Las ideas, la usina de propuestas y el país modelo

Miguel Lagrotta

Me resulta casi imposible desarrollar una teoría sobre el desarrollo ideológico del batllismo sin tratar las ideas como las causas fundamentales de cómo evolucionó la sociedad, enfocado en períodos de la historia política uruguaya del siglo XX.

Partimos de algo simple sosteniendo que en todas las sociedades humanas las personas crean modelos de realidad.

En las sociedades antiguas estos modelos, con forma de fuerzas invisibles, eran lisa y llanamente espíritus, dioses, demonios o la fuerza de la naturaleza. Un cambio muy fuerte se dio en el campo de la ideología y de los valores, la igualdad, y tiene raíces muy profundas manejadas por diferentes autores como Hegel. Tocqueville o Nietzsche plantean otro resumen sobre la igualdad de los seres humanos a la imagen bíblica de Dios. Hegel sostenía que el reconocimiento de un gobernante por la sociedad era insatisfactorio derivado de la propia heterogeneidad y desigualdad que manifestaban en todos los actos como tal.

El mundo recorrió en poco más de dos siglos, o sea desde las revoluciones norteamericana y francesa, la revolución industrial y el desarrollo brutal de nuevas tecnologías que modificaron profundamente las relaciones e interconexiones existentes entre las distintas sociedades. Siguiendo ahora a Samuel Huntington, sostenía en un trabajo de 1968, El orden político en las sociedades en cambio, que las sociedades tenían una lógica en su evolución política y que debemos estudiarlas en las dimensiones políticas, económicas y sociales del desarrollo.

Para entender el proceso debemos estudiarlas por separado y en su entorno histórico. Un orden político eficaz, digamos el primer batllismo, debe sostenerse por el Estado, la ley y la responsabilidad democrática. Nadie puede negar que la usina de ideas y la concreción de muchas de ellas en un modelo de Estado llevado adelante en las primeras décadas del siglo XX uruguayo, se basó en la ley y en la responsabilidad democrática. Eso fue justo, y socialmente redistributivo con el objetivo puesto en el ciudadano. Uno de los principales teóricos y activo defensor de estos principios fue el Dr. Domingo Arena, quien en 1912 sostenía: » Si me he embanderado con tanta resolución en la gran fracción en la que estoy embanderado es, simplemente porque he visto en ella la obrera del bien, la obrera del bienestar nacional. Si apareciese alguna otra capaz de mayores realizaciones, con más facultades de hacer el bien, la abandonaría porque mi verdadera orientación política es el bien del pueblo. Si mi partido no fuera capaz de realizar un programa obrerista, sería socialista, tal vez hasta anarquista» y casi como un mal augurio sostenía también en el lejano 1912 que «Gobernar con hombres de ideas y tendencias opuestas a las de quién gobierna, es irracional; solo ocurre cuando no existe el propósito de implantar ideas de su partido».

El profesor Yamandú Fau con esa facilidad que tiene para simplificar conceptos me dijo hace un tiempo que ya no hay batllismo, hay batllidad. O sea que, las ideas que venimos manejando salieron de un entorno político para insertarse en un sentimiento social. Y esa sociedad busca su batllidad en lugares diversos donde se le presentan soluciones de desarrollo social concretas y medibles. Incluso varias acciones en la crisis pandémica fueron manejadas por el liberalismo pragmático de la coalición multicolor. El batllismo se asoció muy fuerte con una visión simbólica democrática y reformista con varios clivajes como la legalidad, la seguridad, la hiperintegración, además del optimismo. Lentamente, desde el terrismo, la crisis luego de la muerte de don Luis tuvo su broche final a partir del 2002, donde se tiene al batllismo como una referencia de lo que se quiere ser, pero alejado del votante, que en definitiva es la razón de ser de la política.

Ver: Ansaldi, W. Tierra en llamas. Ediciones al margen, 2002. La Plata. Caetano, Del primer batllismo al terrismo.

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