Los héroes del Quebracho

Leonardo Vinci

Este 31 de marzo recordaremos la valerosa gesta conocida como “La Revolución del Quebracho”.

Fue cuando la dictadura de Máximo Santos logró el milagro de reunir a Blancos y Colorados “…bajo una misma bandera, a la luz de un mismo heroísmo, alentando la misma fe” al decir del historiador.

Universitarios citadinos entre los que se encontraban tres jóvenes que luego se convertirían en Presidentes de la República, decidieron marchar al combate. Batlle y Ordóñez, Williman y Campisteguy, junto a otros centenares de su generación, tomaron las armas para enfrentar a la tiranía militarista, tras haberla combatido con la pluma. Teófilo Gil y Batlle escribían en “La Razón” terribles artículos. “¡No hay atropello que no hayan realizado; no hay crueldad que no hayan ensayado en sus víctimas; no hay crimen que haya sido barrera para apagar la sed de sus innobles apetitos!”

Paz Aguirre contaba que “En una brumosa madrugada de fines de febrero de 1886 los revolucionarios embarcaron en la dársena norte de Buenos Aires. Una travesía serena pero de menguadas raciones (…) Apenas algunas galletas y medio jarrito de vino por cabeza, en medio de nubes de mosquitos, viajando sin «rumbo a altas horas de la noche en medio de la naturaleza dormida». Acurrucados en la proa, en los botes y en cuanto lugar ofrecía alguna protección, los jóvenes ebrios de ilusiones soñaban con la libertad de la Patria.”

Una vez en nuestra tierra “recorrieron kilómetros en medio del lodo, bajo lluvias torrenciales, con los pies casi descalzos, con sus ropas en andrajos, hambrientos y ateridos, conocedores de su manifiesta desventaja frente a un ejército de línea mucho mayor en número, armas y adiestramiento…”

Uno de los revolucionarios, Javier de Viana relataba en su libro “Crónicas” que mientras marchaban, la fatiga era “… cada vez mayor. La cartuchera semeja un anillo cortante que se hunde en la cintura y la mortifica a tal punto que parece que llevamos el cuerpo cortado en dos mitades (…) La sed, el hambre y el sueño son tres monstruos que se unen para torturar nuestros pobres organismos (…) La orden es no hablar, lo que no evita que se oiga repetidamente la frase ¡A Santos, si pagarás por todo esto…!”.

Pronto comenzó la jornada sangrienta.

Justino Zabala Muniz escribió “Las balas golpean sobre el campo reseco, pasan silbando por el aire de fuego de aquella tarde en los Palmares de Soto, o se aplastan en una gran mancha mojada y roja, en la frente de un compañero. Batlle anda entre ellas…” y les grita a sus camaradas ¡Adelante! ¡A la carga, que las balas del tirano Santos no matan! Pero matan. Matan en la carne de una juventud heroica. Matan. Cae Napoleón Gil, hermano de Teófilo “Y Batlle tiene apenas tiempo de sostenerlo en sus brazos. Lo tiende amorosamente en tierra mientras los aires, alrededor, están sacudidos de descargas. Lo ve agonizar.”

Al otro día Batlle vio llegar a Teófilo Gil y se abrazaron en silencio. Ya había llorado sin lágrimas a su hermano muerto y dijo “Dime Pepe, ¿cómo se portó mi hermano en la lucha y en la muerte? Batlle respondió de inmediato: Con heroica serenidad”. Rodríguez Fabregat también cuenta que a Teófilo Gil se le iluminaron sus ojos de bondad por los que se le asomaba el alma y volvió a caballo a su lugar en la batalla. Batlle lo volvió a encontrar al atardecer, de cara al cielo, gloriosamente muerto…

Zabala nos dice “No fue una batalla, sino un sacrificio (…) que la generosidad de Tajes libró de humillación”.

«El Quebracho» terminó con el militarismo del siglo XIX, y abrió las puertas al Uruguay batllista.

La tumba de Teófilo Gil, perdida entre los pastizales de Palmares de Soto, espera el reconocimiento y el homenaje que le debemos a él y a los mártires de la revolución.

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