La resistencia cultural

Jorge Nelson Chagas

Uno de los primeros ámbitos de resistencia cultural a la dictadura fue el Teatro El Galpón, fundado en 1949.  Bajo la dirección de Atahualpa del Cioppo. Con su impulso se montaron obras clásicas con un fuerte contenido libertario que se reforzaba en escena como el caso de Julio César de Shakespeare o la comedia Pluto de Aristófanes.

Pero esta resistencia duró apenas tres años El Galpón estaba íntimamente vinculado con la izquierda y  estaba en la mira de las autoridades. Un   decreto del 7 de mayo de 1976, ilegalizó a la institución, disolvió su elenco, confiscó sus bienes y prohibió toda actividad teatral y cultural a sus integrantes. La posterior persecución policial a muchos de ellos llevó a estos a tomar el camino del asilo político que generosamente fue concedido por México en donde, a partir del 2 de setiembre de 1976 El Galpón reinició su actividad teatral y cultural.

El otro foco de resistencia cultural estuvo vinculado al Carnaval. Muy en especial a las letras de las murgas – que desde siempre tuvieron un contenido político – que se vieron sometidas a una férrea censura que obligó a los letristas a usar un lenguaje elusivo. Se ha sostenido que el candombe (el tambor, más precisamente) se convirtió en una herramienta de lucha antidictatorial. Honestamente no poseo ninguna documentación que demuestre el ejercicio de la censura sobre las letras de las comparsas, Aquí hay una cuestión de tradición e incluso, que involucra al propio reglamento del concurso de carnaval. Mientras que las murgas tenían una larga historia de sátira política/social, el repertorio de las comparsas apuntó en otra dirección, donde se hacía hincapié en el folclore afro. Pero, esta cuestión tiene otro sesgo muy interesante: durante la dictadura comenzó un lento y sostenido proceso de aprendizaje del toque el tambor y danza de hombres y mujeres de las clases medias y medias altas. En otras palabras: un conocimiento que antes era adquirido, principalmente, en el núcleo familiar o con amigos en ciertos barrios específicos de Montevideo (Sur, Palermo, Ansina, Cordón o Cerro) se amplió a otras capas de la sociedad y terminó abarcando a todo el país. Una hipótesis: el acercamiento de estos grupos sociales al candombe, un género popular por excelencia, pudo significar una forma de rebeldía ¿inconsciente? al régimen. Lo mismo podría decirse de la música tropical, antes considerada “terraja”, que fue ganando aceptación en amplios sectores juveniles. Pero, los historiadores todavía estamos en pañales en este tema de la historia uruguaya reciente.

Por otro lado, desde 1978 se fue conformando un movimiento musical y poético llamado Canto Popular. En cierta forma derivaba del Canto de Protesta de los años ´60-’70. Me animo a decir que los café-concerts realizados en el gimnasio de AEBU en los años más oscuros del régimen fueron el puntapié inicial de esta modalidad. Eduardo Darnauchans, el dúo Labarnois- Carrero, Jaime Roos, Washington Benavides, los Zucará, Los que iban cantando o el grupo Rumbo (con las figuras de Mauricio Ubal y Rubén Olivera), para citar algunos ejemplos, surgen en esta época. Una de las canciones más emblemáticas fue, sin dudas, “A redoblar”, con unos estribillos icónicos:   “A redoblar muchachos la esperanza/ Que su latido insista/En nuestra sangre/ Para que ésta nunca olvide su rumbo/ Porque el corazón no quiere, entonar más retiradas”.

Sería un error creer que el Canto Popular fue una expresión de la izquierda. A diferencia del Canto de Protesta, abarcó también a artistas vinculados al Partido Nacional que con sus obras expresaron las ansías de libertad. Carlos  Fossati, Eustaquio Sosa, Tabaré Etcheverry o Julián Murgia, son algunos nombres que hoy parecen olvidados, pero que jugaron un papel fundamental en la resistencia cultural. Por ejemplo el tema De Poncho Blanco, es prácticamente un himno de los blancos porque recoge su tradición levantisca ante  el despotismo: “Aparicio, Aparicio te estoy buscando/¿dónde estás General?/de poncho blanco andarás por el cielo/naides lo dude/ Tu alma se vuelto Sol, tu poncho nube”  

Asimismo, la aparición de la revistas de humor, con un claro contenido político como el caso de El Dedo, que fue un boom de ventas y luego Guambia, que marcó toda una época más allá de los años de dictadura, eran síntomas de una sociedad que despertaba de su letargo. (Hubo otras revistas, como La gaceta del morbo o La Otra, que intentó ser una réplica uruguaya de la legendaria revista argentina Humor)   

Una anécdota personal: pertenezco a esa generación- llamada con mucha razón La Generación del Silencio- que pasó parte importante de sus años juveniles en dictadura. A principios de los años ’80 mi generación comenzó a tomar contacto con publicaciones prohibidas (desde Historia de los Orientales de Carlos Machado, los libros de Rodney Arismendi y Vivian Trías, hasta los clásicos marxistas) Lo “prohibido” tiene su encanto. Es como acceder a un saber vedado cuya censura por  poderes arbitrarios hace más intenso el goce de su lectura, que en el fondo de la cuestión es el goce de la libertad.

Esto por cierto no es malo, sin embargo implicó un problema….

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