La traición de Alberto Fernández

Hugo Machín Fajardo (Cadal)

El presidente argentino Fernández se ha desdibujado una vez más en la región con su peregrina tesis del buen anfitrión que no debe vetar invitados. Pide que los invitados a debatir sobre la democracia sean precisamente quienes la han secuestrado en sus países.

La dictadura uruguaya que imperó entre 1973 y 1985 solicitó a la Organización de Estados Americanos (OEA) la realización en Montevideo de la VIII Asamblea General a realizarse en 1978. El pedido fue negado por la OEA el 31 de enero del 78, y al final de aquella asamblea reclamó, mediante una resolución fechada en junio, el cese de las violaciones a los derechos humanos que aplicaban los militares uruguayos a cualquier opositor que se empeñara en recuperar la democracia perdida. La OEA contribuía con esa resolución la campaña de solidaridad con el pueblo uruguayo desplegada en Occidente y en el llamado campo socialista.

En Argentina estas situaciones se vivían diferente, pese a la cruel represión provocada en parte por el peronismo de izquierda, Montoneros al principio fogoneados por Perón, desatada por el peronismo de derecha — con la Triple A, auspiciada por Perón— en 1974, y continuada por Videla a partir del 26 de marzo de 1976.

¿Por qué diferente? Porque, como está documentado según la publicación realizada en 2014 por la cancillería de Argentina —5.830 documentos entre 1976 y 1983, varios de ellos secretos— quedó corroborada la colaboración mutua que existió entre la Cuba de Fidel Castro y la dictadura de Videla. Los dictadores argentinos apoyaron al régimen cubano para su ingreso al Consejo Ejecutivo de la Organización Mundial del Salud (OMS) y La Habana apoyó el ingreso de Argentina al Consejo Económico y Social de la ONU (ECOSOC). Los representantes de Castro en el Comité de Derechos Humanos de la ONU, con sede en Ginebra, nunca votaron las resoluciones de denuncia contra Videla, y los argentinos siempre se abstuvieron de votar contra Cuba. También Moscú bloqueó más de una vez intentos de condenar a la Argentina de entonces en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU. Era complicidad comprada con carne y granos.

El comercio bilateral, que había alcanzado 406 millones de dólares en 1975 y había caído hasta poco más de 300 millones en 1976 y 1977, llegó en 1978 a 486 millones.

El historiador y economista Mario Rapoport  constató que la entonces Unión Soviética, de ser el país número 33 en el ranking de compradores de carne argentina en 1978, pasó al segundo lugar en 1979 y al primero entre 1980 y 1982. También en granos la Unión Soviética se convirtió en destino principal de las exportaciones argentinas.

El pasado jueves 9 de junio el presidente argentino Alberto Fernández, al intervenir en la IX Cumbre de las Américas celebrada en Los Ángeles, traicionó a la democracia, ofendió a millones de víctimas de dictaduras. Eso sí, recibió el agradecimiento de Maduro de visita en Irán.

Medio siglo después de que la OEA respondiera democráticamente a pedidos dictatoriales de colarse en ámbitos democráticos, Fernández reclamó que dictadores como Díaz-Canel, Maduro y Ortega, participaran de un foro precisamente convocado para defender la democracia gravemente acosada en el mundo y en particular en Latinoamérica. Y de yapa, calificó de «gendarme» a la OEA.

NO HAY DIFERENCIAS. Aunque parezca reiterativo hay que insistir: no hay diferencia entre las violaciones a los Derechos Humanos ocurridas en el Cono Sur y Centroamérica en los 70´y 80´; en el Perú de Fujimori en los 90´, o la Venezuela de 2017, donde centenares de manifestantes fueron abatidos en las calles; o el trágico abril de 2018 de Nicaragua, cuando los francotiradores asesinaban fríamente a los jóvenes que se levantaron contra Daniel Ortega. Como tampoco la hay con los 83 líderes sociales asesinados desde enero a hoy en Colombia, denunciado por el columnista Luis Noé Ochoa en El Tiempo. Ni mirar para el costado respecto a lo que informó el jueves 9 de junio la Procuraduría de los Derechos Humanos de El Salvador: registró 1.931 denuncias de violaciones a los derechos humanos durante el régimen de excepción implementado desde finales de marzo por el presidente Bukele; ayer alcalde de San Salvador electo por la izquierda, y hoy un jefe de Estado más con la deriva autoritaria. En Cuba Díaz-Canel no ejecuta ciudadanos en las calles —antes sí se fusiló— los encarcela y condena a años de prisión; y agrede sistemática y permanentemente todo derecho humano que quiera defenderse en la isla caribeña.

Las palabras hace tiempo que no entienden lo que pasa. El tirano cubano de hoy habla de Revolución como si fuera 1959, y con esa falacia mantiene la opresión. No es nuevo lo de vaciar de contenido palabras y conceptos. En 1932 el dictador salvadoreño Maximiliano Hernández Martínez encabezó un etnocidio contra miles de indígenas nahuas —las víctimas generadas en cuatro meses oscilan, según las fuentes, entre 25 mil y 60— participantes del levantamiento campesino contra la dictadura. Pero la versión oficial de esa masacre, favorable al surgimiento del fascismo del siglo XX, fue que se reprimía a los comunistas. La realidad era que los comunistas salvadoreños constituían un partido muy pequeño como para no solo haber organizado la revuelta, sino incluso para participar decisivamente en la misma.

CABALLO DE TROYA. El presidente argentino Fernández se ha desdibujado una vez más en la región con su peregrina tesis del buen anfitrión que no debe vetar invitados. Pide que los invitados a debatir sobre la democracia sean precisamente quienes la han secuestrado en sus países, adorna su esperpento: “El silencio de los ausentes nos interpela”, dijo en referencia a dictadores, pero en realidad agravió la memoria de 10.000 desaparecidos— ellos sí ausentes— en su país.

Horas antes de que Putin lanzara una guerra demencial contra Ucrania, cuando el mundo aun no había superado una terrible pandemia generadora de una recesión mundial en el horizonte; un ataque con pérdidas humanas y millones de refugiados; con consecuencias económicas y comerciales que ya sufrimos en mayor o menor grado; el presidente argentino le abría las puertas de América Latina a Moscú en genuflexa actitud. Actúa como el caballo de Troya del autoritarismo en la región democrática. Por su parte Ortega dobla la apuesta del argentino, ofrece la tierra de los volcanes para que la ocupen tropas rusas y luego de clausurar la Academia de la Lengua nicaragüense, festeja el día del idioma ruso.

 «No hay sobre la tierra naciones más miserables que las de América del sur», escribió Tocqueville al final del primer volumen de La democracia en América (1835-40) en referencia a la situación de caudillismos militares y tiranías criollas imperantes al sur del Río Bravo tras la independencia de España. Y matizaba esta dureza en carta a su amigo Louis Kergolay, a quien explica que su libro quería «indicar a los hombres cómo hacer para escapar a la tiranía y la degeneración al volverse democráticos», según consigna el colombiano Iván Darío Arango. *

El Presidente de Argentina actualiza la miserabilidad aludida por Tocqueville, pero sería inocuo quedarse en la descripción de un acto infame. Lo que debe rescatarse es la reacción ciudadana de rechazo al defensor de dictadores. Que ante los avances autoritarios sobre la democracia latinoamericana no nos pase lo que describió el austriaco Stephan Zweig sobre la vida de los europeos antes de la primera guerra Mundial: «Vivieron en el mismo país, en la misma ciudad, incluso, casi siempre en la misma casa, todo lo que pasaba en el mundo exterior ocurría, en realidad, en los periódicos: nunca llamaba a su puerta». Aunque, vaya si la realidad democrática latinoamericana debería golpear nuestras puertas llamando a ser defendida, pese a sus múltiples fisuras y deficiencias: la opción autoritaria no ha demostrado en ningún caso ser válida.

*Bases conceptuales de la democracia, Arango Iván Darío, Editorial Universidad de Antioquia, Medellín, 2015.

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