El caso soca y sus derivaciones

Jorge Nelson Chagas

Todo comenzó a  fines de febrero de 1981. Un corredor de cambios, Juan Américo Soca, que realizaba negocios de colocación de dinero con varios jerarcas militares y policiales, desapareció misteriosamente.

¿Exactamente qué tipo de actividades realizaba Soca? El cambista colocaba la recaudación del montepío de los funcionarios policiales en préstamos urgentes a alto interés que se realizaban en las salas del Casino del Parque Hotel. También se ocupaba de comprar propiedades para los militares (Fue quién compró el terreno en el balneario Solymar donde se estableció la Escuela de Policía). En pocas palabras: movía mucho dinero y con esas operaciones les hacía ganar bastante a sus amigos militares. 

Pero Soca perdió el dinero prestado – un dinero que provenía de las arcas del Estado –  y no pudo responder por sus deudas. Ahí comenzó su tragedia. Había participado en una serie de reuniones con los militares implicados  y había sido amenazado de muerte. De repente, desapareció.  Muy probablemente fue sometido a apremios físicos y no resistió.

El hecho no pudo ser ocultado y cuando era ya un secreto a voces, el propio comandante en jefe, Luis Queirolo, ordenó una investigación. Él personalmente impulsó, entonces, la renuncia nada menos que del ministro del Interior, Manuel J. Núñez, un general muy apreciado entre sus camaradas,  del director de la Escuela de Armas y Servicios, general Alberto Ballestrino y otros oficiales con cargos cruciales.

El general Ballestrino tomó muy mal  su destitución y cuando estaba reunido con sus subordinados, en la Escuela de Armas y Servicios, para explicarles lo sucedido, fueron rodeados por una tropa fuertemente armada. Obviamente el mando superior consideraba que  Ballestrino podía intentar resistir. Ejercía un sólido liderazgo  (basado principalmente en el “espíritu de cuerpo”)  y estuvo a punto de generarse un enfrentamiento. Pero, finalmente, Ballestrino calmó a su gente.

A su vez, el general Manuel Núñez, también protestó enérgicamente y llegó a acusar al mismísimo Queirolo de beneficiarse con prebendas. Como los datos fueron muy precisos y ante la presión de sus pares, el Comandante en Jefe se vio forzado a presentar documentación de una de sus propiedades. Además, muy dolido por sentir que se había puesto en duda su ética y honestidad, Núñez envió una carta a todos los Jefes de Policía del país, denunciando que se le había “exigido su renuncia” y  negado la constitución de un Tribunal de Honor.      

Los militares habían desplazado a la clase política levantando las banderas de anticorrupción. Pero, este escándalo por motivos puramente monetarios dejaba al desnudo los peligros de ejercer el poder – que tiene su propia dinámica- sin controles ni frenos.  Más allá que la censura impidió que el tema fuera conocido por la opinión pública con todos sus detalles, no se pudo evitar la ola de rumores. Y los rumores – como se ha demostrado en más de una oportunidad – pueden ser más oscuros y dañinos que la verdad. (Este es un punto sobre el cual volveré cuando me refiera la crisis económica de 1982)  

Por otro lado, los oficiales involucrados eran de la línea dura,  Tenientes de Artigas, toda gente de predicamento y contrarios radicalmente a Gregorio Álvarez. De ese grupo, hasta entonces muy fuerte, solo quedaron Queirolo, muy debilitado en su rol de Comandante en Jefe, Iván Paulós y Hugo Medina, Mucho tiempo después, Ballestrino afirmaría que si él hubiese estado en actividad, Álvarez no hubiese sido presidente.

De ese modo inesperado, entonces, Álvarez encontró extraordinariamente facilitado el camino para el acceso a la Presidencia de la República que tanto ambicionaba. La diosa fortuna  parecía sonreírle en 1981 en momentos que los mandos de las Fuerzas Armadas se aprestaban a elegir al  sucesor de Aparicio Méndez.

Sin embargo, la historia tiene sus vericuetos y depara sorpresas, aún para los que consideran que son los hombres elegidos por el destino.

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