El virus de la antipolítica

Gustavo Toledo

«El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos», escribió Antonio Gramsci hace mucho, sin imaginar cuán extensa y prolífica podía llegar a ser esa transición.

Así como las redes sociales suelen ser la caja de resonancia de los indignados de todo tipo y color, una especie de inmensa puerta de baño de estación de ómnibus en la que cada quien plasma sus ocurrencias, deseos, rabietas y sandeces, y que en la montonera se retroalimentan formando una masa ciega e informe capaz de arrasar con el buen nombre, prestigio y honor de cualquiera, también son la cantera en las que se forjan los liderazgos de nuestro tiempo (sin la densidad intelectual de antaño, ni la legitimidad de “la carrera de los honores” de la “vieja política”).

Liderazgos tanáticos, producto -en parte- de su oposición a los usos y costumbres tradicionales, no sólo a los de los políticos infieles y corruptos, sino también a los que caracterizan a los juntavotos de saco y corbata, los intelectuales relamidos de pluma fofa y a los periodistas acartonados y “equidistantes” que algunos engloban groseramente en la categoría estigmatizante de “casta”.

De todos estos personajes que pululan en el “éter”, hay dos que sobresalen por haber saltado del “under” al primerísimo primer plano y que sirven de ejemplo y referencia al resto: Donald Trump y Jair Bolsonaro, dos lenguaraces que vieron luz y entraron. Más acá, en el barrio, la nueva estrella de la “derecha freak” se llama Javier Milei, un economista libertario, pocaspulgas y pendenciero, que acaba de sorprender a propios y extraños con una extraordinaria votación en las PASO que se celebraron el domingo pasado en Argentina. Cerca del 14% del electorado de Buenos Aires optó por su boleta, y buena parte de ese apoyo provino de los barrios más pobres de la capital porteña. Si ese es su techo o apenas su piso, aún está por verse. Lo cierto, es que su emergencia evidencia que el virus de la antipolítica se sigue expandiendo.

Según algunos analistas, su éxito reside en que logró sintonizar con los jóvenes (¿rebeldes?) y con una porción nada desdeñable del electorado que hasta ayer votaba a los K, y que hoy, agobiados por las estrecheces de una crisis sin principio ni final y el bombardeo televisivo, compraron al “peluca” como mensaje: ¡basta!

Para los liberales de brocha gorda, representa la encarnación de las “ideas de la libertad”. Una suerte de Mesías enviado por Hayek y von Mises a liberar a la Argentina del “yugo” del Estado y a barrer con los “zurdos” (o sea, todos aquellos que están a su izquierda, ergo: el resto de la humanidad). Le Pen en Francia y Abascal en España, entre otros, también enarbolan la bandera de la libertad. O, al menos, eso dicen.

Tiendo a pensar que su éxito electoral y mediático no reside tanto en su discurso liberal, abstruso para la mayoría, como sí en su desprecio por “la casta política”, su violencia verbal y su genuino radicalismo, de fácil consumo en todos los estratos de una sociedad sumida en la anomia y el desconcierto.

Así, la combinación de grandes dosis de bronca, hartazgo y nihilismo (el ismo más popular por estos días), no convierte mágicamente a nadie en liberal, pero sí en antisistema. Un virus transnacional para el que aún no se descubrió ninguna vacuna rápida y eficaz, al margen de las viejas recetas que parecen haber pasado de moda: docencia política, ejemplaridad moral, respeto a las instituciones, justicia social, cuidado de las cuentas públicas, diálogo, pluralismo, y fomento del espíritu crítico y la participación ciudadana.

La historia enseña que la “sociedad abierta” no se construye a los gritos, ni mucho menos a los golpes, sino persuadiendo, con razones y argumentos. No alcanza con repetir “libertad” tres veces en una oración, ni citar a Popper para legitimarse como un hombre o mujer de ese espectro. Se debe encarnar las ideas de la libertad, como decía Gregorio Marañón, “de un modo natural, sin exhibirla ni ostentarla. Se debe ser liberal sin darse cuenta, como se es limpio, o, como, por instinto, nos resistimos a la mentira”.

Tan simple como eso.

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