El debate político, dominado por eslóganes oportunistas

Julio María Sanguinetti

El debate político normalmente transcurre devorado por la coyuntura. Es difícil encontrar una mirada, no ya de largo plazo, sino que apenas mida las consecuencias previsibles de las decisiones, u omisiones, asumidas en el momento. Sin embargo, existe una tendencia generalizada a revestirse con la autoridad intelectual de los grandes pensadores para sustentar acciones coyunturales, muchas veces demagógicas. O bien, a la inversa, a denostarlos con caricaturas de sus pensamientos.

Uno de los más criminalizados es Adam Smith, al que se le atribuye preconizar una indiferencia glacial ante las necesidades de la gente cuando su luminosa obra La riqueza de las naciones, de 1776, era la de un moralista, íntimo amigo del gran filósofo de la libertad, David Hume, quien, a la inversa de Smith, nunca pudo ser profesor en Escocia por su ateísmo. El hecho es que este, en su obra magna, define el rol del Estado, con tres deberes principales: el de proteger a la sociedad de la agresión externa, a los individuos de la injusticia y opresión de otras personas y el de “edificar y mantener ciertas obras públicas y ciertas instituciones públicas que jamás serán del interés de ningún individuo o pequeño número de individuos, puesto que el beneficio nunca podría reponer su costo, aunque frecuentemente lo reponen con creces para toda la sociedad”. Del mismo modo, sostenía que así como todo comerciante e industrial tenderá siempre al monopolio, porque es su situación ideal, es necesario prevenirlo. O sea que el teórico de la “mano invisible”, a quien se caricaturiza por una frase descolgada de su discurso, está lejos de querer un liberalismo indiferente a la explotación del trabajador o un Estado cruzado de brazos ante lo que un siglo y medio después llamaría Robinson “la competencia imperfecta”.

A la inversa, algo parecido le ocurre a Marx, que si erró en profundidad con su utopía de sociedad sin clases, entendió el valor de la libertad comercial. Basta el Manifiesto comunista, escrito por él con Engels, para leer: “La burguesía ha impreso un sesgo cosmopolita a la producción y consumo de todos los países. Para chasco y desazón de los reaccionarios, ha retirado debajo de nuestros pies el mismísimo suelo nacional”. “La unilateralidad y cerrazón nacionales tienen los días contados, mientras vemos cómo a partir de numerosas literaturas nacionales y locales se va formando una sola literatura mundial”. Entendiendo correctamente el significado de esa segunda globalización que vivía (la primera fue la de los descubrimientos de los siglos XV y XVI), advertía el poder revolucionario de esa burguesía que estaba destruyendo el feudalismo y abriendo un tiempo nuevo. Su construcción teórica fue un error, pero entendía la realidad como suelen ignorarla quienes, vestidos de socialistas, preconizan un nuevo feudalismo, encerrado y empobrecedor.

La tergiversación más frecuente en estos días es la que caricaturiza nada menos que a lord John Maynard Keynes, figura principalísima del Estado británico en el primer medio siglo XX, que cuestionó la Paz de Versalles de 1918 por considerar excesivas las restricciones a la economía alemana, promovió ideas novedosas de intervención del Estado para solventar la crisis de 1929 y fue fundamental en las instituciones de Bretton Woods, al término de la Segunda Guerra Mundial. Keynes era un refinado economista típicamente británico, que lejos de intentar el debilitamiento del sistema capitalista, hizo todo lo posible por recuperarlo de sus cíclicas crisis, con intervenciones del Estado, como las que llevaron adelante los gobiernos de Roosevelt en Estados Unidos después de la crisis de 1929, o Gran Bretaña en la posguerra.

Al decir que “en el largo plazo estaremos todos muertos” para preconizar las medidas necesarias oportunamente lo han disfrazado de propagandista del zigzagueo demagógico que dilata tomar las medidas necesarias para procurar los equilibrios macroeconómicos. Ni hablar de que odiaba la inflación: “No hay medio más sutil o seguro de trastocar la base existente de la sociedad que el de corromper el dinero”; “con la inflación los gobiernos pueden confiscar, secreta e inadvertidamente, parte importante de la riqueza de sus conciudadanos”. Con la misma claridad dijo: “Los gobiernos tratan de dirigir contra la clase conocida como ‘especuladores’ la indignación popular que es consecuencia de sus viciosos procedimientos”. Repudiaba todos los excesos del Estado, al defender –al mismo tiempo– su intervención para inducir movimientos económicos que, en las crisis, espontáneamente no se producirían en el corto plazo.

Por cierto, sus teorías son complejas, como lo son en general las de todos los grandes del pensamiento, pero de la síntesis oportuna de sus conceptos es que se configuran las políticas actualmente más solventes. ¿Quién niega hoy que la libertad comercial es fuente de riqueza internacional? ¿Quién niega que el Estado es fundamental en momentos de crisis, como los que acabamos de vivir con la pandemia y lo que viene ocurriendo con esta guerra europea? ¿Quién desconoce hoy que la legislación social es la que ha preservado al Estado democrático al ofrecer más oportunidades? ¿Quién puede discutir hoy que la economía de mercado es la que más gente ha sacado de la pobreza en el último siglo? No fue por cierto el marxismo “ilógico y torpe”, como dijera Keynes.

No hay recetas mágicas para la prosperidad. Pero nuestro catálogo de caminos al infierno está empedrado de eslóganes oportunistas, ignorantes de algunas de las advertencias de Keynes que debieran prevenirnos de quienes lo invocan para resignarse a los déficits comerciales que combatió, o a quienes degradan el valor de la moneda, a quienes condenó con tanta o más virulencia que a los que creían que, en una crisis de demanda, todo se ajustaría sin la intervención del Estado.

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