Hacer una Pausa

Nicolás Martínez

La historia de la humanidad es la historia del enfrentamiento a la adversidad. Podríamos decir incluso, que la adversidad nos ha hecho crecer como humanidad en cada oportunidad, nos ha hecho sacar lo mejor de nosotros mismos. La situación actual a nivel mundial nos encuentra haciendo frente a una emergencia sanitaria que nos conmociona entre el miedo y la incertidumbre del porvenir. Y es en situaciones de crisis, cuando asistimos a la valoración de lo inexorable, cuando asistimos a la concientización de la finitud de la vida y a la perpetua danza de la inmediatez del tiempo.

Como bien sabrá el lector, no es esta la primera vez que enfrentamos una pandemia, el pasado siglo registró al menos cuatro. De estas, con una mortalidad a nivel mundial que se estima alrededor de los 78 millones de personas, se advierten tres por influenza, y con una mortalidad que se estima alrededor de los 32 millones de personas, el virus VIH. Asimismo, en la pasada década, la influencia del H1N1 dejó sus huellas con una mortalidad a nivel mundial de entre 151.700 y 575.400 personas.

Esta pandemia, que nos atraviesa, que nos interpela y nos condiciona como seres humanos, nos trajo consigo un quiebre, una ruptura epistémica de lo que hasta hace poco considerábamos normal. Era normal entonces el respirar el aire nuevo de cada día sin más impedimento que el escenario escogido, era normal entonces el saludarnos mediante muestras afectivas y necesarias de besos y abrazos, era normal entonces el aglomerarse como seres humanos, compartiendo con el otro, lo mejor de nosotros.

Sin dudas, esta normalidad hasta ese entonces normal valga la redundancia, dejó de serlo. Es entonces, que allí comenzó el viaje, el periplo hacia lo desconocido, hacia la incertidumbre y hacia la ruptura total de lo cotidiano, de la efímera superficialidad. La resiliencia nos llamó a vestirnos con nuestras mejores armas y con nuestra más férrea voluntad, para dar batalla y enfrentar al enemigo, que la mayoría de las veces, éramos nosotros mismos.

¿Por qué sostengo que éramos la mayoría de las veces nuestro propio enemigo? Porque muchos, no supimos estar (y muchos aun no lo están) a las alturas de las circunstancias, a la altura de la gravedad de los hechos que nos aquejan, porque muchos cobardes boicotean las pequeñas batallas ganadas en mérito de alimentar sus caprichos superficiales, sus egos personales y aún peor, sus réditos políticos y electorales.

Esta crisis, nos vino a enseñar de lo relevante y lo importante que es la responsabilidad individual, responsabilidad que deja de ser individual y se vuelve colectiva, cada uno de nuestros actos repercute en la sociedad. Si viajamos al pasado, a la milenaria India, nos encontramos con aquel viejo concepto (y por viejo no debe considerarse en desuso) del karma, esa suerte de ley universal que versaba que cada una de nuestras acciones tendría una reacción consecuente, una fuerza dinámica que trasciende al individuo al empleo de cada acción.

Muchos conocerán también el llamado efecto mariposa, que versa en la influencia que tenemos como individuos y como esta repercute en la sociedad. En este sentido, el conocimiento de este efecto de nosotros en el otro y en los otros, es tomado como una educación para lograr la paz, la armonía en la sociedad en la medida de la concientización de nuestras acciones y sus repercusiones en lo inmediato y lo mediato.

Por tanto, el bienestar del otro es nuestro propio bienestar, y nuestro propio bienestar es el bienestar del otro.

Este encierro consciente y voluntario al que somos sometidos en un llamado a la responsabilidad individual, nos impulsa indirectamente a la comprensión del concepto de lo fraterno, del vínculo con el otro, de la importancia de la hermandad y, sobre todo, del grado de compromiso y deber para con los demás.

Hay una vieja parábola budista que nos habla del dolor, de la pérdida. Según se cuenta, una mamá que había perdido a su hijo acude al Buda y le solicita que mediante sus artes mágicas lo devuelva a la vida. El Buda le pide a cambio de resucitar a su hijo, un grano de mostaza especial que debe ser obtenido de un lugar donde no se conozca la desgracia ni el dolor. Al final, la mamá jamás encuentra ese lugar. Esta enseñanza nos habla de que no existe la ausencia del dolor, el dolor está con nosotros todo el tiempo y que hay sufrimientos de los seres humanos que superan los propios.

El dolor es vehículo de conciencia, dice la tradición budista. También que el dolor trae consigo una enseñanza necesaria para nuestro crecimiento, para nuestra evolución. El dolor nos detiene, nos obliga a pensarnos, nos obliga a indagar en las explicaciones y los porqués de las cosas, nos obliga a replantear nuestro accionar y como este repercute en los demás. Y si hay algo que ha sabido esta pandemia, es de dolor. Dolor inmenso de miles de familias transitando la pérdida infalible de sus seres más queridos. Esta pandemia lleva consigo más de 124 millones de casos en todo el mundo y más de 2743000 fallecidos.

Necesitamos entonces (sobre todo los que aún no lo han hecho) tomar conciencia, una conciencia a futuro de corresponsabilidad, de cuidarnos a nosotros, de cuidar al de al lado, de cuidar al otro, de extender una mano amiga a quien lo necesite, de ser cautos, de ser responsables, de hacer un uso legítimo pero consciente de nuestra libertad, porque del uso de nuestra libertad, depende la vida de la sociedad.

Allá por el año 1947 se publicaba “La Peste”, novela de Albert Camus que profundiza en el sentido de la solidaridad humana mientras una ciudad es azotada por una peste. Allí se señala lo siguiente: “solo una cosa había cambiado para ellos: el tiempo, que durante sus meses de exilio hubieran querido empujar para que se apresurase, que se encarnizaban verdaderamente en precipitar; ahora que se encontraban cerca de nuestra ciudad, deseaban que fuese más lento, querían tenerlo suspendido…”.

En estos momentos de incertidumbre, de desconcierto y velocidad, necesitamos confianza y unidad, sobre todo unidad. Debemos unificar nuestras acciones mediante la conciencia colectiva, unificar en el sentido etimológico de la palabra, de “hacer uno” con los demás, y alejarnos de los separatismos, las divisiones y desuniones efímeras. No se trata de enfrentar al individuo con el otro, sino de armonizar el individuo con el otro, dimensionar lo importante de la vitalidad de la sociedad, de la realidad de la Humanidad como una gran familia. Cuidarnos a nosotros, cuidar al otro, cuidarnos a todos. Séneca decía que “Morir más pronto o más tarde no es la cuestión; morir bien o mal, esa es la cuestión; pero morir bien supone evitar el riesgo de morir mal”. Hoy, más que nunca, necesitamos hacer una pausa.

Nicolás Martínez

Sec. Gral. ARENA – Docente de Filosofía – Estudiante de Ciencia Política.

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