En Uruguay no se percibe el miedo, pero ronda la muerte

César García Acosta

Desde hace más de un año, al igual que en el resto del mundo transitamos la incertidumbre que provocan la construcción de relatos o la defensa de liderazgos que, anhelando la forma de vivir antes de la pandemia, nos transforman en censores de una realidad que nos sobrepasó del mismo modo que lo hace el nacer y el morir.

Ni la libertad responsable, ni la irresponsabilidad social, ni el egoísmo o la apatía son representativos de qué es lo que sucede cuando después del anuncio de que más de 50 muertes diarias ocurren en Uruguay a causa del COVID 19, la rambla o los parques se llenan de caminantes de tapabocas ausentes. Otros, más precavidos, optan por los shopping al confinamiento voluntario, y se creen seguros porque en cada puerta de acceso a esos locales, como forma de prevención ante un contagio trasmisible a partir del contacto humano, pueden ingresar seguros de sí mismos por la exigencia del tapabocas y el alcohol en gel. Y muy pocos se sienten vulnerables cuando son pasajeros de los ómnibus en las horas pico, aunque sepan lo inevitable de tener que usar esos colectivos, como de estar sometidos a la potencial trasmisión de un virus que a nivel social por algún lugar se filtra.

Pocos temen contagiarse. Sólo se reflexiona cuando un rostro conocido por popular le pone nombre y apellido a una de esas muertes por COVID 19. Es en ese momento que las razones se descomprimen y al menos se abre paso al desconcierto.

Lo que sucede es que en estas épocas se construyen arquetipos con la rapidez de un twetteo, y se olvidan las muertes hasta que los “héroes de las siete y media”, como los definía Luciano Alvarez, en un libro de su autoría, a los presentadores de los informativos de la televisión, dan cuenta del número de muertos.

Y tanto los caminantes de la rambla de Montevideo o de Piriápolis, como los de los parques de las ciudades de Trinidad en Flores, o de Rivera a un paso de Brasil, prefieren omitir sus responsabilidades a la hora de los contagios masivos, poniendo el foco a mucha distancia del concepto “intrafamiliar” o de sus “burbujas”, prefiriendo apuntar su dedo acusador hacia los freeshopps de las fronteras, los shoppings o los bares.

¿Pero en realidad quién se escapa de la responsabilidad de salirse sin restricciones de la burbuja por una cuestión de “libertad”? ¿Qué es la libertad?, y ¿qué es la responsabilidad?

Los arquetipos parecen ser quienes nos gobiernan. Estos arquetipos son patrones de los cuales derivan otros elementos o ideas. Se los define como “algo físico o simbólico, siempre capaces de generar algo más a partir de sí mismos”. Invariablemente, al menos para la mayoría, un arquetipo también puede considerarse como un ejemplo. En psicología “los arquetipos son elementos altamente desarrollados de lo inconsciente colectivo. La existencia de arquetipos solo puede deducirse indirectamente mediante el uso de relatos, arte, mitos, religiones o sueños.”

Pero … ¿cuánto de mito o de relato hay en la construcción de los imaginarios sociales a los que estamos siendo sometidos desde el gobierno y sus detractores? ¿Quién tiene la verdad a la hora de ponerle nombre y apellido a un muerto?

En esta edición de Opinar van a encontrar un relato con nombre y apellido. Para mí, ese es el límite de la libertad.

Como decía el poeta popular José Carbajal: “me gusta vivir la vida para no tener tanto miedo cuando me llegue la muerte”.

Todos sabemos lo inevitable del morir, así que el tema lisa y llanamente es cómo vivir y cómo morir. Por eso cuando veo los rostros de los 50 muertos de todos los días, y hago cálculos sobre cuántos morirán hasta el proyectado principio del final de la crisis pandémica, allá por finales del mes de junio, tomo conciencia que más de 3 mil uruguayos morirán por un contagio que no sabrán si les ocurrió en un ómnibus, un shopping, en la rambla o en el almacén, aunque lo seguro es que alguien cercano se lo trasmitió por la vía del contagio directo. Y lo más dramático resulta ser que de esos 3 mil uruguayos que morirán, sin importar de dónde son, aún ni siquiera están contagiados o saben que van a estarlo.

Quizá por eso insisto mi empecinada insistencia en los versos de Carbajal cuando decía: “La muerte andaba rondando, quien sabe donde andará, no me dejes alegría, no te vayas vida mía, que esta puta, vieja y fría, nos tumba sin avisar”.

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