Es hora de Gobernar

César García Acosta

Jorge Luis Borges decía que “la pobreza de una nación, no se medía tanto por la magnitud de sus dolores, sino por las pequeñeces de sus alegrías”.

Gran verdad.

En tiempos de grandes estadios de fútbol en Catar, de fortunas enormes dispuestas para recrear en vez de aprovecharlas para educar, somos testigos forzados de un nacionalismo exacerbado impuesto por la falsa representación que el fútbol hace de los países. Y como si fuera poco perdemos también de vista la verdadera motivación que se tuvo para organizar este certamen del otro lado del planeta, donde los derechos de los más débiles son vulnerados y la cultura es sometida a la degradación, en el marco de un evento mundial y privado, que con ribetes gubernamentales trasnacionales pretende lavar la imagen de un mundillo demasiado “infiel”.

Siempre el “relato” se reitera como un “leitmotiv”, y casi siempre el efecto Gramsci vuelve a implantarse sobre la cotidianeidad como un hecho de difícil decodificación. Y el relato pasa a ser una verdad, y la verdad un concepto secundario.

Los movimientos contrahegemónicos aquí en Uruguay llegaron tarde. Se empezó a observar como un recurso de la izquierda insospechada, esa vinculada a la cultura, donde se empezó a desentrañar las actitudes y la complacencia cómplice de una izquierda intelectual, incluso con los movimientos terroristas de los años sesenta y setenta (tupamaros), con su posterior construcción de relatos “de las luchas, colisiones, rupturas, en torno a la construcción del sentido, y a los conflictos inherentes a esta imposición de una forma de ver el mundo propia del bloque histórico dominante.” Así era como Gramsci veía este fenómeno.

Para Gramsci, la contrahegemonía implicaba “una estrategia de desestabilización de los consensos ideológicos (lo que el filósofo denomina “sentido común”) sobre los que se asienta la visión del mundo imperante”. De ahí en más la verdad se construye más allá de lo que quede en evidencia por los hechos que la constituyen.

La política «del palo en la rueda» del Frente Amplio versus el programa del actual gobierno, llamado COMPROMISO POR EL PAÍS, deja en clara evidencia que ya no hay tiempo para negociar, y que ES HORA DE GOBERNAR.

El dilema de la estrategia frenteamplista de decidir qué política atacar, lo ha llevado a determinar que en el caso de la reforma de la seguridad social, al ser muchos los implicados por ella y por lo tanto también alto el riesgo de no ser comprendida, hizo más conveniente criticar pero alejarse de su debate, en tanto al hacerlo, además de pisar el discurso que construyó cuando fue gobierno, la dejaría demasiado expuesta ante la alternativa de volver a gobernar en 2025.

Así que siguiendo la máxima de Gramsci, de que el relato debía estar vinculado la idiosincrasia con fuerte arraigo en la cultura, se optó por tomar de rehén a la REFORMA EDUCATIVA usando como herramienta a los sindicados de los docentes y a la tradición que da cuenta que ni los gobiernos del Frente Amplio pudieron hacer transformaciones debido a la acción confrontacional de los sindicatos de la enseñanza.

Antes de 1973 las reformas educativas ya eran cercenadas y confrontadas hasta la violencia; hoy, lejos de la alarma social de aquellos años, igualmente imponen vía el derecho del huelga una visión de estancamiento para concretar estas transformaciones que el pueblo votó en las elecciones nacionales de 2019.

Por eso hoy es una oportunidad poder repasar la plataforma con la que la coalición gobernante llegó al gobierno y que el pueblo votó, para informarse de primera mano qué es lo que a la mitad del período de gobierno el Frente Amplio pretende, que no es otra cosa que avasallar con un discurso apegado a intereses difusos, como los que esgrimió cuando el plebiscito de la ley de urgente consideración (LUC), donde fluyeron argumentos agraviantes que pretendían ser relatos cuando sólo eran falsos postulados que sólo pretendían penetrar en la cultura con mentiras.

Cuando el Frente Amplio se alegra por una interpelación, o por la judialización de la política llevando a los estrados judiciales una resolución que sólo compete al pueblo en la voz de las urnas. La pequeñez de la mirada frentista que es bien representada por el “palo en la rueda”, debemos hacernos elevar la mira y observar el país que está más allá de nosotros mismos.

Por eso, y por cada uno de los postulados del programa de gobierno, es que la virtud sólo está en la verdad. Y la verdad son solo hechos, no relatos.

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