno. Los que defienden la reclusión impuesta por una norma todavía no escrita, no comprenden la gravedad de la confrontación.

Pero lo que no ven los que buscan cercenar la libertad, o los que pretendiendo defenderla se transforman en “mandones”, es que la sociedad parece haber entrado en un túnel con una luz demasiado tenue en su final. Quizá lo que anuncie no sea una salida, sino en realidad nos dice que aún se está demasiado lejos.

 En 2018 murieron en Uruguay 32.655 personas, 141 más que el año anterior. Cada día pierden la vida 89 personas. Hoy el COVID le agregó promedialmente 50 más por día. La tasa de mortalidad en 2018 había subido respecto a 2017 a 9,47‰, es decir, 9,47 muertes por cada mil habitantes. Claramente ya antes de la pandemia la situación en el ranking de tasa de mortalidad había empeorado. Si miramos la evolución de la tasa de mortalidad en los últimos años podrá verse que se ha incrementado respecto a 2017 que fue del 9,46‰, al igual que ocurre respecto a 2008, cuando estaba en el 9,41‰.

Paradojamente hoy la eficiencia de las vacunas y todo lo que se conoce sobre ellas, nos permiten decir que antes estábamos muy mal informados sobre las vacunas, o quizá éramos mucho más crédulos, porque hace apenas unos años a nadie se le ocurriría consultar sobre la procedencia de una vacuna o su efectividad, mientras que ahora eso lo informa compulsivamente y en tiempo real, junto con la tasa de positividad, una funcionalidad informática encargada por el propio Gobierno supuestamente para darnos más libertad de información.

En mi opinión la falla está justamente en la comunicación estratégica del Gobierno. Se confundió la comunicación presidencial con la del gobierno, y no se percataron que con la permanencia de la afección en el tiempo, el miedo pasó del miedo a la incertidumbre, y de ésta al descrédito. La conclusión fue nefasta: la oposición adoptó una estrategia política de confrontación y la sensación térmica social pasó a medirse mediante el rating de los programas de debate en la televisión.

Cuando se trata de temas de comunicación social la clave debe ser explicar para entender y convencer, lo que muchas veces no es informar nada más, sino dar a conocer sólo aquello que sirva a cabalidad para decidir.  Cuando se traspasa el umbral de la razonabilidad del proceso informativo, se cae lisa y llanamente en la opinión, y en ella, opinólogos, políticos, médicos el GACH o el presidente, todos caen en la misma bolsa del entrevero.

Como decía Alfredo Zitarrosa (y los de izquierda deberían tenerlo en cuenta), es inevitable que ”… donde falta el pan, siempre sobran los decretos”. No es con confinamientos impuestos por ley o por decreto la forma para salir de esta crisis y no todo se trata de desparramar dineros. De esto se sale con identidad y respeto, y eso puede hacerse entender en una escuela o en el liceo, en la familia, en una oficina y hasta en una cárcel.

Como decía André Bretton, el fundador del surrealismo, “seamos realistas, pidamos lo imposible».

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