Las obsesiones de la dictadura

Jorge Nelson Chagas

Es notorio que la dictadura tuvo desde el inicio algunas obsesiones. Una de ellas fue, como es obvio, la “infiltración marxista” en los sindicatos, la enseñanza y la cultura en general. Pero, ¿esta obsesión era exclusiva de los mandos militares y los civiles colaboracionistas?, ¿o en realidad la misma abarcaba a un amplio espectro político de los partidos tradicionales, incluyendo a los sectores más liberales?

Un excelente trabajo titulado “Historia visual del anticomunismo en Uruguay 1947-1985), coordinado por la profesora Magdalena Broquetas, revela que los miedos a la acción marxista en el campo laboral y estudiantil no fueron, ni mucho menos, patrimonio exclusivo de la dictadura. Todo lo contrario: esos miedos ya estaban presentes desde mucho antes del golpe de Estado del 27 de junio de 1973. 

En ese trabajo el historiador Marcos Rey Despaux explica que la cruzada anticomunista, que se radicalizó en Uruguay desde 1968, acusó a la “subversión marxista” de corromper a la juventud, pervertir a las mujeres y poner en peligro a la familia. La presencia creciente de jóvenes varones y mujeres de izquierda en espacios de militancia partidaria, gremial o armada puso en cuestión algunas jerarquías de clase, género y etarias consideradas constitutivas de la nación.

Hubo una fuerte alarma social que contribuyó a legitimar demandas de represión y disciplinamiento para restaurar la familia patriarcal, la juventud “sana” y los roles de género tradicionales. En gran medida el pachequismo represento este sentir de una parte considerable de la sociedad.

Pero… ¿sólo el pachequismo?

En la campaña electoral de 1971 la lista 15 dirigió un mensaje específico sobre la defensa de la familia tradicional. Un folleto de ocho páginas a color narrado desde la perspectiva de un niño, reforzó los roles de género tradicionales y presentó algunos cambios de la juventud como una moda estética inofensiva alejada de cualquier tipo de politización En ese folleto quincista todos los integrantes de la familia defendían a  través del voto una “revolución a la luz del día”, expresión de la disputa del concepto de “revolución” asociado a la defensa del orden vigente.

Lo mismo se puede decir del campo sindical. Álvaro Sosa Cabrera, en el mismo trabajo, advierte que en el período 1967-1973 se transmitió la idea que las medidas tomadas por los sindicatos en conflicto afectaban especialmente a los colectivos más vulnerables de la sociedad uruguaya, tales como los niños y jóvenes, los enfermos, los ancianos, los usuarios pertenecientes a la clase media y los sectores populares, los pequeños y medianos comerciantes, y los asalariados en general. La CNT como un instrumento del comunismo para provocar el caos social. 

Ya instalada la dictadura un editorial del 13 de julio de 1973 publicado en La Mañana – en plena elaboración de la reglamentación sindical- consideró un logro para los trabajadores haberse liberado de “la férula de la CNT y de la dirección burocrática del comunismo, mediante el voto secreto y el plebiscito”. 

El 16 de julio del mismo año El País sostuvo que la reglamentación sindical debía llamarse  ley de “libertad sindical”, porque mediante el uso del voto secreto en las elecciones de autoridades y decisiones gremiales que el obrero “ganará la libertad de decisión que hasta el momento no ha conocido”. Un caso particular fue el diario El Día, donde desde las columnas firmadas por  Dorbal L. Paolillo se clamaba por retornar al “espíritu batllista” de la acción sindical – citando continuamente a Domingo Arena – alejándose de ideologización marxista.  

O sea que los militares en estas cuestiones no estaban predicando en el desierto. Coincidían con los valores instalados desde hacía tiempo en el espectro político colorado y blanco, y en una parte importante de la ciudadanía. Con una diferencia sustancial: colorados y blancos querían pararle los pies a la “infiltración marxista”, pero dentro de los cauces legales, en un  marco democrático. Las Fuerzas Conjuntas, en cambio, no tenían ese prurito.

Tanto la reglamentación sindical como la intervención en la Universidad de la República e incluso,  el anuncio del 20 de diciembre de 1973 del Consejo de Enseñanza Secundaria que a partir de 1974 los alumnos debían llevar uniforme y pelo corto para asistir a clases, así como los profesores debían usar corbata y la presencia obligatoria de símbolos patrios en los liceos, deben ser vistos como parte de un sentir mucho más amplio que el mundo castrense.

Dicho en otras muy polémicas palabras: en realidad, los militares estaban actuando en los sindicatos y la enseñanza como un sector considerable de los políticos tradicionales y la ciudadanía entendían correcto. Estaban haciendo lo que ´ni más ni menos no pocos consideraban que se debía hacer, aunque sin los límites de la democracia.

La explicación no es compleja: para los militares tal infiltración corrompía a la esencia misma de la Patria y la Patria estaba por encima de cualquier formalismo constitucional.

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