El problema de los combustibles

Jorge Nelson Chagas

No, no me voy a referir al posible aumento de los combustibles. Ni tampoco la pertinencia o no, de que exista un ente como ANCAP, si es bueno o no para la población que exista un monopolio de este tipo.  Voy por otro lado.

En realidad, el problema de los combustibles no es un tema nuevo en Uruguay y paradojalmente, la izquierda – que hoy defiende el monopolio a capa y espada- se opuso firmemente a la creación de ANCAP. Me refiero, por supuesto, a la izquierda política, comunistas y socialistas. En aquel momento no existía la Federación de ANCAP, que se fundó recién en el año 1944. Imagino que al hacer esta afirmación más de uno podría quedar patitieso. Pero los datos históricos son irrefutables y esto no implica que tanto la izquierda política como los sindicatos estén actuando bien o mal en su actual postura. 

En el principio de la cuestión fue el Partido Colorado- el batllismo más concretamente – el que tuvo el protagonismo.   Desde muy temprano el batllismo tomó conciencia de la peligrosa dependencia del país en el abastecimiento de combustibles. Batlle y Ordóñez y su ministro Eduardo Acevedo (1857-1948) habían creado el Instituto de Química Industrial y propiciado investigaciones sobre carburantes nuevos, como las que realizaron José Cerdeiras Alonso y el químico Ángel Goslino.   

Uruguay asistió a un temprano y acelerado proceso de urbanización que lo fue desvinculando de las fuentes de provisión energética tradicionales.  A su vez, los artefactos modernos (cocinas, estufas, calefactores, refrigeradores, transporte automotor, etc.) demandaban nuevas formas de energía, a la vez, que transformaban los hábitos de consumo energético. La leña y el carbón eran consumidos en cantidades importantes, fundamentalmente en el medio rural, pero no resultaban alternativas como sustitución de los combustibles importados. Por dos motivos: la explotación depredadora de los montes indígenas y la insuficiente o prácticamente inexistente política de repoblación forestal.  No se producía el carbón ni el petróleo que consumían las industrias, los transportes, la generación de energía eléctrica y la población en general.  Uruguay debía importar el carbón casi en totalidad desde un único mercado abastecedor: Gran Bretaña.

Una gran parte de la demanda era generada por empresas pertenecientes a capitales ingleses como los ferrocarriles, la Compañía del Gas, la Compañía de Aguas Corrientes.

El mercado, a su vez, estaba dominado por compañías importadoras del mismo origen (la Wilson, Sons & Co, entre otras) que fijaban los precios a su antojo. Pero a principios del siglo XX, con la difusión del automóvil, más la constante ampliación de la red vial, hicieron ingresar al Uruguay a la era del petróleo. Esto no implicó cambios sustanciales.

El país siguió siendo tan dependiente del petróleo como antes del carbón. Esto lo volvía vulnerable ante cualquier interrupción de su suministro. Algo que podía producirse por circunstancias sobre las que no podía influir en absoluto. La fijación de los precios, que incidía en la Balanza de Pagos, también escapaba a la regulación gubernamental.  El mercado nacional de derivados del petróleo estaba en manos de abastecedores extranjeros. Estos fijaban  precios y condiciones apoyados en una diplomacia activa en defensa de sus intereses.

En este contexto, el entonces diputado Luis Batlle se destacó especialmente en la defensa de la política petrolera del batllismo.

El batllismo y la independencia económica

En una serie de artículos publicados en El Día – que en el año 1931 fueron compilados en un libro titulado “El Batllismo y el problema de los combustibles”- el diputado Luis Batlle denunció las maniobras de los trusts petroleros y el peligro que entrañaban para la soberanía del país.

Afirmó que conquistada definitivamente la independencia política, debía ser “hoy preocupación constante de todos obtener, en materia económica, también una mayor independencia”. Ahí estaría la base de la prosperidad ya que facilitaría “el desenvolvimiento de todas nuestras fuerzas, que son muchas” 

Luis Batlle insistió que, si era una necesidad para los países disponer de sus riquezas, “para el nuestro lo es más aún, ya que queremos barrer con las injusticias económicas que sufre una parte del pueblo”. Por eso el país debía dejar “de sufrir ciertas sangrías que debilitan nuestra economía y que no nos dejan alcanzar la potencialidad de que somos capaces”. Tanto los industriales como las masas trabajadores se verían beneficiados. Por eso el batllismo venía “bregando incesantemente por la sanción de muy importantes leyes que servirían de tónicos a la economía nacional”.

Denunciaba que la inversión de los capitales extranjeros en determinadas industrias – teléfonos, fósforos, frigoríficos, petróleo y bancos – alcanzaba un cincuenta por ciento del total de las riquezas nacionales y esto representaba una pérdida para el país.

Por eso el batllismo reclamaba el monopolio del alcohol, porque estaba en lucha “contra fuerzas que se mueven dentro y fuera de fronteras” para impedir que Uruguay alcanzara la independencia económica.

Pero existía una fuerte oposición a esta prédica del batllismo. Luis Alberto de Herrera se oponía porque entendía que crear semejante monopolio iba a agregar “un nuevo tentáculo al Estado” Los empresarios, comerciantes y la Federación Rural también veían con malos ojos este proyecto. 

El proceso que impulso el monopolio estatal de los combustibles fue largo y para lograr la creación de ANCAP fue necesario un acuerdo entre el batllismo y el nacionalismo independiente. En 1928 el diputado Rodríguez Larreta pidió un acuerdo político para resolver las leyes que necesitaba el país y que era, precisamente, las que podían afectar al gran capital: monopolio del alcohol, nacionalización de las aguas corrientes y de los teléfonos y la fundación del Frigorífico Nacional.  Desde julio de 1929 se habían entablado negociaciones en busca de un acuerdo para aprobar diversas reformas. 

El mismo no se concretaría hasta la ruptura de Herrera con el Directorio del Partido Nacional y desató una guerra política. En su clásica obra “Uruguay hacia la dictadura” Gustavo Gallinal dirá: “ANCAP está de pie. Más poderoso aún de lo que soñaron sus creadores. (…) Pero debe señalarse este hecho: que desde el día en que anunció la creación del organismo no hubo paz en el Uruguay”. Mucho temo que hasta el día de hoy no hay paz

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