Levantar la cabeza

Ricardo J. Lombardo

Todos los días, al anochecer, los uruguayos recibimos un golpe al mentón, cuando el SINAE divulga los datos de contagios, internaciones en CTI y fallecimientos como consecuencia del COVID 19.

Durante los meses de abril y mayo, 3302 compatriotas murieron a causa de esta enfermedad. Es decir un promedio de 54 por día, valor que parece haber entrado en una meseta demasiado prolongada.

Las cifras nos deben interpelar a todos.

Desde el principio de la pandemia, nuestro país fue puesto como ejemplo de cómo manejarla. Se atribuyó al mérito de la conducción gubernamental y al valiosísimo aporte de científicos de primera línea que han ofrecido su aporte de manera honoraria.

Hasta el 31 de marzo, y luego de más de un año en que se detectara el primer caso, los fallecimientos por esa causa habían alcanzado la cifra de 974. Los dos meses siguientes, los números crecieron exponencialmente.

¿Qué ha ocurrido?

Al parecer, la estrategia de vacunación masiva aconsejada por el GACH e instrumentada por el gobierno,  se quedó corta frente a la incursión de la cepa brasileña, mucho más agresiva que la anterior, que extendió los contagios por todo el territorio nacional de manera sumamente acelerada, mucho más rápido que la capacidad de inmunización provocada.

Frente a ello, el GACH aconsejó una serie de medidas restrictivas adicionales.

Después de instrumentadas la mayoría de ellas, los científicos sugirieron “blindar” abril, es decir bajar la movilidad de manera  aún más acentuada para evitar caer en la situación actual.

Algunas de las propuestas fueron descartadas por el Poder Ejecutivo, como la de decretar toque de queda o evitar el tránsito de un departamento a otro, porque consideró que ambas cosas eran de difícil aplicación en un país como el nuestro y de dudosa efectividad.

Ante el riesgo de un crecimiento exponencial, el GACH  siguió aconsejando bajar la movilidad de manera drástica para evitar el crecimiento vertiginoso de los contagios, pero el gobierno pareció convencido de que no podía hacerse más nada y, adicionalmente, se vio desbordado de reclamos de sectores ansiosos de recuperar sus actividades suspendidas por las medidas restrictivas.

Las señales fueron contradictorias, y se comenzó a observar una cierta laxitud en los cuidados por parte de la población, que repletó restaurantes, multiplicó las fiestas clandestinas, las reuniones familiares y dejó de observar muchas de las medidas aconsejadas para prevenir los contagios.

Uno advierte una cierta fatiga en todos los actores de este drama, que quizás nuble la razón.

Además, el dedo acusador está a la orden del día. Unos culpan a los otros. Se reprochan. Se enojan. Hasta incluso hay mezquinos oportunismos políticos. Hay cierto acostumbramiento a las cifras de muertos y quienes los aprovechan para marcar su perfil hacia la opinión pública.

Mientras tanto, al virus le importa muy poco esas mezquindades, y se introduce por cada grieta que la sociedad le ofrece para provocar estragos.

Llegó el momento de levantar la cabeza.

En lugar de estar discutiendo como si fuéramos la Amsterdam y la Colombes, los ciudadanos deberíamos reclamar que entre todos se busque una solución. En vez de fogonear el disenso, tendríamos que exigir el consenso.

Hay que adoptar más medidas para salir de esta meseta. El gobierno tiene la palabra. Pero también la tiene el GACH y el resto de nosotros.

Los matones de pacotilla que se desafían en redes o alientan una ruptura entre las autoridades y la comunidad científica en lugar de demandarles una acción conjunta y decidida, son un mal peor aún que el coronavirus.

También deplorables son los oportunismos políticos provengan de donde provengan.

Aunque sea por una vez, salgamos de la inclinación a provocar grietas que parece tener buena parte de los ciudadanos, y exijamos que los responsables, tanto gobernantes como científicos, levanten la cabeza y logren instrumentar medidas consensuadas, contemplando todos los aspectos que están involucrados en el abordaje del problema.

En esto, literalmente, nos va la vida.

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