El camino del infierno

Ricardo J. Lombardo

Parece que al presidente norteamericano Joe Biden lo contagió el virus de lo “políticamente correcto”.

Anunció que deberían liberalizarse las patentes de las vacunas contra el Covid19 que con todo derecho registraron los laboratorios que las investigaron y desarrollaron.

Con esa afirmación hace una carambola demagógica: por un lado,  una guiñada progre a quienes vinieron haciendo ese planteo a nivel mundial y por otro se desliga de la verdadera responsabilidad que tiene su gobierno de hacerlas llegar a todas partes del planeta.

Ahora Angela Merkel, la canciller alemana, salió a discrepar con el anuncio de Biden.

Menos mal. Aún quedan gobernantes serios en el mundo.

Se trata de un tema que vale la pena analizar a fondo.

La humanidad se ha visto sorprendida y sacudida hace un año y medio por la irrupción de un virus desconocido, incontrolable, que rápidamente se expandió por todo el planeta.

Se trató de un desafío descomunal para la ciencia.

Los laboratorios de todo el mundo se dedicaron con toda su energía a la búsqueda de las vacunas y los antídotos. Pusieron las mejores cabezas de esta disciplina a trabajar día y noche. Seguramente se hicieron cargo de salarios muy elevados, los mejores materiales, las principales instalaciones y se arriesgaron a sufrir pérdidas multimillonarias . Es decir invirtieron grandemente buscando resolver un grave problema que tiene la humanidad, y lograr con eso hacer rentable su negocio.

Y lo lograron en tiempo récord. Parece increíble que 9 meses después de que se identificara el problema a nivel mundial, dos empresas  privadas, primero Moderna y enseguida Pfizer anunciaran que había encontrado un método no tradicional para inmunizar a la humanidad mediante vacunas, cuando hasta ahora se consideraba que una vacuna podía conseguirse solamente tras 5 años de investigación.

Después aparecieron otros laboratorios que tuvieron el apoyo de sus respectivos estados. Astra Zéneca en Inglaterra, Sputnik V en Rusia y Coronavac en China.

Realmente, es para sentirse orgulloso de que seres humanos hayan podido darnos tan rápidamente instrumentos para enfrentar este virus devastador, que bien podría terminar con buena parte de la humanidad si es que no se lo combate debidamente.

Y eso debe ser premiado como corresponde. Y en el sistema capitalista que rige en la mayor parte del mundo, eso se logra registrando la patente y cobrando los beneficios que corresponden.

Frente a esto, varios intelectuales han reclamado que, como se trata de un problema extraordinario, debe adoptarse una medida extraordinaria y es la de liberalizar el uso de las patentes para que pueda distribuirse las vacunas  por todo el mundo.

Y ese es un enfoque equivocado. Si no se producen vacunas suficientes para inmunizar rápidamente a todo el mundo, es porque hay un cuello de botella en la fabricación y los gobiernos podrían hacer mucho para que los poseedores de las patentes logren acuerdos con diferentes fabricantes para que pudiera disponerse de muchas más vacunas que las actuales.

De ese tipo de cosas deberían ocuparse los gobiernos de los países más poderosos y la OMS, en lugar de hacer declamaciones pour la galerie.

Sería un imperdonable error, de graves consecuencias, arrebatarle el beneficio que les corresponde a los que crearon las vacunas o incluso están investigando sobre nuevos medicamentos que puedan combatir directamente al coronavirus cuando ya se ha infectado.

Lo que esto generaría sería un retroceso de la humanidad irrecuperable.

Ante la próxima pandemia, nadie se preocuparía por arriesgarse, invertir y dedicar las mejores cabezas a investigar la creación de nuevas vacunas.

Quizás Biden conseguirá algún brujo cheroqui que se las fabrique gratis.

Dicen que el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones. Pero en este caso, hasta dudo que lo sean.

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