La abusadora canasta de mimbre

José Luis Ituño

En el pueblo lo llamaban “el mercader”, aunque él prefería lo llamaran por su nombre “Don Carlos”. Mimbrero de ley, vendía cestas de este material entre los habitantes del pueblo para transportar los alimentos que compraban en otros comercios.

Don Carlos se había convertido en el único proveedor autorizado por el Alcalde de cestas de mimbre de la comarca, que se veían por las calles llenas de contenidos, como fruta, verdura, pan, pollo, etc.

Una tarde, los tres principales proveedores de alimentos del pueblo, también autorizados por el Alcalde, se juntaron quejándose ante el jerarca, reclamando para sí la posibilidad de distribuir los alimentos en sus propios empaques.

Los proveedores inteligentemente pensaron en que, si ya llegaban con los alimentos al pueblo, podrían agregarle las canastas de su propia confección y así quedarse con el negocio total.

El Alcalde, luego de varios días entendió que Don Carlos (un viejo mimbrero con casi 50 años de trayectoria) ocupaba una “posición dominante” en el pueblo, razón por la que autorizó a los tres proveedores de alimentos a entregarlos en sus propios empaques en competencia con “el mercader”.

Fue así que los tres proveedores, comenzaron a llevar los contenidos en cajas de plástico, prescindiendo de las canastas del comerciante.

Muchos habitantes del pueblo, acostumbrados al mimbre de Don Carlos, prolijamente terminado, barnizado y seguro, siguieron con él, otros optaron por contratar a los tres proveedores, con su nuevo sistema de distribución y venta de alimentos, aun sabiendo que la calidad caería sensiblemente al sustituir las hermosas canastas de mimbre por cajas de plástico.

Los tres proveedores, inteligentemente, aprovecharon la decisión del Alcalde y comenzaron a ofrecer a los habitantes del pueblo mejores precios si contrataban la distribución de alimentos en sus propias cajas de plástico y así lograron quedarse con una buena porción del pueblo que resignó la calidad de las canastas y el cariño por Don Carlos, a manos de ahorrarse un pequeño porcentaje.

Un tiempo después Don Carlos se presentó ante el Alcalde -y utilizando los mismos argumentos de los tres proveedores- le solicitó el permiso a la alcaldía para poder vender contenidos en sus canastas y así poder competir en igualdad de condiciones.

Sus argumentos ante el Alcalde fueron “¿si los tres proveedores de contenidos pueden ahora llevarlos a las casas de los habitantes del pueblo con alimentos prescindiendo de mí, porqué yo no puedo tener permiso de comprar los contenidos directamente en las fábricas de alimentos y distribuirlos en mis canastas?”.

El pedido de Don Carlos, duerme plácidamente en el segundo cajón del escritorio del Alcalde.

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