La filosofía batllista –como faro- en el centro del debate

César García Acosta

Una vez instalado el balotage en Uruguay, que un ciudadano blanco vote a un colorado o un colorado a un blanco, para ocupar la Presidencia de la República, dejó de ser una cuestión de pasiones históricas para ser una necesidad republicana.

Gobernar desde una coalición implica aceptar un programa de gobierno común, dejando de lado la reminiscencia de un pasado que en absoluto debe implicar el renunciamiento a una ideología.

La coalición republicana que no sólo conjuga las voluntades de blancos y colorados, sino también las del Partido Independiente y Cabildo Abierto, ha logrado constituir un abanico de opciones con mucha amplitud conceptual. Esto, más temprano que tarde, impondrá el desafío de subsistir -no sin dificultades- a negociaciones donde muchos resaltarán los estereotipos de la historia vinculados al sentimiento más íntimo de las filosofías de derechas y de izquierdas. Por eso, faltando mucho para que las urnas hablen, reafirmar lo esencial resulta necesario: quien adhirió a esta coalición es gente que orientó su voto en la búsqueda de una mejora en la educación, la seguridad y la estabilidad laboral.

No lo olvidemos.

No se trata de decir que el Frente Amplio, que también es una coalición, no persigue también estos mismos objetivos. Es más: quien se presente a una elección como una opción política seguramente irá tras estas mismas quimeras. La diferencia radica en el proceso para arribar a estos objetivos sin resentir al sistema social que ha caracterizado al Uruguay. Ese sistema, al que todos los partidos políticos aluden como centro de sus inspiraciones, resulta no ser otro que el sostenido mediante las tradicionales fuentes de recursos que tiene el Estado: los impuestos, el costo país necesario para instrumentarlo, y la imaginación puesta al servicio de la política que nos permita mirar 30 años para adelante.

Por eso la coalición republicana debe sortear constantes desafíos de contexto, como administrar un país en medio de una pandemia mundial; de una guerra cruzada por dos mundos bien distintos: uno, el de la pugna religiosa que penetra las entrañas de la sociedad; y otra, la del mundillo de la lucha por el poder desde sociedades antidemocráticas infectadas por un totalitarismo criminal. La invasión Rusa a Ucrania y su contracara europea y norteamericana, son una muestra de que necesitaremos otros 500 años para superar las crisis instaladas en este primer cuarto del siglo XXI. Si a esto sumamos el desafío del combustible, del cambio de la matriz energética, de los commodities y hasta de la inflación, no es equivocado suponer que habrá momentos de mucha dificultad antes de los próximos comicios.

Por eso más que nunca los partidos políticos deben relanzarse en la democracia, y para eso deben dedicarse a imaginar el país que vendrá, dejando para el gobierno lo concerniente al presente, poniendo la mira en el faro imaginario que nos permita guiarnos en la ruta indicada para llegar a puerto.

El “estado de bienestar” no debe ser una utopía, pero tenemos que recrear opciones que nos permitan construir sin destruir el entramado social que ha hecho que los uruguayos sean gente distinta a la de la propia región.

En esta edición de OPINAR varios articulistas abonan a esta idea de transitar sobre la base del pasado, pero mirando el futuro desde los partidos políticos como el centro de las expectativas de todos. Sin los partidos no habrá ideas, y sin ellas carecen de sentido los esfuerzos.

Hoy más que promover candidatos (lo que ocurrirá inexorablemente), lo que hay que hacer es promover ideas, construir escenarios y crear proyectos.

La suma del conjunto es más importante que la individualidad de un candidato. Debemos ser en el partido los más activos para la coalición.

Para lograrlo hay que informarse, y para eso desde las bases –como es el caso de los medios de comunicación afines a una ideología- debemos reclamar con la insistencia necesaria la articulación que todo proceso de acuerdo implica.

Definitivamente debemos desinstalarla idea de la fragmentación o del derrumbe de las ideas por integrar una coalición. En vez de eso debemos reafirmar el compromiso del batllismo sobre el ideario de don Pepe con las modificaciones introducidas por don Pepe a principios del siglo XX, reformuladas por Luis Batlle Berres a mediados de los años 50 y relanzadas por la acción de Jorge Batlle y Julio María Sanguinetti en la reforma constitucional de1967. Resulta evidente que retomada la democracia y bajo la modernización de los modos de gobernanza hayamos ajustado en 1996 otra vez la Carta Magna introduciendo, más allá de nuevas formas para elegir y ser elegidos, el nuevo concepto de municipalismo a partir de la dotación de recursos específicos para los gobiernos departamentales, con todo su proceso de descentralización incluidas las instancias de vínculo interinstitucional con la creación de un Congreso de Intendentes que corporativamente logró instalarse en forma nítida en el contexto de gobierno.

No debemos ser una página en la historia del partido, sino una marca en el registro ideológico del Partido Colorado.

Comienzo tienen las cosas. Esta es una gran oportunidad para reformular nuestro rumbo.

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