El espejismo del poder

Ricardo J. Lombardo

Creyó que podría apropiarse de todo el poder.

Que sería la mujer más poderosa de la Argentina, de la América Latina y quizás del mundo.

Comenzó junto a su marido conquistando la pequeña provincia de Santa Cruz. Su hegemonía política, sobornando con dádivas la voluntad popular, y apoderándose de una inmensa fortuna en negocios turbios con la obra pública.

Después se proyectó a nivel nacional. Dos veces presidenta y jefa del partido político más poderoso del país.

En su voracidad de poder, no solo controló las mayorías parlamentarias, sino que intentó varias veces cooptar la justicia creando una organización de jueces y fiscales cuyos adherentes le serían fieles incondicionalmente.

Engulló a los sindicatos concediéndoles a sus líderes lo que demandaran.

Fue, el paradigma del poder.

Pero mientras fue proyectándose hacia ese poder, no se dio cuenta que a su costado, como si se tratara de la antimateria, se iba construyendo el no poder.

Sus compromisos políticos, la irían haciendo cada vez más dependiente de  alianzas cimentadas sobre intereses mezquinos. Su apabullante fortuna surgida  de incalculables violaciones a la ley y a la ética,  tarde o temprano la habrían de confrontar con la Justicia y los valores de la sociedad. El fanatismo de sus seguidores y sus militantes tan agresivos, generaría las fuerzas contrarias, tal como lo establece la tercera Ley de Newton que dice que toda fuerza será contrarrestada por otra igual, pero en la dirección opuesta

Su poder de nombrar ministros, embajadores, conceder beneficios a empresas o a sectores sociales, la obligaría a satisfacer cada día más sus reclamos o las exigencias como en una espiral de la serie de Fibonacci.

Toda esa parafernalia de poder militar, o militante como la Cámpora, que parecía protegerla de cualquier fuerza extraña, se derrumbó por la acción de dos loquillos que pudieron matarla si no hubiera sido porque cargaron mal la pistola.

Su poder se fue transformando cada día más en no poder.

No poder cuidar de sus hijos;  no poder salir a la calle sin una guardia pretoriana; no poder ir a un cine o a tomar un café o una cerveza en los tan atractivos bares porteños; en no poder dejar de satisfacer a los que acostumbró con sus dádivas; en no poder dormir con la consciencia tranquila.

Parece haber una regla no escrita de que a los hombres o mujeres que acumulan un poder excesivo, el no poder los termina devorando.

¿Cuántos dictadores fueron a parar a la cárcel, asesinados o desterrados de sus países?

¿Cuántos gobernantes todopoderosos, terminaron encerrados en su  laberinto debiendo alimentar las fuentes de ese poder sin solución de continuidad, hasta su muerte?

¿Cuántos poderosos quedaron presos de su propio poder?

El exceso de poder se convierte en no poder.

Es que el verdadero poder es la libertad. Es andar ligero de equipaje. Con la consciencia tranquila, Sin deudores de espíritu ni acreedores de favores. Disfrutando de las cosas que a veces parecen tan pequeñas pero que son tan grandes: el sonido de los pájaros, una buena melodía, el calor del sol, o la caricia del agua de mar.

Y sobre todo, pudiendo sentir los latidos del corazón de los seres con los que uno realmente quiere vivir.

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