Ganó Lula y tendrá una agenda complicada

Hugo Machín Fajardo

El triunfo de Lula (50,90%) sobre Bolsonaro (49,10%) evidencia que Brasil está partido en dos y con una inusitada crispación en la sociedad que fue alentada por los candidatos, así como por innumerables noticias falsas y campañas de agravios mutuos.

Dos declaraciones pautan el futuro del Brasil emergente de la segunda vuelta electoral del pasado domingo 30 de octubre. La de Lula da Silva, una vez que se confirmó su triunfo por un margen de 2 millones de votos de 124 millones de votos emitidos; y la del gobernador electo en Sao Paulo, Tarcísio Gomes de Freitas, que fuera ministro de Infraestructura de Jair Bolsonaro.

«Haremos que los brasileños desayunen, almuercen y cenen todos los días», la promesa de Lula, electo por tercera vez presidente del país más grande de Latinoamérica, es el primer concepto clave. Y el segundo, el anuncio de que «es fundamental aliarnos con el Gobierno federal», dado en la misma noche del triunfo por Gomes de Freitas. Quien además, sostuvo que el veredicto de las urnas «es soberano».

Miseria. La miseria en Brasil tras una década de estancamiento -pandemia incluida- es inadmisible: el hambre afecta a 33 millones de los 213 millones de habitantes. La fundación Getulio Vargas ha diagnosticado que además de aquellos 33 millones de brasileños que viven en «extrema pobreza» con ingresos de 105 reales (unos 20,5 dólares) al mes; hay 63 millones  de personas  que sobreviven con unos 500 reales (aproximadamente 94 dólares).

A fines de setiembre, el Banco Central de Brasil (BCB) ubicó en 2,7 por ciento la previsión del crecimiento del producto bruto interno (PBI) del país, muy superior al pronóstico promedio del 0,3 por ciento de comienzo de año. Para el 2023, el BCB recortó el crecimiento hasta el 1 por ciento con base a la «esperada desaceleración global» y «los impactos acumulados de la política monetaria doméstica». Un dato positivo es que la expectativa  de inflación para 2022 bajó del 8,8 por ciento al 5,8 por ciento, según un informe del Comité de Política Monetaria del BCB.

El padecimiento de millones de brasileños fue determinante para que Lula ganara la elección. De ahí la promesa hecha a quienes viven mal.

Puente. ¿Por qué es importante lo del electo gobernador de Sao Paulo, principal centro económico, comercial e industrial de Brasil, donde residen 45 millones de habitantes? Porque la mayoría de los gobernadores electos en primera y segunda vuelta no responden a Lula, sino que de los 27 estados en disputa, 17 se dividen entre bolsonaristas y conservadores, mientras que los gobernadores electos que apoyan a Lula suman 10. La superioridad no solo es cuantitativa. Río de Janeiro y Minas Gerais, el segundo Estado más poblado del país, responden a Bolsonaro y Rio Grande do Sul será gobernado por Eduardo Leite, de centroderecha.

El puente que ofrece Gomes de Freitas se diferencia del tenor confrontativo en alto grado que han mantenido Bolsonaro y Lula durante la campaña, pero también es una señal de pragmatismo: sin un entendimiento con el gobierno federal, los Estados ven dificultada la concreción de políticas públicas viables.

Mayoría de Bolsonaro. A esta desventaja para la futura administración de Lula, se suma la mayoría obtenida en la primera vuelta electoral por el Partido Liberal, de Bolsonaro, en el Congreso: 99 diputados de los 513 de la Cámara baja, la primera minoría, que sumada a conservadores y centro derecha, suman alrededor de 273 diputados. Las formaciones vinculadas a la izquierda alcanzan unos 138 legisladores y el Partido de los Trabajadores (PT) de Lula será el segundo mayor sector parlamentario con 68 bancas en diputados. El panorama en el Senado no es más auspicioso para Lula: 14 senadores de Bolsonaro, contra 9 del Presidente electo.

El triunfo de Lula (50,90%) sobre Bolsonaro (49,10%) evidencia que Brasil está partido en dos y con una inusitada crispación en la sociedad que fue alentada por los candidatos, así como por innumerables noticias falsas y campañas de agravios mutuos.

La consultora Quaest constató que «la mitad de los electores que votan a Lula lo hacen para sacar a Bolsonaro. Y la mitad de los que votan a Bolsonaro lo hacen para que Lula no vuelva». En consecuencia, Lula no contará con el respaldo que supuestamente determinan los más de 60 millones de votos obtenidos en segunda vuelta, ni Bolsonaro puede asumir que los más de 58 millones de brasileños que le votaron lo respaldan en un cien por ciento.

Hoy es difícil medir en qué medida la negligencia de Bolsonaro para encarar la pandemia, una «gripecita» y su desprecio por la vacunación masiva –688.000  muertes-; su apología del Terrorismo de Estado y reivindicación de la dictadura militar brasileña (1964-1985); así como el alto incremento de la desforestación amazónica registrado durante su gobierno, incidieron en su derrota.

Igualmente es difícil saber en qué medida la mitad de la ciudadanía brasileña que votó por Lula, dejó de lado la existencia comprobada de compra de votos articulada por el PT en el Congreso brasileño, que llevó a la cárcel al entonces ministro de Hacienda de Lula, Antonio Palocci; el «Mensalão» (mensualidades), una trama corrupta promovida por el PT para la aprobación de propuestas legislativas propias, por la que el Supremo Tribunal Federal condenó a la dirección del Partido de los Trabajadores durante la primera presidencia de Lula; el «Lava Jato» un mecanismo de corrupción que incluyó a decenas de países y la casi totalidad de los Estados de Brasil, «que reveló un complejo esquema de sobornos implementado por la empresa constructora más grande de América Latina, Odebrecht, para pagar a políticos y partidos de la región y a funcionarios de dos países africanos»; o el «Petrolão», un sistema de corrupción instalado en la empresa Petrobras que desvió miles de millones de dólares.

Y esas eran las opciones electorales en el Brasil 2022. No se puede menos que coincidir con la ensayista francesa Caroline Fourest: «Nuestras democracias están siendo destruidas desde adentro».

Aunque Lula nunca hizo un reconocimiento de sus errores, por el contrario mantiene que todo fue una persecución política de la que ha «resucitado», no hace un año comparaba la larga permanencia en el poder de Angela Merkel, Margaret Thatcher o Felipe González  con la de Hugo Chávez,  y Daniel Ortega como si fueran lo mismo.

Horas antes de la segunda vuelta en Brasil, el periodista Jon Lee Anderson, especializado en América Latina, de paso por Colombia dejó caer una reflexión inquietante: «La única semejanza entre Bolsonaro y Lula es su predilección por Putin. Lula es más sensato, critica a la OTAN y a los Estados Unidos por su expansionismo, pero prácticamente pinta a Putin como una víctima, que es el discurso de Putin; y Bolsonaro es igual, fue el último líder que visitó a Putin una semana antes de iniciar la guerra en Ucrania y estando con él, delante de las cámaras de televisión, dijo: «Este es un hombre que quiere la paz», señalando a Putin.  Semejanza única sí, pero suficiente como para apoyar desde el gobierno y la oposición de Brasil la masacre en Ucrania.

Horas después de que el Tribunal Electoral confirmara el triunfo de Lula, Bolsonaro guardaba silencio recluido en el Palacio Presidencial de Brasilia, sin reconocer su derrota, pese a haber cambiado su discurso impugnador y admitir previo al balotaje que «quien obtenga más votos gana». Se fue a dormir.

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