El relato, el relato, el relato…

Jorge Nelson Chagas

En el día de ayer volvió a mi memoria aquel hombre que en un boliche del barrio Sur decía haber participado el 14 de abril de 1972, en el asesinato (“ejecución”, lo llamaba) del profesor Armando Acosta y Lara. Me vino a la memoria un detalle más: este hombre estaba convencido que Hector Amodio Pérez estaba en algún lugar del caribe, sentado al borde de una piscina, con un vaso de whisky en la mano y abanicado por dos hermosas mulatas. “Ahora trabaja para la CIA y tiene los bolsillos llenos de dólares”, decía con una mezcla de rabia (él había pasado doce duros años de prisión), pero también de leve envidia. En aquel momento me causaba mucha gracia. Ahora no.

También recordé otro episodio del que fui testigo. Allá por el año 1985 se hizo una reunión en el local de la Acción Sindical Uruguaya. (ASU). Honestamente no recuerdo los motivos de esa reunión, pero sí que en ella había un hombre recién salido de prisión por haber formado parte del MLN. En un momento comenzó a contar una serie de anécdotas de la prisión. En todas ellas resaltaba el heroísmo, la capacidad de resistencia y la fortaleza para no perder el humanismo en esas circunstancias, de los tupamaros. Los allí presentes lo oímos con atención y por unos segundos se formó como una suerte de solidaridad espiritual con lo que narraba. Pero… alguien pidió la palabra: un hombre de izquierda, democratacristiano, el dirigente sindical Santiago Minetti.

Sin negar lo que contaba este hombre y con sumo respeto, le recordó que en los mismos momentos en que el MLN optaba por la lucha armada, otros plantearon una vía diferente. Señaló concretamente que el domingo 23 de junio de 1968, el entonces diputado Juan Pablo Terra, llamó públicamente a formación de “un frente político opositor”. Minetti reconocía la dolorosa peripecia de este hombre y sus compañeros después de ser derrotados, pero pedía que no se olvidara la otra alternativa que no incluía la lucha armada.

No fueron los únicos recuerdos que tuve en el día ayer. (Los historiadores nos obsesionamos con el pasado) A mediados de los años ’80 yo compraba religiosamente la revista humorística Guambia, no sólo para divertirme sino porque había una sección titulada “Deschave Especial” escrita por Nelson Caula y Alberto Silva donde narraban  – con notable agilidad periodística y amenidad – sucesos de la historia reciente, como la tregua armada, que hasta entonces eran tabú. Estas notas fueron – no tengo dudas – la base del clásico libro “Alto el Fuego”. Ya he contado que el periodista Jorge Barreiro criticó este libro. Barreiro era un hombre de izquierda y su crítica la hizo desde una publicación de izquierda (Cuadernos de Marcha).

Pero hubo algo más: cuando se produjo la polémica entre Barreiro y los autores de libro, desde las páginas del semanario de izquierda AQUÍ Tomás Linn se solidarizó con Barreiro en el sentido que el relato histórico no podía estar sujeto a dogmas.         

Hace tiempo que se me ha metido en la cabeza escribir un breve ensayo documentado sobre los orígenes del relato y cómo no es cierto que nadie nunca lo cuestionó.

La historia, nos decía una apreciada profesora en la Facultad, es también un campo de batalla.

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