Mayo de 1968 y los tiempos violentos

Nelson Chagas

A mediados de mayo de 1968 hubo serios incidentes en las calles de Montevideo con pedreas de ómnibus, barricadas con quema de neumáticos y enfrentamientos crecientemente violentos con la policía, aunque no necesariamente un reflejo o una mera imitación de lo que ocurría en Francia. En un primer momento las protestas estuvieron protagonizadas por alumnos liceales y de preparatorios agremiados en la Coordinadora de Estudiantes de Secundaria del Uruguay (CESU) por el anuncio del posible aumento del precio del boleto.

A fines de mes se produjeron ocupaciones en doce liceos capitalinos. Un compromiso de la Intendencia de Montevideo para implementar un mecanismo de subsidio que mantendría inalterado el precio del boleto estudiantil, posibilitó un impase. Sin embargo, una parte importante de los estudiantes no acató la resolución de CESU y continuó las ocupaciones con el objetivo de lograr un “boleto estudiantil y popular subsidiado por la banca y el latifundio”.

Mientras tanto, otros sectores de la enseñanza se plegaron a la movilización. Los estudiantes y docentes de la Universidad del Trabajo del Uruguay (UTU) y los estudiantes de Magisterio protagonizaron huelgas que se extendieron hasta principios de junio. El día 5 de ese mes se realizó un paro nacional de la enseñanza pública. En el caso de los profesores de Secundaria, la designación como director general de Arturo Rodríguez Zorrilla fue, también, motivo de conflicto. A pesar de que contaba con el apoyo de las gremiales docentes agrupadas en la Federación de Profesores, no contaba con las simpatías de los sectores mayoritarios de los partidos tradicionales. En medio de este panorama, la FEUU se involucró en la contienda social convirtiéndose en el motor principal de las luchas. El día 6 organizó una manifestación por 18 de Julio en demanda del pago de la deuda presupuestal que mantenía el gobierno con la enseñanza que desembocó en pedreas y disparos de la policía.

Al día siguiente, luego de un acto multitudinario realizado frente a la Universidad se produjo, por más de tres horas, una refriega que dejó como saldo numerosos jóvenes lesionados, decenas de detenidos y cuantiosos daños materiales. La FEUU deslindó responsabilidades sobre la quema indiscriminada de vehículos, pero no pudo evitar que circulara la versión de que los estudiantes deliberadamente aumentaban la violencia.

A esa altura de los acontecimientos existía la impresión que se estaba ante una situación de casi anarquía. No es que los estudiantes fueran capaces de hacer caer a Pacheco. Pero, ciertamente, la paz y la tranquilidad pública estaban seriamente afectadas.  La CNT, a pesar de integrar la mesa de diálogo de la Comisión Tripartita, no pudo eludir el apoyo a la FEUU, que desde 1958 era sus “aliado estratégico”.

Otro foco de conflicto se constituía en la banca oficial, donde comenzaban a realizarse paros parciales. El Partido Comunista – pese a ser partidario de la negociación – brindó un decidido apoyo al acto obrero-estudiantil del día 12 de junio, que buscó unificar las luchas.

Como una tragedia griega los actores no podían eludir su destino, aunque los tupamaros aún no aparecían en escena. 

Es más: es probable que ni sus dirigentes más capaces pensaran que se iba a dar una situación semejante.  ¿O sí…?

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Junio de 1968 entre Pacheco y Washington

En junio de 1968 el problema más grave que enfrentaba el gobierno de Pacheco no eran las movilizaciones estudiantiles (de carácter urbano, nunca fueron a nivel nacional). El peligro estaba en otra parte: en Washington, donde trabajosamente se negociaba la refinanciación de la deuda externa. Y había tres aspectos que jugaban en su contra

Para empezar Washington no tenía casi información de Pacheco. Su trayectoria política había sido muy modesta (aunque para nada mediocre, como se ha creído). No había sido ministro ni tampoco jerarca de algún organismo estatal importante. No era líder de ningún sector grande o pequeño del Partido Colorado. No se conocía su pensamiento sobre los problemas que aquejaban al Uruguay. Sus charlas con los diplomáticos de la embajada de EE.UU. se habían limitado a las reuniones sociales de carácter protocolar. Los norteamericanos no sabían exactamente si poseía o no dotes de estadista. 

En segundo término, durante el segundo gobierno nacionalista las obligaciones crediticias contraídas no se habían cumplido. Incluso en el año 1965 partió hacia el exterior una misión con el objetivo de obtener fondos por fuera de los organismos internacionales de crédito. Esto era un mal antecedente.

En tercer término, durante el gobierno de Gestido por cien días hubo una ruptura con el Fondo Monetario Internacional (FMI) – por iniciativa del entonces ministro de Hacienda de Amílcar Vasconcellos – que generó desconcierto. Uruguay estuvo a punto de quedar aislado internacionalmente. 

Además de estos aspectos Washington, desde la óptica de la Guerra Fría, observaba con preocupación la agitación social que se desarrollaba. ¿Pacheco era un dubitativo como Gestido o tomaría con firmeza las riendas del gobierno? ¿Podían confiar o no en que cumpliría con las obligaciones contraídas? 

Si la refinanciación se frustraba el país quedaba en una situación económico-financiera muy precaria. Los riesgos eran múltiples. De ahí que, contrariamente a lo que ha parecido, las Medidas Prontas de Seguridad del 13 de junio de 1968 fueron producto de la debilidad del gobierno. No de su fuerza. Entre la espada y la pared Pacheco optó por un camino. No fue una decisión exclusivamente pachequista. Todo lo contrario. El Partido Nacional- Wilson Ferreira Aldunate incluido- las apoyó. No era tan sólo un problema del gobierno sino que Uruguay mismo estaba en una situación de extrema vulnerabilidad.  El Partido Nacional, tras ocho años de ejercer el gobierno, comprendía muy bien esto. 

Estas razones  de Pacheco para tomar esa decisión explican por qué Flores Mora votó esas medidas, pero renunció a su cargo y ofreció refugio a los dirigentes de la CNT si eran requeridos. Y esto explica también, por qué Alba Roballo no votó las medidas pero, al renunciar, expresó públicamente: “subrayo que las motivaciones que ha tenido este gobierno que Ud. preside para dictar las Medidas Prontas de Seguridad son orden superior y patriótico y que nunca ha tenido más motivo un gobierno para llegar a ese extremo constitucional. Esta actitud no contradice mi adhesión personal y política a ese Gobierno y su persona, que será manifestada a través de la actuación en el Parlamento y desde mi banca, donde seguiré testimoniando la confianza que tengo en el Gobierno Colorado y el inmenso aprecio personal que tengo al señor Presidente”.   

Ahora bien. Si se lee atentamente  el decreto que implantó las Medidas Prontas de Seguridad, aquel 13 de junio de 1968, no se menciona, ni sola vez, a los tupamaros.

Es que los tupamaros no tenían nada que ver con lo que estaba ocurriendo.

Así de simple.

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