La hora del dolor

Fátima Barrutta

Es obvio que la intención de esta columna nunca ha sido ni será confesional, sino de opinión política. Y sin embargo hoy tengo que faltar a esa premisa y abrir mi corazón, porque transcurren días muy duros para mí en el plano personal y familiar.  Mis tíos, mi mamá y mi tía abuela han fallecido por coronavirus.

Todos ellos vivían en mi ciudad natal, Mercedes, y esta terrible pandemia se los lleva de la existencia, aunque no de mi alma.

Sé muy bien que el dolor que me atraviesa es el que padecen hoy muchas familias uruguayas. Como nunca antes, una pandemia nos coloca en la perspectiva de que no somos seres aislados ni integramos familias autónomas.

Estamos todos en el mismo barco azotado por la tormenta.

Todos. En el mundo entero.

El error humano o la fatalidad ocurrida del otro lado del planeta, hoy se lleva a cuatro seres que amo, junto a más de dos mil compatriotas.

Hoy como nunca reafirmo mi vocación de servicio, porque esta tragedia demuestra que la actitud egoísta, además de reprobable, es ilusoria.

Hoy como nunca vivo la paradoja de una emergencia sanitaria que nos obliga a confinarnos, separarnos, cuidarnos cada uno por sí y ante sí, y al mismo tiempo nos hace comprender que tenemos un destino común, que estamos abrazados, oponiendo resistencia a la inclemente tempestad, con la única fuerza que nos da la unidad.

Al menos debería ser así.

Pero veo con profunda irritación que pasa lo contrario.

Percibo a algunos uruguayos, que no son pocos, refutando tontamente la gravedad de la pandemia, promoviendo aglomeraciones, rechazando las medidas de control y, lo peor de todo, negándose a la vacunación.

No solo son irresponsables ante sí y sus familias. Están ciegos frente al dolor del prójimo, como si se burlaran de quienes estamos padeciendo tantas pérdidas injustas.

Y cuando digo que no son pocos, no me estoy refiriendo solo a un mediático abogado y sus delirantes discursos ni a sus seguidores, algunos de los cuales peligrosamente disponen de espacios radiales desde donde publicitar sus malignas tonterías.

Estoy hablando también del alto porcentaje de docentes que aún no se han vacunado, habiendo sido los primeros en ser convocados para ello.

Estoy hablando de cientos de miles de uruguayos que están dentro de los grupos atendidos por el plan, pero no se agendaron para inocularse.

Y me estoy refiriendo también a los que incurren en micro rebeldías innecesarias. Los que organizan asados y cumpleaños mezclando burbujas. Los que comparten mates y picos de botellas. Los que se resisten al uso del tapabocas porque dicen que les molesta.

El virus quebró a mi familia pero no voy a caer en la ignorancia ni el oportunismo de culpar por ello al gobierno.

Dan vergüenza quienes parecen festejar los contagios y las muertes, como si fueran goles contra un partido político.

Hoy es tiempo de estar unidos, combatiendo la propagación del virus con la responsabilidad y seriedad que demanda la hora.

Es tiempo de entender que una tragedia colectiva solo puede superarse con una respuesta colectiva. Si no estamos aprendiendo esto tan obvio, significa que tanto dolor no ha servido par

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