No entrar en el relato frenteamplista

Pablo Romero García es un filósofo y docente con una marcada impronta en las redes sociales y los medios de comunicación. Sus posturas, casi siempre controversiales, han sido un disparador en muchos temas de debate académico.

Sin embargo, cuando politiza su discurso, como lo ha hecho hace unos horas en twitter, a poco de trascender, se desvanece y hasta se invalida, al dejar en evidencia de que sólo persigue ser parte de un proceso de construcción de relatos y estereotipos con la idea de ubicar al batllismo del lado de la izquierda política del Uruguay. Su fin es preparar los escenarios necesarios que permitan ir arriando aguas hacia el molino frenteamplista.

Precisamente por eso los colorados en la antesala de los tiempos de campaña electoral, deben advertir estas voces y no permitir que los nubarrones que todo sistema de coaliciones conlleva, tenga que suponer un contexto adverso en cuanto a la negociación política con quienes se distinguen de nuestras divisas, historias y hasta idiosincrasia, cuando en realidad lejos de correr un riesgo en perjuicio de nuestra ideología, estamos ganando espacios de gobierno que de otro modo serían inviables. Hoy en la coalición republicana somos el contrapeso ideal que oficia de garantía batllista.

En el citado tuit con un largo hilo ideologizado, Pablo Romero escribió: “La enorme pérdida del partido colorado comenzó a darse con su giro hacia una impronta ideológica donde claramente los blancos –sí- son sus adecuados representantes y captan, por lo tanto, el mayor caudal electoral. ¿En qué momento el partido colorado decidió ser la mano derecha y convertirse en antagonista de la izquierda, de aquello que, en buena medida, representó durante parte central de las mejores páginas de la historia de nuestro país? La pérdida de lo mejor de su identidad no casualmente ha ido de la mano de la enorme pérdida de votantes, y realmente cuesta ver a representantes colorados enfrascados en disputas contra trabajadores organizados, haciendo el `trabajo sucio´ para quienes históricamente –sí- han sido sus antagonistas (y hoy son directamente sus líderes políticos aceptando un impensable destino: ser, en los hechos del engranaje político construido, un sector más del Partido Nacional). Perder el perfil político propio borrando absolutamente su esencia batllista, subtalante de izquierda, ha sido un salto al vacío, el mayor error en el que incurrió el partido colorado a lo largo de su historia, con una negación absoluta de quien fuese su mayor figura. En el país del Pepe Batlle, los colorados de siglo XXI, votan herreristas y sus representantes se posicionan como enemigos políticos del batllismo que, básicamente (hay destacadas excepciones, pero que confirman la regla) sobrevive en la izquierda.”

Quien acceda a leer a este docente entenderá a cabalidad la máxima de los contadores cuando en el ejercicio de su profesión, dicen: “que a cuenta de mayor valor” el concepto genérico de hoy, mañana será nada más que un postulado al que poco importará la fórmula de cálculo aplicada porque se sostiene en una falsa postulación. Parece ser que Pablo Romero en su impertinente inclinación hacia el sofismo (como revalorización del lenguaje que tiende a un relativismo nominalista donde las palabras y las cosas se identifican), su juego es plantar al batllismo y a la izquierda en un mismo lugar perdiendo de vista que esa misma izquierda hace muy pocos años trató a aquél primer batllismo de error.

Pero alcanza con estos pasajes del filósofo que incursionó como politólogo, para darnos cuenta que su interés está centrado en la idea del primer batllismo como punto de referencia, y disparador de partida, con el solo fin de llegar a la idea fuerza de que el batllismo está en la izquierda, y que la izquierda es el Frente Amplio.

La construcción de relatos está plagada en la historia uruguaya. Precisamente, y para poner el ejemplo en hechos ciertamente relevantes, una prueba inequívoca desde la certeza fue la actuación como relator que por décadas ostentó Eleuterio Fernández Huidobro, que como viejo tupamaro se ubicó en el umbral de la autodefinición política para exonerar a la guerrilla urbana de su responsabilidad en el Golpe de Estado.

Los tupamaros fueron –y siguen siéndolo-el eslabón perdido de la ruptura democrática.

A 53 años de 1969 cuando el auge tupamaro más se destacaba, y en Uruguay aún no se había incursionado en los tiempos violentos como consecuencia de la “acción/reacción”, desde la toma de Pando, los secuestros hasta el robo a los bancos, sin entrar a analizar la cárcel del pueblo y el rol cuasi fiscal de algunos prohombres de la época, como Mauricio Rosencof, la violencia como tal –desde el Estado como desde la sombras de la guerrilla- debe ser censurada con el mismo énfasis republicano.

Los mismos que hoy reclaman el batllismo para la izquierda, son los que se llamaron a silencio en el febrero amargo del relato de Amilcar Vasconcellos, cuando advertía una y otra vez, que los militares se adjudicaban roles que lesionaban la Constitución.

Quizá por todo esto cuando surgen notas de prensa con encuestas preparadas, promoviendo candidaturas, la sospecha no debe dar paso a la ingenuidad y hay que enfrentar el intento de ridiculización del partido colorado aportando ideas, generando espacios de debates y tomando como referencias las virtudes de una historia que, por más batllista que se la defina, no puede jamás perder el derecho de reivindicar la “reforma” como atributo, pero no levantando viejas reivindicaciones de coyuntura válidas para un momento imposible de perpetuar.

Es razonable que haya empresas públicas. Eso es un hecho, pero que Ancap pierda millones por la variación internacional del petróleo, o porque debamos apegarnos -por ideología- a una refinería, es un disparate antológico que José Batlle y Ordóñez jamás planteó, como tampoco –sostuvo defensor pleno del trabajador- que haya que alinearse a quienes desde la Educación hace más de 40 años entorpecen los cambios de las currículas reivindicando sólo más recursos con fines salariales. En educación, como en cualquier otra actividad, si no hay control hay arbitrariedad, y fallan los contrapesos que como estructuras republicanas el batllismo ideó y promovió en el Uruguay moderno.

Cuidado con las candidaturas impuestas desde afuera del Partido. Trabajemos desde las bases en ideas para ser cada más liberales en lo económico, garantistas en las leyes, responsables con los fondos públicos, protectores de los derechos de los más vulnerables y promotores de la clase media como sistema social de igualación, en el que como reiteraba Batlle y Ordóñez, “hagamos un país donde los ricos sean menos ricos, y los pobres sean menos pobres”. Cuando esto quede definido con precisión y el mensaje sea claro, los candidatos –sean quienes sean- aparecerán desde la legitimidad.

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