El camino necesario del trabajo manual al trabajo intelectual.

Claudio Rama

Se festejó un nuevo día Internacional del Trabajo el pasado 1º de  mayo, en condiciones especiales de ausencia de presencialidad y problemas de empleo por la pandemia, pero también en  medio de la mayor transición en el mundo en la historia en el mundo del trabajo. El trabajo manual, que es el que se conformó como el paradigma tradicional dominante del mundo del trabajo fue objeto nuevamente de una festividad. Pero la realidad es que esas formas de trabajo de los hombres y mujeres están desapareciendo y el mundo está en una larga transición desde el trabajo manual al trabajo intelectual. Más aún, las sociedades están teniendo más oportunidades como colectivos cuando logran avanzar más intensamente hacia un reciclaje y transformación de ese tradicional mundo del trabajo de baja capacitación y producción, hacia la valorización del trabajo intelectual. No es este un proceso reciente sino que desde hace decenas e incluso centenas de años estamos en este lento cambio asociado al avance del conocimiento y de las tecnologías de producción y comunicación. Pero ese proceso se ha acelerado en las últimas décadas con el entorno digital cuando el mundo de la producción y el trabajo ha cambiado y tomado una dimensión y una escala superior. No sólo ello ha llevado a múltiples estudios y planteamientos asociados al “fin del trabajo” y la automatización del empleo, y con la desaparición del trabajo manual, sino del propio capitalismo industrial por la irrupción de nuevos capitalismos posindustriales y del conocimiento.

Bajo el paradigma anterior el trabajo manual se veía como el único creador de valor y fue la base de una concepción marxista de la historia y de la lucha de clases que renegó del trabajo intelectual, al que desde su géneris se concebía como una actividad ideológica, de apropiación de valor de otros, o incluso como el sustrato de la dominación del capital. La historia y los estudios al contrario han mostrado el avance del trabajo intelectual como el ámbito de mayor creación de valor agregado, sino su relación con el crecimiento de un nuevo capitalismo cognitivo que con muchas denominaciones aporta mayor productividad y salarios e impulsa un trabajo de técnicos, artistas, profesionales y científicos. Es una nueva realidad que están impulsando los países centrales que donde la reproducción ampliada del capital no implica la adición de más trabajadores, tierra, capital o materias primas, sino procesos de creación destructiva asociados a la educación, el aumento del capital humano, el emprendedurismo y la innovación, crecientemente digitales y globalizadas.

Con la pandemia, se ha hecho aún más marcada la disrupción entre un trabajo manual que tiende a reducirse y un trabajo intelectual que tiende a incrementar su importancia. La revalorización del propio conocimiento está en el centro de la salida de la propia pandemia gracias a las respuestas de la ciencia. Pero, también la pandemia nos acelera la tendencia a la transformación irreversible del mundo del trabajo. Más allá de una cuestión de precios globales, hemos visto el enorme crecimiento de varios sectores como la soja, software, ganadería y servicios informáticos o asociados a actividades en línea, teletrabajo, etc., le ha ido mucho mejor a los trabajos intelectuales y en red, que a los trabajos directos de mano de obra intensiva de baja capacitación. Es éste un proceso, no coyuntural, sino que tiene una dimensión muy superior a la pandemia, que simplemente lo ha acelerado. El futuro está hoy más cerca.

La primera visión a los procesos en curso en materia del trabajo ha sido históricamente de tipo “ludista”, o sea a través de propuestas de romper o anular el avance de las máquinas como en la génesis de propia revolución lo analizara Carlos Marx cuando se produjo la desaparición de los trabajos artesanales con la irrupción de la gran industria y que dio nacimiento a la clase obrera. Hoy con subterfugios el planteamiento fundamental del PIT – CNT es similar, a través de ponerle impuestos especiales a los sectores más intensivos en conocimiento para apoyar a los sectores en crisis más centrados en los trabajos de baja capacitación, eficiencia y productividad. El tema es a la inversa, y hay que pensar en acelerar la capacitación, la transformación, la inversión y el reciclaje de capacidades, puestos de trabajo, modelos de negocios y normativas. 

No estamos hablando de futuribles. Desde el 2014, los datos muestran que la economía uruguaya está en un proceso de destrucción continuo de empleos de cerca de 70 mil empleos. Son casi los mismos que también se han reducido desde el inicio de la pandemia. Sin duda, aunque muchos de éstos últimos se podrán recuperar a medida que la movilidad se incremente al llegar a la inmunidad de rebaño con las vacunas, es claro tener conciencia que muchos de los empleos tradicionales continuaran su caída, y especialmente de los trabajos repetitivos, en actividades con más trabajo físico y a cargo de personas cuyos niveles de formación son como máximo de la escuela completa. En el quinquenio pasado incluso ello fue acelerado asociado a que los salarios continuaron creciendo y que no se ajustaron a la caída de la demanda de empleo, como lo documenta Ignacio Munyo en su reciente libro “La revolución de los humanos, el futuro del trabajo”, que nos muestra el importante ajuste que se produjo en la economía a través de la reducción del empleo. Como el deseo de las personas es aumentar los salarios y el propio PIT – CNTesta centrado en ello, los empleos seguirán reduciendo en estos contextos tecnológicos.

Con la pandemia, el escenario se complejizó por las medidas de cuarentena, y con ello se aceleró la transformación del mundo del trabajo, hacia la conformación de entornos más basados en trabajos más complejos y con mayores requerimientos de formación especializada, y a la vez más digitales, más técnicos y con mayor incidencia de procesos técnicos.

La sustitución de trabajos por procesos técnicos y fundamentalmente digitales, está haciendo desaparecer el trabajo manual, a la par que se incrementa el trabajo intelectual. Es un  proceso complejo del cambio gradual y continuo del trabajo, a escala global y que con la misma vez está también abriendo importantes oportunidades laborales en las sociedades desde hace décadas a las mujeres, cuyas capacidades de fuerza son menores a las de los hombres. No en vano, las mujeres son las más proclives a los estudios, y la estrategia de su desarrollo social, se asocia al conocimiento y a habilidades intelectuales y técnicas, y no a su fuerza bruta.

Esta transformación es la base del enorme retraso que el país ha visto cuando se comparada a como estaba frente a otras sociedades hace décadas pasadas, como lo documentara el estupendo libro recién publicado “Del freno al impulso” de Ricardo Pascale. Nos muestra la pérdida de dinamismo económico del Uruguay asociado a que no se han realizado las transformaciones para focalizarnos en una sociedad del conocimiento y darle al mundo el trabajo el eje en la innovación, el trabajo especializado.

Es éste sin duda el mayor desafío para una población como la uruguaya donde el 65% tiene como máximo la formación completa de primaria, y apenas el 42% de los que ingresan a la educación secundaria la completan exitosamente.

La proclama del 2020 del PIT-CNT no se refirió a estos problemas, a estos nuevos escenarios, a estos nuevos desafíos. La mirada es a un paradigma que no dará más soluciones a las personas. Hoy, no sólo corresponde representar también a los nuevos mundos del trabajo basados en el conocimiento y la formación profesional y técnica, y que son finalmente los que permiten mejores condiciones de vida, sino pensar en el futuro del trabajo. Un movimiento social que impulse su mejoramiento real se tiene que asociar a la transformación del viejo trabajo basado en la fuerza física, hacia el reconocimiento y el impulso a nuevas formas del trabajo basadas más en la materia gris y menos en la mera fuerza física.

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