Historia y presente, memoria y mensaje

El artiguismo de Artigas generó la conciencia nacional y la impregnó del republicanismo y el Estado de Derecho

Julio María Sanguinetti  

El martes pasado, Durazno celebró los 200 años de su fundación, el 12 de octubre de 1821, por el entonces Coronel Fructuoso Rivera. Todo el pueblo estuvo en la calle, con alegría, festejando y saludando al Presidente de la República, al Intendente Vidalín y a todos quienes tuvimos la suerte de acompañarles. Milagrosamente no se asomaron los antivacunas ni los protestadores gimnásticos de siempre. De modo que se disfrutó de un desfile de los tradicionales, en que los preescolares alternaron con los liceales y los militares con las organizaciones de la sociedad civil. Se observó con gratitud el empeño de padres y alumnos en las caracterizaciones de época, los trajes típicos y la evocación de nuestros valores. No faltaron a la cita ni Rodó ni Picasso.

Por cierto era 12 de octubre, un aniversario más del día en que Colón arribó a América y dio comienzo a la historia de nuestro continente, con su enorme choque de civilizaciones, matriz de una América anglosajona hacia el Norte y Latina hacia el Sur. En el centro de la plaza, desde siempre, incólume, una hermosa columna celebra el acontecimiento. Tampoco apareció ningún iracundo de los que hoy tiran monumentos y cortan cabezas de los descubridores, en operaciones de barbarie anti-histórica. Todo para festejar entonces.

También era la fecha de la gloriosa batalla de Sarandí, en que estuvieron todos nuestros caudillos, Lavalleja, Rivera, Flores, Oribe… Fue un 12 de octubre, pero de 1825, cuando ya habían pasado cuatro años de la fundación de Durazno, lo que motiva una reflexión histórica que nos gustaría compartir.

Como sabemos, en 1820, en la verdadera matanza que sufrió la fuerza artiguista de Andresito en Tacuarembó, nuestra revolución sucumbió. Artigas se alejó hacia el Paraguay, luego de enfrentarse infructuosamente con sus viejos asociados de las provincias. Solo quedaba en pie Rivera, para administrar la derrota. Lavalleja, Otorgués, Manuel Francisco Artigas, Bernabé Rivera y otros tantos estaban presos en Río de Janeiro, en la Isla das Cobras. Había que pactar con el vencedor portugués, como se lo reclamaba el Cabildo montevideano, conducido por Nicolás Herrera y el Padre Larrañaga. Así lo hizo el caudillo, en Tres Árboles, para “proteger a los paisanos en desgracia” y, como escribió a su amigo Julián de Gregorio Espinosa, “sacar partido de nuestra misma esclavitud para en tiempo oportuno darle al país su libertad que había perdido”.

Con ese pacto, logra liberar a los presos de Río y sale a la campaña a “recoger los huérfanos de la patria y arrancarlos de la vida errante”, como dice al juntar familias, a las que repartió chacras, para fundar el pueblo de San Pedro de Durazno. Al mismo tiempo, reagrupa su cuerpo de Dragones, con Juan Antonio Lavalleja de segundo jefe y su hermano Manuel como Capitán.

En una campaña despoblada, formar pueblos era reconstruir la nación en dispersión, los vínculos de confraternidad, el sentido de pertenencia puesto en duda luego de la aplastante derrota, afincar gente de trabajo y afirmar un territorio todavía en disputa. Al mismo tiempo, ofrecer la protección del caudillo que se había hecho responsable de la situación, luego del retiro de Artigas. Amparar a la gente, reconocerle tierra, y mantener una fuerza armada oriental. Esas fueron sus condiciones y con ellas cuatro años después, en Sarandí, todos juntos, enfrentaban a los lusitanos, convencían a Buenos Aires de que los orientales éramos capaces de defendernos y nuestra voluntad nacional no era solo sentimiento.

La clarividencia política de Rivera de quedarse y pactar lo demuestra objetivamente esa fundación duraznense. Allí estaban los paisanos y nuestras armas Ese será, como dice Padrón Favre, el “artiguismo posible”, el que creó las condiciones para una República independiente. El artiguismo de Artigas no solo generó la conciencia nacional sino que la impregnó del republicanismo y el Estado de Derecho. Sin embargo, resultó políticamente inviable, porque no era posible una confederación sin una hegemonía de Buenos Aires, puerto y aduana en que confluían —como en un embudo— los grandes ríos Paraná y Uruguay, que dejan sin margen a las provincias.

Con la distancia de 200 años podemos advertir cómo Don Frutos, asociado a su “compadre” Juan Antonio, con el que tantas confluencias como separaciones vivieron, pudieron darnos esa independencia que en 1828, de muy mala gana, reconocieron el Imperio de Brasil y la Confederación Argentina. Habían sido 17 años de lucha, con España, con Buenos Aires, con Portugal, con Brasil. No hubo invento inglés sino un gigantesco esfuerzo y una conciencia clara definida en las Instrucciones del año 1813. Como decía Don Juan Pivel, en Rincón y Sarandí no había ningún inglés.

¿Es esto simple memoria? ¿No es, por el contrario, la esencia del proyecto nacional que cada día se reescribe? ¿No son las vivencias históricas que nos permiten entender mejor nuestros forcejeos con nuestros dos grandes vecinos, sus intereses y sus diferentes mentalidades? ¿No surge de allí que nuestra salida hacia el mar ha sido —y sigue siendo— condición de independencia tanto política como económica?

Nuestro andar diario, la información al instante en un mundo global, nos aleja de la mirada larga. Somos latinos. Agonistas. Vivimos el debate del día a día. No somos chinos que miden el tiempo en siglos y no en años. Pero estos años nuestros nos dicen que las cosas que damos por conquistadas no están allí por casualidad ni lo estarán para siempre sino estamos, cada día, atendiéndolas.

La historia es recuerdo. También mensaje.

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