La dictadura cubana y la tabla del uno

Es que negar la autocracia y la violación a los derechos humanos, a esta altura de los acontecimientos, es un acto inmoral

Washington Abdala

 “Es más fácil que la tabla del uno saber lo que sucede en Cuba, a nadie le cabe la menor duda que lo que sucede es una dictadura”. Así lo expresó de forma contundente hace pocos días el presidente uruguayo Luis Lacalle Pou interrogado por Jonatan Viale en su programa televisivo.

Fidel Castro llegó al poder derrocando la tiranía de Fulgencio Batista y construyó su dictadura, con sus amigos y familiares durante sesenta y dos años.

En los primeros tiempos, individuos como Mario Benedetti, Julio Cortázar, Roberto Fernández, Roque Dalton, Edmundo Desnoes, Emanuel Carballo y David Viñas le creían todo. Luego, los racionales lo fueron abandonando. Los serviles lo aplaudieron hasta verlo ordenar ejecuciones hasta el final. Es que no se puede engañar toda la vida. Un tiempo podrá ser, pero la verdad siempre sale a luz.

En el presente, hay luchadores en solitario que levantan su voz contra la tiranía. Todos lo hacen desde púlpitos distintos, con matices, pero todos saben que enfrentan una autocracia que violenta a los derechos humanos, lo más sagrado que tenemos que respetar quienes estamos con los pies sobre la tierra. Por eso, tantos y tantos en el mundo ya no aplauden más la dictadura y le imploran que termine con ese talante. ¡Como si las dictaduras fueran comprensivas y reaccionaran ante el reclamo humanista!

Su poder radica en lo violento del accionar monopólico que poseen y en la irracionalidad de su utilización. Cualquiera puede ser sujeto pasivo del poder revolucionario-criminal, por eso el miedo es atroz dentro de la isla. Y lo paradójico es que la tiranía cubana reverbera escupitajos sobre quien la objeta, entonces no pocos tienen el coraje de enfrentarla. El que lo hace, sabe que será lapidado por la palabra de la maquinaria del régimen que opera de forma sistemática y soez. Están dispuestos a todo y no tienen límites. Por eso levantar la voz contra ellos no es un asunto liviano.

Rosa María Payá es la hija del célebre Osvaldo Payá a quien tuve el gusto de conocer, activista e intelectual que enfrentó al régimen cubano juntando firmas para el proyecto Felix Varela (recolección de miles de adhesiones pidiendo el respeto de varias libertades en el marco de la férrea normativa cubana allá por el año 2000). Osvaldo Payá siempre fue un hombre principista y honesto, un defensor de la libertad en clave de paz. Cero violencia. Ni siquiera levantaba la voz en demasía. Rosa María Payá es, entonces quien es, por designio genético, por respetar la memoria heroica de su padre y por abrazar la lucha por la libertad de sus ciudadanos con convicción propia. Cualquiera que la oiga dos minutos advertirá que eso es ella. Y eso hace ella por estos días, denuncia y reclama dignidad para su gente donde sea. Ella siente que esta hora es única y por eso pide más internet potente en la isla para que su gente conjugue el verbo “libertad”. Igual que la voz de la gente del movimiento de disidentes San Isidro que se juegan su existencia con el arte a flor de piel en las calles y que son ultrajados. Igual que Yotuel Romero, Descemer Bueno, Gente de Zona, Maykel Osorbo y El Funky cuando cantan “sesenta años trancando el dominó” en “Patria y Vida”. No son casualidades. ¿O toda esa gente es una expresión inventada por el imperialismo yanqui? Ellos son los nuevos Silvio Rodriguez pero de verdad, solo que son libertarios, no sumisos ante el régimen.

La autocracia cubana tiene a la isla hecha una ruina y es, en los hechos, un país transformado en un gigantesco centro de reclusión, y no por culpa exclusivamente del embargo, eso es desplazar la atención hacia lo no central (Noam Chmosky). Esa es la realidad. Y, la verdad, son los cubanos que se juegan la vida nadando entre los tiburones buscando huir de allí. Esa es la única prueba empírica: el que puede escaparse lo hace. Nadie se escapa de Paris o Roma. ¿Alguien quiere ir a vivir a Cuba?

El pasado 15 de julio la Comisión de Derechos Humanos condenó la represión estatal y el uso de la fuerza durante las manifestaciones sociales que se suscitaron por esos días. Y luego siguieron más agitaciones. La Comisionada Antonia Urrejola, una funcionaria comprometida con los derechos humanos -que no mira lo ideológico- sostuvo a través de un comunicado de prensa que “según información disponible, parte de las manifestaciones habrían sido reprimidas de forma violenta por la policía en diferentes localidades… al menos 151 personas habrían sido detenidas”. Luego la prensa internacional dejó constancia de varios centenares más. ¿Inventa Urrejola esa mirada? ¿No hay que prestarle atención acaso?¿Cree la dictadura que negando lo que ya se advierte por videos viralizados se puede eliminar lo obvio?

El otro individuo que amerita ser visibilizado en este menester es el abogado Stuardo Ralón, uno de los Comisionados de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos asignado al tema Cuba. Stuardo Ralón no habla con matices, no es delicuescente como tanto funcionario internacional que anhela quedar bien con Dios y con el diablo, no niega lo evidente de la dictadura, y solo es cuestión de oírlo para saber que está fundamentado con pruebas sólidas. En una entrevista en la Deutsche Welle, sin miedo encaró lo central del régimen cubano: allí se reclama por democracia y libertad, sin eso se hace difícil plantear cambios en materia de derechos humanos en la Isla. No son sus palabras exactas pero sí su mensaje. Se pueden leer sus tuits que son comprometidos con los valores humanistas, y como todo sólido jurista sabe que solo si existe un estado de derecho -legal y legítimo- habrá cambios en la Isla. No es entonces un funcionario escurridizo, contemplativo y equilibrista. Y menos aún es un diplomático melifluo de esos que solo acatan lo que se les dice que digan. Por estos tiempos hay demasiados de estos lúgubres personajes que, cual abejorros a la colmena, andan cumpliendo sus deberes y aplaudiendo a los dictadores a cal y canto. (Y Cuba, mal que les pese a los que no conocen de derecho, sigue siendo miembro de la OEA, no está activo, pero nunca renunció, ni existe carta al respecto, situación que ya lo deberían saber sus apologistas más obedientes que desconocen lo básico del derecho internacional).

Con frecuencia, luego de más de sesenta y dos años de dictadura, donde muchos ya tiraron la toalla, donde otros juegan con perfil bajo porque tienen intereses económicos en la Isla -y por eso no hacen demasiado ruido para no perder sus regalías- es tan valioso que existan estos individuos: igual que el Comisionado para la Libertad de expresión Pedro Vaca que, en su visión, “los reportes recibidos sobre graves violaciones a los derechos humanos en el contexto de jornadas de protesta” quedan reseñados en su comunicado de prensa del 23 de julio. ¿Inventa Pedro Vaca estas violencias o cumple con su conciencia atento a la labor que por competencia posee?

Que decir de José Miguel Vivanco que levanta la voz comprometida para quien lo quiera oír desde Human Rights Watch hace tanto tiempo. Acusa al régimen, plantea una mirada de solución con el aporte de la comunidad internacional operando como sostén legitimador y no deja de estar activo en este sustancial reclamo de defender los derechos humanos de los cubanos de a pie.

En tiempos donde la valentía es un bien escaso, ésta parece una buena nueva que los humanistas deberíamos replicar más. Me refiero que se comience a perder el miedo a denunciar esta dictadura y solicitarle a los actores con poder que no sean escurridizos, que hablen y que acusen la infamia que se padece. La dictadura sabe que tiene que estirar y estirar el partido, como en el fútbol, y que ganando tiempo se van cansando los rivales y así lo anormal se transforma en cotidiano. Ese ha sido su eterno juego, no ha tenido opositores comprometidos y las ingenuas salidas diplomáticas que se le plantearon fracasaron de manera estrepitosa. ¿O acaso esa no es la verdad?

No es poca cosa que en estas épocas, en las que aún se sigue diciendo que se conoce poco lo que pasa en Cuba (van sesenta y dos años de sometimiento y aún existe gente que no se enteró que es una tiranía despótica) o mucho otros miran para el costado, en fin, aparezcan estos gladiadores luchando en medio de los desiertos que les toca cruzar, batallando con sus palabras con convicción de acero.

De pie ante tanto coraje. Y sentados ante los Oliver Stone, Susan Sarandon, Jane Fonda o Mark Ruffallo y tantos otros que idealizan lo que no conocen y donde no vivirían ni tres días en la situación de pobreza de la isla y falta de libertad. Causa hilaridad y pena que levanten la voz defendiendo dictaduras que no padecen y creen -desde sus mundos idílicos y estupendos- que aquello es paradisíaco. Linda con lo absurdo semejante situación o con la ignorancia más pavorosa. Dejémoslo ahí.

La dialéctica y la retórica son hermosas pero no siempre alcanzan para convencer. Este es el caso, se requieren acciones de presión y planteos multilaterales efectivos para enfrentar sistemas tiránicos como el cubano y así ayudar de veras a un pueblo que pide a gritos desesperado que lo salven. Todos los que conocimos, alguna vez, la vida en dictadura por padecer alguna sabemos que los países -sin intervenir obviamente- pueden cabildear, agitar y encontrar caminos para colaborar a que la libertad emerja.

Lo sabemos todos, por eso no puede primar la mezquindad en estos menesteres. O no debería. Las dictaduras no implosionan, esa es una ficción que algunos creen por la caída del muro de Berlín. En realidad, para que eso sucediera, allí estuvo en su época un Papa comprometido (Karl Woijtila), una primera ministra británica que incidía (Margaret Thatcher), un presidente de los Estados Unidos que argumentaba a favor de la libertad (Ronald Reagan), una derrota de la URSS en Afganistán que los desnudó y mostró que no tenían poder, y la cabeza del propio sistema soviético que asumió la libertad como camino irreversible (Mijail Gorbachov). Todos hicieron lo suyo con la palabra y con acciones. No implosionó gratis, se fue erosionando por todos lados lo que era un castillo de naipes inventado y el liderazgo político mundial -de esa hora- estuvo a la altura de las circunstancias. Estar a la altura de las circunstancias requiere coraje, convicciones y acciones. Faltan muchas más voces comprometidas, falta aún más compromiso y falta militancia solidaria internacional para hacer irrumpir la democracia en Cuba.

Las dictaduras no se retiran por impericia y hambre de un día para el otro, tienen el monopolio del uso de la violencia y lo ejercen despóticamente, y ese asunto espectral puede durar décadas. También lo sabemos todos. O sea, o se ayuda a los cubanos en su hidalga lucha por la libertad o seguirán con la bota encima por el tiempo que sea. No tiene misterio el tema. Y ayudar no es solo implementar un corredor humanitario, es corretear a los dictadores en los estrados jurídicos internacionales y marcarles la cancha haciéndoles el vacío (no invitándolos donde con su presencia no corresponde), no aplaudiendo lo que no lo merece y señalarlos con el dedo acusador para que sepan que su ominosa actitud no es gratis.

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