Nuestras pesadillas

Jorge Nelson Chagas

El periodista Jorge Barreiro ha realizado, lo que yo califico como una importante afirmación: “el estrepitoso y trágico fracaso del MLN, como el de la mayoría de los grupos guerrilleros de América Latina, estaba latente en la naturaleza misma de un proyecto de una fragilidad pasmosa, se lo viera por donde se lo viera”. O sea que no se trataron de “problemas logísticos”, como presuntas o reales traiciones de algunos de sus integrantes.

Comparto totalmente esta afirmación. Pero, al mismo tiempo, me hago esta pregunta: si desde el mismo origen la aventura guerrillera estaba condenada al fracaso, ¿qué móviles llevaron a un grupo de hombres y mujeres a tomar las armas?  Y entiendo que esta pregunta es pertinente porque no se trataba de personas delirantes, con una patología particular que los hacía proclives a la violencia. 

El asunto tiene dos aspectos muy interesantes: Para empezar Uruguay tanto institucionalmente, como en los indicadores sociales fue, en el contexto de América Latina, bastante ejemplar. Desde la década del ’20 – desterrada la violencia política- las elecciones nacionales habían logrado un nivel de limpieza y trasparencia considerables. Había clientelismo, claro está, pero los resultados electorales no eran fraudulentos.  La democracia uruguaya estaba lejos de ser una mascarada vacía.

Por otro lado, la movilidad social ascendente permitió la consolidación de una importante y extendida clase media. No había campesinos “hambrientos de tierras”, no existía una población indígena marginada, no existía ningún tirano/dictador civil o militar, que impusiera a la población sus arbitrariedades y caprichos, no existía una presencia extranjera que despreciara y abusara de la población autóctona…

El segundo aspecto, es que si uno examina detenidamente la biografía de los “históricos” del MLN, no eran integrantes de ninguna clase social marginada. Todo lo contrario. El mismo Raúl Sendic, era hijo de un modesto productor rural que logró, por su esfuerzo e inteligencia, estudiar en la Universidad de la República.

¿Entonces…?

Uno de los puntos más inquietantes de este tema: los tupamaros, como la misma dictadura militar, son igual que las pesadillas: criaturas nuestras. 

Acaso, una y otra vez, otra vez, y otra vez más, debamos volver a aquel Uruguay de mediados de los cincuenta, el Uruguay pos- Maracaná, donde se gestó la tragedia que aún pesa sobre la sociedad.

Crisis económica de los años `50

La crisis económica que se abatió sobre Uruguay a mediados de los años ’50, era de muy difícil resolución. No es que había que ser ingeniero de la NASA para resolverla, sino que la enorme dificultad estaba en que desde 1931 se implantó el dirigismo económico en Uruguay.

Este sistema – que incluye el control de cambios y la sustitución de importaciones – sirvió para sacar al país de la crisis de 1929, en un mundo hostil a los productos exportables del país. Eran los años ’30.  Pero al consolidarse al paso de los años, creó una estructura jurídica-burocrática que tras el final de la Guerra de Corea fue una suerte de chaleco de fuerza para la economía uruguaya. 

En este punto hay una paradoja: a diferencia de 1929, la economía de Uruguay entró a colapsar en momentos que el capitalismo mundial entraba en una expansión sin antecedentes. Dicho en otras palabras: Uruguay perdió el tren.   Este es un punto que vale la pena detenerse porque ayuda a comprender por qué durante mucho tiempo los uruguayos creímos estar condenados a un atraso permanente.

Después de la Segunda Guerra Mundial, las tasas anuales de crecimiento de la producción alcanzaron valores sin precedentes. El crecimiento experimentado por la economía occidental se vincula con una modificación de los factores de producción de trabajo y capital. Los avances tecnológicos, la implementación de economías de escala y las mejoras en la organización empresarial, aumentaron la productividad El aumento de la oferta de trabajo se debió al crecimiento natural de la población y a los cambios en la tasa de la población activa fruto de la incorporación masiva del trabajo femenino, por los movimientos internacionales de población y por la atracción de trabajadores procedentes del agro.

Por otro lado, el progreso técnico vivido en esta época estuvo vinculado a: la multiplicación de las materias primas gracias la fabricación de fibras sintéticas y a las aleaciones de metales, el espectacular desarrollo de nuevas maquinarias e instrumentos, los avances en la extracción de recursos naturales y las mejoras en los transportes y comunicaciones. Esta revolución tecnológica fue fundamental para la producción en masa, la automatización y la industrialización de la ciencia.

No es casual que se le llamara la Edad de Oro del capitalismo o Años Dorados. También conocido en francés como Trente Glorieuses o Treinta Años Gloriosos, en alemán como Nachkriegsboom o boom de la posguerra y en inglés Post–World War II economic expansion o expansión económica de la postguerra.

Admito que asusta pensar que mientras el mundo occidental avanzaba a ritmo acelerado, Uruguay que formaba parte de él, se retrasara cada vez más.  Y esto explica que una parte considerable de la generación joven de 1960-1970 haya optado por ir a tres destinos: EE.UU, Australia y Canadá. 

Pero… ¿por qué diablos nos sucedió eso?

A mi entender debemos analizar las características de aquel “chaleco de fuerza” que oprimía a la economía uruguaya.

Compartir

Deja una respuesta