Fausto Aguilar

Daniel Manduré

«Saquense los ponchos muchachos que en el otro mundo no hace frío»

A veces la cartelería montevideana nos recuerda algunos nombres un tanto olvidados. Esas chapas del nomenclator que hacen mención a personalidades de relevancia internacional, nacional o local, a diversos países o a fechas dignas del recuerdo. A figuras con mayor o menor notoriedad, que en algunos casos concitan unanimidades y en otros no tanto. A personajes desconocidos para muchos y otros olvidados como en el caso de Fausto Aguilar.

La historia sirve para eso, para ubicarnos en tiempo y espacio.

 Para conocer, recordar y no olvidar.

No como forma de vivir en tiempos pretéritos sino para interpretarlo y reconstruirlo.

Esas figuras que como Fausto Aguilar  contribuyeron a forjar nuestra identidad y los destinos de la república.

Hijos de otra época, tumultuosa, de lanza y sable.

Donde la lucha por principios e ideales se libraba en los campos de batalla.

Nació en 1808 en Paysandú y no contaba con formación intelectual.

«El indio» Aguilar era un combatiente leal, corajudo y valiente. Esos rasgos ya los mostraba en el verdor de sus 15 años cuando se enfrentó en dura lucha a un famoso matón buscado por la justicia al que logró reducir y entregar a las autoridades.

Tuvo un breve pasaje al lado de Lavalleja, pero cuando éste decidió levantarse en armas contra Rivera, Fausto Aguilar, sin pensarlo, se pasó al lado de Rivera.

Junto a él batalló en Carpintería.

Fausto Aguilar era colorado.

Después de Carpintería y ya ascendido a capitán, al mando de apenas 80 hombres se enfrentó a 700 blancos, liderados por Lucas Piriz, al que hizo retroceder y con el que se trabó en lucha, donde Aguilar fue herido en la cara y el Cnel. Piriz recibió una gran herida de sable en el hombro.

Iba adquiriendo cada vez más fama por su guapeza y gran habilidad en el combate.

Regresó de Brasil y estuvo al lado de Garibaldi.

Cruzó de orilla y peleó contra Rosas.

Participó en Cagancha, Arroyo Grande e India Muerta donde Urquiza mandó degollar a 500 prisioneros colorados y allí  Venancio Flores y el propio Aguilar pudieron escapar y refugiarse en Brasil.

En 1853 se le otorga el grado de coronel y en 1858 se une a las fuerzas del Gral. César Díaz, logrando nuevamente  escapar de ser degollado en la sanguinaria hecatombe de Quinteros.

En 1863 fue uno de los jefes de Venancio Flores en su cruzada contra Berro.

Fue en Coquimbo donde arenga a sus hombres con la frase «Saquense los ponchos muchachos que en el otro mundo no hace frío»

En una de esas tantas batallas es herido en la clavícula, herida de la que no logró recuperarse nunca.

Fue ascendido a Brigadier General.

Fallece en su casa de Paysandú junto a su esposa e hijos.

La historia cuenta que en sus últimos días además de dejar un testamento, legando sus bienes a la flia., hizo establecer un compromiso de pagar todas sus cuentas a distintos comerciantes y militares que lo habían ayudado en momentos apremiantes de su vida.

Fue enterrado en Paysandú y llevado un tiempo después al panteón del Cementerio Central junto a León de Pallejas.

Esos olvidados que merecen nuestro recuerdo y que también pertenecen a nuestra más rica historia.

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