El desafío diplomático en su dimensión mayor

Julio María Sanguinetti

Es un lugar común decir que estamos en un nuevo tiempo histórico. Tan grande como fue la Revolución Industrial, al estar sumergidos en profundidad en la nueva civilización digital. Tanto como fue la imprenta de Gutenberg, al aparecer las redes como nuevo medio de comunicación entre los seres humanos. O el cambio de hegemonías políticas que produjeron, a su tiempo, la 1ª y la 2ª guerras mundiales.

Ya el tema no es Estados Unidos o la Unión Soviética. Ni Europa o Estados Unidos. Ahora es China o Estados Unidos, con la gran diferencia de que son dos continentes diferentes y mientras uno es la civilización occidental a la que pertenecemos, el otro es un mundo asiático al que todavía estamos despertando. Las opciones anteriores fueron ideológicas, esta competencia (o rivalidad) se mueve en el terreno de una compleja y polifacética batalla por hegemonías.

Bajando esta breve reflexión a tierra, nos encontramos con que en estos días han visitado nuestros países el representante del nuevo presidente de Estados Unidos para América Latina, Juan González, y el jefe del Comando Sur de Estados Unidos, almirante Craig S. Fuller, que si bien personalmente está retirándose, representa una línea estratégica ya ratificada en temas como narcotráfico o terrorismo.

Luego de un período Trump muy lejano a la América Latina, el nuevo gobierno norteamericano abre un diálogo que ha empezado por Colombia, la Argentina y Uruguay. No es menor para ninguno de nuestros países, porque lo que aparecía solo de soslayo, en enfoques parciales, ahora está claramente explicitado.

González ha dicho que sus diferencias con el gobierno anterior son “de tono, pero también de enfoque”, porque su “interés es apoyar una visión para América Latina y el Caribe que sea segura, democrática y de clase media. Y esto corre para todos, desde Canadá hasta Tierra del Fuego. Nosotros no venimos a dar cátedra, sino a hablar con aliados. Queremos ser socios y mostrar buena voluntad”.

Queda claro que Estados Unidos intenta rescatar un liderazgo democrático diluido en los últimos años: “La mayor amenaza es la pandemia. La región tiene, en líneas generales, un consenso sobre la democracia, pero aquellas personas que están sufriendo por la pandemia se están preguntando si la democracia es lo mejor para todos”.

La diferencia con China –prosigue– es “que no le importa si un gobierno es autoritario o democrático, lo que le importa es la relación económica a todo costo. Que no se entienda mal: no les estamos pidiendo a los países de la región que escojan entre Estados Unidos o China”. “Biden sabe bien que si queremos competir con China, lo que tenemos que hacer es correr más rápido. Pero también como región tenemos que tener una conversación sobre los derechos universales que deben ser respetados siempre”.

Como se advierte, no nos piden expresamente una opción, pero nos la plantean en todos sus términos, de modo inequívoco: 1) en las vacunas asumen tácitamente que llegan tarde frente a China y Rusia, a quienes acusan de “mercantilismo para conseguir fines políticos” y que se disponen nada menos que a ser “el líder global en la materia”; 2) que van a hacer pesar fuerte la calidad de los regímenes políticos; 3) que en materia tecnológica y comercial, van a dar batalla; tanto que, en la misma línea que Trump, definen a Huawei como un enemigo: “Es una compañía que tiene afiliación con el gobierno chino y la expansión de la empresa tiene importancia en términos de inteligencia y de presión que puede utilizar China”.

Hay quienes ya definen esta situación como una nueva versión de la Guerra Fría, pero, sin enredarnos en definiciones abstractas, está claro que existe un desafío mayor de gran calado y que él no acepta improvisaciones.

Es evidente que China ha logrado en pocos años instalarse de un modo estratégico en todo el continente. Lo ha hecho en el comercio, la fundamentalísima logística, las tecnologías y ahora en la ciencia, con el exitoso avance de sus vacunas. El gobierno estadounidense supone que esas vacunas son el precio de favores políticos. Es un modo muy lineal de ver las cosas. Puedo decir que en Uruguay no ha sido así y que no han mediado condiciones de tipo alguno. Lo que sí ha ocurrido, y es elemental, es que ha sacado el mayor rédito de opinión pública al demostrar su avance en la materia y, sobre todo, su confiabilidad como socio. Esto es un especialísimo mensaje para unos Estados Unidos que en esa materia no tienen una ficha demasiado brillante.

Hay una toma de posición en el tema vacunas que es relevante porque estará en nuestro horizonte por mucho tiempo. Estados Unidos aspira a ser líder global. En buena hora que un lejano aliento rooseveltiano le llegue a un presidente demócrata y le recuerde que los momentos estelares de su país ocurrieron cuando se abanderó con grandes causas. Eso adquiere particular relevancia luego de un gobierno de Trump que se dedicó sistemáticamente a bombardear la gran construcción multinacional de la segunda posguerra mundial, que habían liderado sus presidentes y aquellos formidables generales como Marshall, Eisenhower y McArthur.

Más complejo va a ser, ya lo es, el tema tecnológico, con la 5G como desafío abierto. En ese escenario empezará a jugarse lo más fuerte de la competencia y, a la vez para nosotros, lo más difícil del necesario equilibrio diplomático. ¿Inclinarnos por China, cuando tenemos un gobierno estadounidense que despeja los nubarrones que habían traído los vientos tormentosos de su antecesor? A la inversa, ¿enfriar el complejo entramado de relaciones que el gigante asiático ha tejido con paciencia en los últimos treinta años?

Es la hora de los hombres de Estado. Es la hora de la diplomacia de verdad. Que se ejerce con sobriedad, mirada en perspectiva, más silencio que ruido y, en la hora de algún éxito, recordar que el Barón de Río Branco, un grande entre los grandes, decía que “nada hay más ridículo e inconveniente que un diplomático pregonando victorias”.

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