El fin del empleo

César García Acosta

Más allá de las coaliciones y las pasiones por dirimir quien tiene la razón en una democracia, a un semanario como OPINAR, lo que debe importarle es la filosofía aplicada a la realidad, porque de esta manera mediante la acción política puede llegarse a concretar en hechos lo que en los Parlamentos se fundamenta con palabras. Las “ideas” son la clave en una República. Y esas claves sólo pueden encontrarse en un contexto liberal aferrado al más amplio sentido democrático.

De ahí que en OPINAR se editen artículos y opiniones que distan de nuestra posición editorial y política. Y lo hacemos como aporte al desarrollo de las ideas a riesgo de la incomprensión de muchos amigos que critican esta actitud y que sólo ve las tribunas al ataque como estrategia y la sordera como su argumento.

Es cierto que la pandemia nos preocupa, pero el Coronavirus es cosa de la libertad responsable y de los científicos. Este virus se llevó conocidos, amigos y familiares, y como si fuera poco nos despojó de la libertad de reunirnos y transitar. Sabemos que ya nada será como antes, pero debemos ser conscientes que viir en este rincón del sur de América Latina sigue siendo un privilegio.

La rambla y toda su inmensidad, los parques con su verdes eternos, la Ciudad Vieja en un polo con otra ciudad con dos banderas a quinientos quilómetros de distancia con dos países limítrofes que se separan apenas por una calle. Aquella frontera de la paz hoy es nuestra zona de riesgo, y por eso, incomprensión mediante, en vez de integrarla al país del sur, la alejamos hacia un norte tan vertiginoso como representativo de una idiosincracia que por diferente dista mucho de no ser tan uruguaya como el mate.

En Uruguay hemos cultivado el paradigma reformista de la democracia liberal, somos el Estado de Bienestar, y por eso jamás fuimos socialistas. La transformación de la sociedad y su economía jamás encontró en la estatización de los medios de producción la solución para sus problemas de trabajo.

José Batlle y Ordóñez aplicó nítidamente las teorías del nuevo paradigma durante sus dos presidencias. Cambió las estructuras económicas del país, y aseguró sin rupturas las libertades democráticas y el capitalismo dentro de un mercado regulado por el Estado.

Por eso soy batllista, porque respetando la base liberal jamás renunciaré al Estado como ente regulador de las actividades sociales y económicas en el país.

Yendo a los tiempos de don Pepe Batlle, en otro lugar del mundo, Marshall se centraba en la paradoja de la sociedad moderna: la existencia de la pobreza en medio de la abundancia. Y quizá por eso Marshall no dudaba que la pobreza era el resultado de los bajos salarios, aunque eso no significaba creer que eso era por la codicia de los empresarios, o por la debilidad moral de los pobres. Para Marshall la respuesta estaba en la la baja productividad. Contrariando la opinión pesimista de Marx, los trabajadores calificados ganaban tres o cuatro veces más que los no calificados. El hecho de que los empresarios estuvieran dispuestos a pagar más a las personas que tenían mejor formación o experiencia, significaba para Marshall que los salarios dependían del aporte del trabajador.

“Cuando la industria es buena, la fuerza de la competencia que se origina en los mismos patronos, cada uno de los cuales desea ampliar su negocio… los lleva a consentir pagar mayores salarios a sus empleados con objeto de obtener sus servicios… El resultado es que pronto una gran parte de las ganancias se distribuye entre los obreros y que los salarios de éstos permanecen más altos que el nivel normal…” (Marshall, 1957).

En aquél contexto Batlle sostenía “la pequeñez del salario no hace al obrero; lo que lo caracteriza es más bien la rudeza del trabajo, la obra material, manual. Esta obra, por lo mismo que no requiere una gran habilidad o preparación en el que la ejecuta, es siempre escasamente retribuida, y de ahí los sueldos reducidos.”

De ahí que para Marshall la mejor manera de elevar la productividad era por la educación. Para Batlle también lo era, para el siglo XX lo fue tanto como hoy en el siglo XXI es la panacea para rodos nuestros males, y esto va desde las vacunas hasta el oficinista, pasando por el recolector, el carnicero o el agricultor que vende sus productos en la valor aportando a una fruta o una verdura, un determinado valor agregado.

Como ocurre mensualmente, días pasados la Dirección General de Impositiva (DGI) publicó el reporte de recaudación tributaria correspondiente a setiembre de 2020.

Si siguiésemos sólo el razonamiento de Batlle en los años veinte del siglo pasado, la cuestión versaría sobre cómo darle al Estado servicios que en sus manos favorecerán a la sociedad per nunca a du futuro.

Yendo a la realidad podemos decir que la política tributaria de los países persigue distintos objetivos: cómo financiar el gasto público y cobrar impuestos para sostener los egresos del Estado; cómo instrumentar la política tributaria como instrumento redistributivo definiendo quién tributa y sobre qué tributa para después definir qué sujetos (con determinada capacidad de contribuir) son los que transfieren recursos hacia las arcas públicas.

Mediante estas acciones el Estado lo que trata de hacer es sostener su funcionamiento y devolver contención, servicios e inversión al resto de la sociedad. Junto con esto el estado deberá promover, a través de la política tributaria, el comportamiento social en los individuos, las familias y las empresas, mediante un sistema de incentivos, premios y castigos diseñado para alcanzar ciertas respuestas en la sociedad.

Yendo a los números la recaudación total neta del Uruguay, es la recaudación total bruta menos las devoluciones realizadas en el período. En 2020 habían crecido en setiembre 0,7% interanual en términos reales.

Haber crecido podría ser consecuencia de cobrar más impuestos. Y esto puede ocurrir porque el incremento de los montos recaudados es mayor a los niveles de actividad. En otras palabras, más recaudación no necesariamente implica una mayor presión fiscal sobre la economía. Un incremento en la recaudación si bien es bueno es consecuencia de una actividad claramente impositiva.

El generador del 2020 fue el Impuesto Específico Interno (Imesi), uno de los grandes tributos al consumo que grava la primera enajenación de determinados bienes, en general suntuarios: bebidas alcohólicas, cigarrillos, cosméticos y determinados combustibles, como las naftas, son su objeto fiscal. La recaudación del Imesi creció en setiembre 33% en términos reales, y representa más de 11% de todo lo que el Estado recaudó ese mes. Al descomponerlo sxe observa que la recaudación sobre los combustibles creció 63,5% (por cada 100 pesos de nafta súper que cargamos, 48 pesos son este impuesto). Por allí se explica la suba impositiva del 2020, en el crecimiento en las ventas del combustible.

También el 0,6% sobre el total recaudado marca un comportamiento interesante de observar: el Impuesto a las Transmisiones Patrimoniales (ITP) que revela la reactivación económica. Este tributo grava la compraventa de propiedades inmuebles. Cuando se vende una casa o un apartamento, cada parte paga 2% sobre el valor catastral del bien. Si hubo más recaudación es porque hubo más transacciones en un mercado deprimido, lo cual es bueno. Como dato de esta realidad este impuesto recaudó 23% más en términos reales respecto de 2019.

Finalmente la renta de las empresas no marcó recuperación alguna. El Impuesto a la Renta de las Actividades Económicas (IRAE) en setiembre de 2020 continuó cayendo (-4,8%) y en el año marcó una caída acumulada de 5%. Analizada esta realidad nos preguntamos: ¿vale la pena en los albores del fin del empleo -como decía Riffkin- reeditar un impuesto al trabajo? Quizá por esto el gobierno hoy revisa la redacción de la ley por su dudosa legalidad.

Da para reflexionar.

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