El desafío es la convivencia

Ricardo J. Lombardo

60 millones de brasileños votaron a Lula. 58 millones lo hicieron por Bolsonaro.

Lula prevaleció en el nordeste pobre. Bolsonaro lo hizo en el sudoeste rico.

Así podría resumirse el resultado electoral de ayer en Brasil.

Parece una nación partida a la mitad. Los candidatos se encargaron de hacer ver que había dos modelos de país. Fachos o comunistas, Izquierda o derecha, blanco o negro, lindo o feo, bueno o malo,

Sin embargo, la realidad es mucho más compleja.

Para ganar por escaso margen, el líder del PT tuvo que hacer acuerdos con numerosos partidos menores, entre ellos el otrora poderoso PMDB liderado por el socialdemócrata Felipe Henrique Cardoso, que lo ubican en un péndulo más hacia el centro de lo que muchos podrían pensar.

Tampoco podrá ignorar  que Bolsonaro obtuvo el electorado mayoritario en los estados más fuertes desde el punto de vista económico como San Pablo, Rio Grande del Sur, Río de Janeiro, ni tampoco la paridad de casi empate técnico en Minas Gerais. Solo el Estado de San Pablo es la tercera economía más grande de América Latina, únicamente superada por el propio Brasil y México, y su PBI se ubica por encima de países como Argentina, Colombia y Chile.

Habrá que aguardar el grado de volatilidad que demuestre esta semana  el índice BOVESPA, que refleja el valor de las acciones brasileñas en el mercado paulista, para calibrar la aceptación de los mercados de este nuevo ciclo de gobierno del PT. Como antecedente, debe recordarse que había alcanzado un récord de alza el día que Lula fue metido a la cárcel.

Así que el predominante discurso de Lula que consiste en atender a las necesidades de los más pobres, no podrá desatender ni desalentar el poderío de la región más pujante capaz de impulsar la economía.

Además, paradójicamente, al contrario de lo que muchos podrían pensar razonando con la lógica binaria, y al ver a Lula cercano a Cristina K o Mujica, Washington ve con más simpatía a Lula que a Bolsonaro.

El líder del PT siempre fue considerado por Estados Unidos como un político hábil, capaz de encarnar los intereses de América Latina en su conjunto con una visión pro occidental y democrática.

Desgraciadamente, los hechos de corrupción que lo llevaron a la cárcel, deterioraron su imagen que hoy llega bastante condicionada y desgastada a la nueva presidencia.

Lo que queda por delante es el desafío de la convivencia entre los brasileños. Y comprobar que nada era blanco o negro, sino apenas tonos de grises por medio.

Después de esta disputa presentada como apocalíptica, llena de radicalismos, de enconos personales y hasta de fanatismos comunicacionales, Lula deberá demostrar que ha madurado, que su postura es más moderada y que, al final de cuentas, Brasil seguirá siendo Brasil, más allá de los que ocupen el sillón del Palacio de Planalto en Brasilia.

También es de esperar que destierre definitivamente la cultura de la corrupción en las esferas de gobierno del país vecino. Eso le haría mucho bien a la región.

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