Guerra de trincheras

Ricardo J. Lombardo

Quizás sea por este sistema de balotaje que se ha generalizado en las democracias occidentales, en particular en América Latina, pero la política parece llevarnos cada día más a la bipolaridad. Los electorados a menudo terminan viéndose reducidos a una opción binaria donde los buenos quedan de un lado y los malos del otro. Los lindos o los feos. La derecha o la izquierda.

Aunque al final la realidad demuestre que si quiere ser eficiente en materia de gobierno las alternativas suelen ser muy pocas, los contendores de cada instancia electoral extreman sus posturas y la ciudadanía queda presa a cada lado de una grieta insalvable.

Los candidatos, sus asesores de imagen, sus votantes y hasta sus acciones en las redes, parecen parapetarse cada uno en su trinchera para disparar contra un enemigo con el que después, sin embargo, deberá convivir.

Las guerras de trincheras en la historia han sido sinónimo de estancamiento.

El ejemplo más ilustrativo es lo que ocurrió en la primera guerra mundial.

A poco de iniciadas las hostilidades en octubre de 1914, el frente occidental quedó trabado en una zona de trincheras entre Alemania y Francia.

Al final del conflicto, el 11 de noviembre de 1918, los ejércitos que trataban de avanzar unos cientos de metros hacia cada lado, apenas se habían movido de su posición inicial y eso había costado la vida de 3 millones de soldados.

Algo de eso parece estar pasando en nuestras democracias. La bipolaridad, que se hace cada vez más agresiva, termina partiendo las sociedades en dos y en cada instancia electoral las cosas se resuelven por pequeños guarismos hacia un lado o hacia el otro. El que gana se apresta a gobernar con mayorías escuálidas y el que pierde se desentiende y prepara para tomar el poder en las siguientes. La práctica tan republicana de buscar acuerdos admitiendo que el adversario tiene parte de la razón,  parece desterrada.

Se trata, literalmente, de una guerra de trincheras, donde cada uno sigue disparando sobre el adversario sea cual sea la circunstancia o el tema a tratar.

La política, bien entendida, es la disciplina que permite articular el disenso. O sea, encontrar los caminos para lograr los acuerdos que permitan que los países avancen y no queden enredados en marchas y contramarchas.

La idea de la guerra de trincheras es un concepto militar, lleno de intolerancia, intransigencia e irracionalidad.

Su predominio da la pauta de la ausencia de políticos de fuste, capaces de evitar que las diferencias se trasladen multiplicadas a los ciudadanos de a pie, que terminan siendo los verdaderos soldados caídos en batalla.

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