El otro Mundial

Fátima Barrutta

Escribo estas líneas en un día muy especial.

Cada 25 de noviembre se conmemora el Día Internacional de Eliminación de la Violencia contra la Mujer.

Es verdad que el interés público ha sido conquistado por un evento deportivo de carácter global, pero la comparación entre ambas conmemoraciones no es caprichosa.

Porque muchos han definido este campeonato de fútbol como “el Mundial de la vergüenza”: se sabe que la elección de Qatar como país anfitrión fue realizada de manera por demás irregular y que, aunque los responsables de esa tropelía ya no lideran la FIFA, sus actuales autoridades no modificaron tal decisión.

Al igual que pasó con los juegos olímpicos de Berlín de 1936, con Rusia respecto al Mundial anterior, y con China en relación a los Juegos Olímpicos, países económicamente poderosos, pero con controvertida imagen internacional, echan mano a este tipo de acontecimientos globales para maquillarla un poco, procurando generar una simpatía que su desapego a los derechos humanos suele desmentir.

Hay una línea vinculante entre este Mundial celebrado en un país próspero pero totalitario, y el drama no resuelto de la violencia de género. Tiene que ver con la naturalización del horror, con ese manso acostumbramiento al que tendemos las personas, aceptando como inevitables situaciones que rompen los ojos por su injusticia y crueldad.

Está muy claro que participar en el Mundial no significa avalar dichas irregularidades: algunos artistas famosos, como Rod Stewart y Shakira, pudieron darse el lujo de rechazar tentadoras ofertas para cantar en Qatar, pero eso no significa que quienes sí aceptaron (incluidos los deportistas que juegan los partidos) estén convalidando al régimen.

Lo interesante es ver distintas actitudes: hay futbolistas que, en sus países de origen, democráticos, hacen mucha bulla con el activismo pro-derechos, pero que en esta instancia y en este país, marcan un perfil bajo que hace dudar de aquellos actos de coraje.

También hay ejemplos de inusual heroísmo: hemos visto a un jugador de la selección de Irán reconocer ante las cámaras de televisión del mundo entero el nivel de injusticia que se vive en su país. Y sabiendo que las víctimas de la represión en Irán se cuentan por centenares, resulta sorprendente que un deportista, pudiendo zafar de cualquier compromiso, se exprese con ese nivel de valentía y honestidad.

Nuestra posición es a favor de la razonabilidad: negarse a participar del evento es de un principismo inútil, pero eso no debe llevar al otro extremo, que es el de cantar loas al país sede o festejarlo, como hemos visto que algunos periodistas si lo han hecho.

Lejos estamos del argumento blandido por el actual mandamás de la FIFA, que compara las críticas de occidente al régimen catarí con un complejo de superioridad o discriminatorio, similar al que algunas personas dirigen a los inmigrantes.

No es lo mismo.

Siempre debemos aplicar una conciencia crítica, igual que lo hacemos con las historias aberrantes de violencia y abuso que lamentablemente son frecuentes en la crónica policial de nuestro país.

Nunca habituarnos a la violencia.

Nunca pretender que un femicidio o el abuso cometido contra una persona indefensa o menor de edad, son situaciones inevitables; nunca convertirlas en parte del paisaje.

Este es nuestro gran desafío en un nuevo día por la eliminación de este flagelo.

Reflexionar. Redoblar militancia por la vida y el respeto. Comprender, como bien dice la directora de Inmujeres Mónica Bottero, que “la violencia de género no es producto de la delincuencia, más allá de que pueda haber delincuentes agresores”.

Entender por fin que es una falla sistémica de nuestra sociedad, fundada en prejuicios culturales que provienen de épocas remotas, en que la mujer era un objeto al servicio del varón, y en que los niños carecían de derechos frente al autoritarismo de sus progenitores.

Las sociedades donde la respetable religión musulmana se malinterpreta, transformándose en un islamismo radical y violentista, deben rebelarse a esas imposiciones regresivas, como está pasando hoy mismo con el heroico pueblo iraní, a partir de la infamante tortura y muerte de una joven veinteañera por el supuesto delito de llevar el velo mal colocado.

Por suerte, el amor a la libertad es mucho más contagioso que la inercia totalitaria y el miedo al progreso.

Está en cada uno de nosotros impulsar el cambio y alumbrar el mañana.

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