Insolidaridad, miserias y un desafío existencial

Julio María Sanguinetti

Allá por 1974 recibieron el Premio Nobel dos economistas estrictamente opuestos, Friedrich von Hayek y Günnar Myrdal, aquel austríaco y este sueco. El primero, un teórico encendido del liberalismo económico en su expresión maximalista y el sueco un emblemático socialdemócrata de los años en que su país comenzaba a lucir como el campeón del Estado de bienestar. Myrdal fue un teórico de los procesos de integración, a nivel europeo y mundial, y escribió un libro, que estuvo muy de moda en su tiempo, titulado Solidaridad o desintegración. Su título lo dice todo y procuraba ser un cuerpo doctrinario de apoyo al proceso de construcción de instituciones internacionales que habían nacido con la posguerra.

 

El hecho es que hoy, en un mundo globalizado por la tecnología que salta fronteras, por la información en tiempo real que cabalga por los medios de comunicación y ahora las redes, el desafío se vuelve a abrir. Solidaridad o desintegración. En esa perspectiva, nos encontramos hoy con una conclusión desoladora: el mundo global desnuda, en la pandemia, no solo la crisis de gobernanza que ya era evidente (cada uno hizo lo que quiso), sino una insolidaridad alarmante.

La carrera por la vacuna ha sacado a relucir mucho de lo peor. Las palabras que la definían como un bien común universal son plumas al viento. ¿Quién duda de que Rusia hizo del tema una explotación nacionalista, pretendiendo competir con las primeras vacunas, creadas en EE.UU.?

Los egos presidenciales no estuvieron ausentes de la competencia. A veces con un resultado favorable a la imagen del jerarca, en ocasiones lo contrario, como es el caso notable de EE.UU.; un Trump que podía mostrar una economía en expansión y algunos éxitos internacionales se encontró de pronto con la pandemia: la desconoció, llevó el país a un saldo lamentable y pagó un fuerte peaje político. Ese fracaso, sumado a una economía que se paralizó, lo alejó de las chances de victoria que podía tener.

Los nacionalismos jugaron también en su deriva proteccionista. Cuando la Unión Europea llegó en enero a prohibir exportaciones ante los retrasos de un laboratorio, no solo establecía un precedente inédito, sino que contrariaba todos los valores que la inspiran.

Los países, como Uruguay, que apostamos al multilateralismo asociándonos al Covax, incluso adelantando el dinero necesario, corrimos luego de atrás al producirse la estampida detrás de las vacunas y una notoria insuficiencia a las demandas. En nuestro caso, los resultados generales siguen siendo –en términos de vidas– los mejores de América Latina. Al lunes pasado, 16 muertes cada 100.000 habitantes, con 107 de Chile, 115 de la Argentina y 117 de Brasil, o sea, siete veces menos que nuestros vecinos. Las vacunas ya están llegando, como resultado de contratos que hubo que negociar y, por cierto, ayudarán a que la luz aparezca al final del túnel. O sea que no se han sufrido consecuencias graves, pero otros países sí las han experimentado y seguramente será peor.

Cuando nos reducimos al plano nacional, nos volvemos a encontrar con ejemplos que desnudan lo peor de lo nuestro. Ni hablar de la extorsión política que hace la dictadura venezolana. Pero los lamentables episodios de Perú y la Argentina nos revelan la aparición de un inverosímil “clientelismo vacunatorio” o de los abusos personales que, desgraciadamente, degradan la vida política y alejan a los ciudadanos de su compromiso cívico.

Si miramos ahora el fenómeno pandémico en una visión geopolítica más amplia, nos encontramos con una China que vuelve a sacar enormes ventajas de imagen y prestigio, pese que fue el hogar del virus e inicialmente pareció inclinarse hacia el ocultamiento. Luego de ese momento vacilante, actuó rápido, aisló a Wuhan por tierra y por aire y aprovechó la experiencia de las epidemias anteriores, como el SARS en 2003 y el MERS en 2012. Fue el que primero que se contagió, pero también el primero que salió, y ha tenido una bajísima mortalidad nacional, al igual que el resto de sus vecinos, porque tanto Corea como Taiwán y Japón han mostrado parecido éxito. Naturalmente, China añade la popularización universal de sus vacunas, mostrándose en una capacidad científica que va más allá del promocionado mundo digital.

No han faltado quienes piensan que esta eficacia de China inclina el mundo hacia el autoritarismo, pero parecidos resultados han tenido democracias como las de Corea, Japón o Taiwán, que de algún modo compensan. Lo que sí es común a todos ellos es la cultura y sus valores. Ya en el mes de mayo, con muchos cuestionamientos, el filósofo coreano-alemán Byung-chul-han pronosticaba que Oriente tendría mejores respuestas porque está lejos de nuestro liberalismo individualista y, por lo mismo, sus sociedades han aceptado como normal la vigilancia videodigital y biopolítica, que de pronto aparecían como armas decisivas para combatir la pandemia. Hasta el uso del tapabocas es usual para quienes están resfriados, como me ocurrió a mí hace muchos años en que asistí a un partido de fútbol en Tokio y, asombrado, pregunté si toda esa gente que veía enmascarada pertenecía a alguna secta…

Frente al Oriente en expansión, nuestro Occidente vuelve a perder pie, con una Europa confusa e insolidaria y unos EE.UU. a los que Trump llevó a una farsa que terminó en tragedia. Razón de más para que pensemos en nuestros valores, los que nos inspiran desde que Jerusalén nos dejó la igualdad ante las Tablas de la Ley de los judíos y la piedad cristiana, que sumadas al racionalismo griego y las instituciones romanas construyeron esta civilización mayor que es Occidente. Este desafío es bastante más que una anécdota de circunstancias.

Los lamentables episodios de Perú y la Argentina revelan un inverosímil “clientelismo vacunatorio”.

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