La tercera guerra mundial

Ricardo J. Lombardo

En sus brillantes ensayos prospectivos sobre el pasado y el futuro de la humanidad, Yuval Noah Harari asumió que los humanos finalmente habíamos logrado controlar la hambruna, la peste y la guerra.

En la década pasada postuló que el humanismo había finalmente predominado, que la etapa siguiente sería la de desafiar la muerte con la ayuda de las nuevas tecnologías y que estaríamos en condiciones de crear el homo deus cuando una discontinuidad en el avance de la informática construiría máquinas más inteligentes que los humanos.

Pocos años después, la realidad nos aterrizó. La peste reapareció incontrolable, la ley de la selva dejó de ser el resultado de rencillas locales, se globalizó y, sentada sobre enormes arsenales nucleares que podrían llegar a eliminar la especie, mutó hacia una un tipo de enfrentamiento diferente capaz de hacer reaparecer la hambruna en vastos sectores de la Tierra.

Así, la mesa está servida para una nueva guerra mundial: la económica.

La invasión de Ucrania por parte de Rusia, podrá parecer una rareza en este mundo altamento interconectado, de metaverso y tantos avances tecnológicos.

Pero la historia de la humanidad muestra que para la zona que separa Europa de Asia, una incursión de ese tipo es casi un relato cotidiano. Desde Gengis Kan, Ciro el Persa, Alejandro Magno, el imperio turco otomano, las Cruzadas, Napoleón, Hitler, Stalin, etc., la región siempre fue un polvorín pronto a encender.

Putin, con una visión de siglo XX, no vaciló en iniciar allí una cruel guerra para evitar que su vecina Ucrania desarrollara lazos más estrechos con Europa.

En otros momentos, esto hubiera tenido el mismo impacto que el asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo  en 1914, que desencadenó la Primera Guerra Mundial; o la invasión a Polonia en 1939 por parte de los nazis que desembocó en la Segunda Guerra Mundial.

La diferencia, esta vez, es que Occidente no tuvo una reacción bélica. Con una opinión pública ahíta de la guerra, los gobiernos de Estados Unidos y la Unión Europea sofrenaron su impulso inicial, pero desencadenaron una nueva modalidad de enfrentamiento: la guerra económica.

El corte de todo flujo financiero desde y hacia Rusia, el bloqueo de las cuentas de los oligarcas rusos que son el verdadero sustento del régimen de Putin, la interrupción del comercio y todo tipo de sanciones  hacia los invasores, parecen ser armas casi tan poderosas como los miles de misiles que el mundo occidental tiene para hacer desaparecer a Rusia de la faz de la tierra y, en consecuencia, inmolarse también en un conflicto final.

El problema es que esta crisis ha desencadenado otras repercusiones en el resto del mundo que, aunque nos creamos lejos de los campos de batalla, o ajenos los intereses que están en juego, nos afectan hasta en nuestros ámbitos más íntimos.

La interrupción de los flujos del comercio y la no disponibilidad de las materias primas que alimentan el normal funcionamiento de las economías, ha potenciado una inflación a nivel mundial que amenaza  convertirse en una nueva peste incontrolable.

El escenario era propicio para una rápida y continua subida de los precios, pues a raíz de la recesión provocada por el Covid19, todas las economías habían inyectado fuertes cantidades de dinero para evitar la depresión y el desempleo.

Eso formó un caldo de cultivo para el rápido desarrollo de estos otros gérmenes destructivos que surgen del conflicto de Ucrania y la guerra económica.

Para colmo de males, China, convertida en potencia mundial, le ha hecho guiñadas a Putin y sigue empeñada en su política de Covid 0 por lo que mantiene encerrada a la mayor parte de su población, cortando la cadena de suministros, la producción y el transporte con lo cual disminuye seriamente su nivel de actividad, e impacta en el mundo con la escasez y su flagelo consecuente: la inflación.

El mundo está en guerra.

Es la Tercera Guerra Mundial.

Distinta de las anteriores, pero potencialmente capaz de producir serios problemas al mundo: hambruna, escasez, inflación y miseria.

Sería bueno que nuestros referentes políticos, empresariales, sindicales y formadores de opinión, tomaran nota de esto,  dejaran atrás las fútiles disputas domésticas, y se apresuraran a desarrollar una estrategia nacional, solidaria y colectiva, para capear esas peligrosas tormentas que se avizoran.

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