El poder efímero y el nuevo mundo digital

Claudio Rama

Los análisis sobre el poder son uno de los centros de reflexión de la sociedad. Desde las microfísicas del poder entre todas las relaciones humana que Michel Foucault analizara muy asociado a la asimetrías informacional o de acción, como resultado de patologías humanas como mostrara Fromm en el análisis de la destructividad humana, o como mecanismo para obtener fines como muestra la biografía del genio tenebroso de Fouchéy su capacidad camaleónica de cambio de posiciónpolítica por Stefan Zweig, entre otros cientos. El poder, esa extraña telaraña que envuelve a las personas, las organizaciones y nuestras vidas, para poder hacer e imponer, tiene sus propias reglas y procedimientos, como se lo escribiera Nicolás Maquiaveloal Príncipe orientado en este caso a que el fin justificalos medios, o de SunTzu en El arte de la guerra, que pone el acento en la estrategia institucional de como las organizaciones pueden conquistar el poder.

Moisés Naím, un economista venezolano que llego a ser Ministro de Fomento y Director del Banco Central hace muchos años, y que en las últimas décadas se dedicara al periodismo, publicó hace algunos años, un exhaustivo y largo estudio titulado “El fin del Poder”, donde analiza como el poder ya no es lo que era y que estamos frente a una nueva realidad de los poderes. Nos introduce en una nueva lectura fascinante sobre el poder en los actuales tiempos y nos muestra que el poder se está dispersando en cada vez más actores e incluso donde el poder “blando” de la cultura y el conocimiento desplaza al poder “duro” de los ejércitos. Asumiendo que el poder está presente en todos los ámbitos de la sociedad donde existe rivalidad o incluso interacción entre personas y organizaciones, su análisis nos muestra la creciente democratización del poder, y el relativo traslado hacia los que tienen el conocimiento, siguiendo el criterio que escribiera hace algunos años, Alvin Toffler, en El cambio del Poder, para quien el poder en las organizaciones se estaba trasladando a las áreas de información. Pero Naím, nos muestra además que el poder ahora es más fácil de adquirir, más difícil de utilizar y más fácil de perder.

Este proceso es visto como parte de cambios de la revolución digital, pero agrega además transformaciones en la economía global, la política, la demografía y los patrones migratorios. Es una confluencia de fenómenos sociales que llevan a la erosión rápida y continua de los poderes de personas, organizaciones o países y la irrupción creativa de nuevos actores y poderes. El mundo global y una competencia incrementada, torna cada poder más limitado y efímero, más inmerso en escenarios competitivos y de incertidumbre, y por ende más acotado y débil. El poder, como capacidad de imponer, se torna difícil de ejecutar y cada vez menos personas u organizaciones pueden imponer sus decisiones unilaterales y deben someterse a complejas negociaciones con pluralidad de actores en contexto de incluso alta incertidumbre de los resultados.

También las barreras que protegen los poderes se han erosionado, y el alcance al poder está más cerca de todas las personas y organizaciones. Ya no es sólo la existencia de 15 minutos de fama como decía Andy Warhol, sino de nuevas irrupciones en el cambiante mundo real. Además, la capacidad de vetar o imponer se hace más reducida en todos los ámbitos sociales y políticos. Los grandes actores existen sostiene, pero sus poderes relativos son con cada vez más dependientes, ya que nadie tiene el poder suficiente para hacer lo que se sabe que habría que hacer por pluralidad de intereses en acción en una vida social más compleja y diferenciada. Así, el poder se fragmenta y dispersa, reduciendo la capacidad de imponer orden y facilitando incluso el caos. Las redes de Internet ahora incluso pulverizan el poder académico o solo basado en la reputabilidad en un instante. Cualquiera es capaz de sostener cualquier argumento, sin ninguna base científica. Ya no hay amos del conocimiento, de las familias o de las sociedades.

El planteamiento de Hobbes de que el deseo del poder es primario e implícito en todos los seres humanos, facilita la democratización del poder, a través de múltiples redes, tanto digitales como sociales, que finalmente facilitan la degradación de los viejos poderes concentrados. Que nadie tenga el poder para que todos los tengamos nuestra cuota de poder parece ser la realidad de las sociedades en redes.

El tema del conocimiento y las universidades es también objeto de su mirada al analizar el deterioro del poder, al visualizar como la existencia de pluralidad de proveedores educativos, de cursos abiertos por internet, de la pérdida del carácter de elite de la formación profesional y de pluralidad de modalidades, currículos y pertinencias universitarias, también impacta a los tradicionales olimpos del conocimiento que incluso lentamente empiezan a ver perder su capacidad de certificación. Sin duda, aún se mantienen las altas barreras que dan las certificaciones en múltiples mercados laborales y roles sociales, pero ya no están reservados a unos pocos, sino que hay una verdadera democratización de la educación superior, y donde la educación virtual deteriora aún más los ejes de una educación de élites presenciales.

La reducción de las barreras de entrada y de salida en todos los mercados en la sociedad digital, incluyendo los educativos, se constituye una de las bases de la erosión del poder y del deterioro de los monopolios o capacidades especiales de algunos actores en la sociedad a medida que se avanza en la sociedad digital, en la apertura, en la masificación de la educación y en la diversidad de paradigmas, y que es favorecido por el acceso masivo de internet y de los celulares inteligentes.

El poder sostiene Naím, se ha apoyado tradicionalmente en la burocracia como actores claves en las intermediaciones, pero ello incluso tiende a reducirse con las dinámicas en red. La lógica digital, que impulsa la desintermediación en las organizaciones y la vida social, contribuye lentamente a reducir el poder y trasladarlo –gracias a los algoritmos y las redes – hacia los ciudadanos que tienen más poder de escoger y están menos sujetos a las arbitrariedades o imposiciones de criterios. La burocracia, clave para ejercer el poder en las sociedades del pasado, y en sus tiempos instrumento de determinados actores de poder, y que se tornó en un fin en sí misma e implico un enorme peso sobre los recursos de las familias a través de los impuestos, hoy comienza a perder su funcional interior de las redes, los algoritmos y la inteligencia artificial. El teletrabajo, la tele salud, la tele justicia y la teleeducación comienza a ser una interacción con algoritmos, programas y estándares de cumplimiento, facilitando a su vez la democratización de la sociedad y la demanda de mayor libertad de los ciudadanos al reducirse los costos de transacciones. Naím pone el acento en el declive del ideal burocrático weberiano que caracterizó un tiempo en la historia, y que está siendo confrontado por otras formas de organización social más basadas en la innovación disruptiva que en la formalidad tradicional y que con ellas logran responder más aceleradamente a las nuevas realidades y oportunidades y que a la vez democratizan las sociedades.

Muchas de las resistencias y luchas políticas que vemos en nuestras sociedades, y también en nuestras dinámicas sindicales, son parte de estos procesos más amplios que están transformando el mundo como parte de la creciente disrupción digital. Mirarlas desde una abstracción más amplia es muy necesario en este nuevo 2022 que se inicia.

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