Partido, Estado y Democracia

Isabel Loureiro  es profesora jubilada del Departamento de Filosofía de la Unesp y autora, entre otros libros, de La Revolución Alemana: 1918-1923 (2020-Unesp) y Rosa Luxemburgo – os dilemas da ação revolucionária, São Paulo, (2019-Unesp) FUENTE: A Terra e Redonda

Isabel Loureiro

En esta pesadilla donde la rueda de la historia ha retrocedido algunas décadas, asistimos al regreso del fascismo y al revival mediático de su hermano siamés, el estalinismo. En las redes sociales pulula la defensa de Rusia, Corea del Norte, China como países supuestamente socialistas. Y lo mismo ocurre con la ex URSS: se justifican los gulags y la violencia contra los opositores políticos – vistos como un mal menor en la construcción de la “patria socialista” contra el imperialismo estadounidense – prueba de que la idea de perfeccionamiento continuo de la humanidad no pasa de una ilusión.

Ciertamente que el deseo del retorno de una parte de la juventud, que se autodenomina revolucionaria, a una mítica edad de oro comunista que nunca existió, surge de la desesperación ante la barbarie capitalista, acentuada por la pandemia del Covid-19, y también del desencanto con la tibieza de la izquierda reformista y de sus políticas de gestión del capitalismo. Al mismo tiempo, existen serias tentativas de jóvenes militantes de organizaciones marxista-leninistas de actualizar la política de Lenin, haciendo una relectura de las ideas de la vanguardia revolucionaria y del centralismo democrático, que, como sabemos, siempre fue más centralista que democrático. Este libro, al mostrar los impasses a los que condujo el autoritarismo comunista, es fundamental para todos ellos.

Quien busque refundar el comunismo – en buena hora los commons regresaron al vocabulario de la izquierda – precisa revisitar la tradición de la que él es heredero y hacer un ajuste de cuentas honesto con la experiencia comunista del siglo XX. No es casualidad que la novela de Leonardo Padura El hombre que amaba a los perros, al señalar la falta de libertad, la censura de quienes piensan diferente, la manipulación de toda una generación que vivió con miedo a las represalias, tuvo tanto éxito entre nosotros. La experiencia de la generación cubana a la que pertenece Padura tuvo su pendant en Francia, donde los intelectuales sufrieron una ceguera deliberada ante los crímenes de Stalin, y sólo en la década de 1970, con la publicación del Archipiélago Gulag, reconocieron que las denuncias de los disidentes no eran obra del imperialismo estadounidense. Lo mismo en Brasil. Aquí solamente pequeños círculos trotskistas y socialistas no fueron conniventes con el estalinismo y cuestionaron lo que estaba pasando en la URSS.

La fuerza de este libro radica precisamente en el (élan) ímpetu moral que anima a la autora, perfectamente resumido en el epígrafe del libro, extraído de una carta del militante comunista Pietro Tresso: “Es imposible soportar en silencio aquello que hiere los sentimientos más profundos de los hombres. No podemos admitir como justos los actos que sentimos y sabemos que son injustos; no podemos decir que lo verdadero es falso y que lo falso es verdadero, con el pretexto de que sirve a una u otra fuerza presente “.

Ángela Mendes de Almeida se niega a guardar silencio sobre las mentiras, los abusos, los asesinatos de trotskistas y estalinistas, víctimas de un engranaje que ellos mismos ayudaron a crear. Cuando parecía que ya todo estaba dicho sobre el tema, la autora nos sorprende con esta minuciosa investigación histórica, enriquecida con acceso a documentación posterior al fin de la Unión Soviética, a obras literarias, memorias, etc. dando a los materiales recopilados un enfoque muy personal que atrapa al lector de principio a fin.

Para dar cuenta de la experiencia autofágica del estalinismo, Angela reconstruye en filigrana episodios como la “idiotez suicida” (Hobsbawm) de la táctica comunista del “socialfascismo”; las diferencias entre frente único y frente popular; el papel vergonzoso de los comunistas en la Guerra Civil española; los procesos de Moscú; el pacto entre Hitler y Stalin, el asesinato de supuestos espías por los comunistas brasileños después del levantamiento de 1935, entre muchos otros. Así como Padura en su thriller histórico-político, también Angela narra la historia de la derrota del comunismo en el siglo XX, de la que el mismo Stalin es en gran parte responsable.

A su larga trayectoria de militancia de la autora desde la dictadura militar, primero en las organizaciones trotskistas, luego en el campo de los derechos humanos en defensa de los pobres, negros y vecinos de la periferia, Angela hace de esta una obra comprometida con dar respuesta a las preguntas que ella misma planteó en su proceso de maduración política.

Pero, al final, ¿cuál es la “tesis” de este libro de título polémico? En busca de los orígenes del autoritarismo estalinista, que nunca dudó en recurrir a los expedientes más sórdidos para eliminar a sus supuestos o reales adversarios, Ángela vuelve a la divergencia entre bolcheviques y luxemburguistas en cuanto a la concepción de partido político: por un lado organización centralizada y jerárquica de revolucionarios profesionales, separados de la masa de trabajadores y cuya función es dirigirlos; de otro, partido democrático de masas, cuya vida depende de la circulación sanguínea ininterrumpida entre base y dirección.

Ángela reconstruye la tumultuosa trayectoria de estas organizaciones, y también de la socialdemocracia alemana, para concluir que el bolchevismo, al “adoptar el principio de partido único funcionó como un verdadero tronco” de donde salieron las políticas represivas del estalinismo. Uniendo este hilo estructural y el advenimiento del fascismo, el nazismo y la Segunda Guerra Mundial, desembocamos en la exacerbación de las tendencias autoritarias latentes en el bolchevismo. En suma, a pesar del río de sangre que los separa – esta es la “tesis” que presenta Ángela- no es posible negar la continuidad entre autoritarismo bolchevique y estalinista. Es una idea polémica, con la que Michael Löwy, autor del Prefacio, no está de acuerdo, ver aquí. Según él, el endurecimiento de los bolcheviques habría sido “culpa” de los socialistas revolucionarios de izquierda, quienes, en desacuerdo con el tratado de Brest-Litovsk, iniciaron los atentados terroristas. La respuesta de los bolcheviques fue el sistema de partido único (julio de 1918) y el Terror rojo (septiembre 1918).

Aquí vale la pena recordar a Rosa Luxemburg. Ella, que conocía bien a los bolcheviques y que apoyó la Revolución de Octubre sin vacilar, rechazó de inmediato el Terror Rojo. Oponiéndose a los métodos de Feliks Djerzinski (militante de la socialdemocracia en el Reino de Polonia y Lituania, el mismo partido de Rosa), y el primero en liderar la Tcheka, ella confiesa a su compañero del partido polaco, Julián Marchlewski: “Tengo miedo (…) que Jósef [Djerzinski] se obstine [en creer] que rastreando ¨conspiraciones¨ y asesinando a ¨conspiradores¨, se puedan tapar enérgicamente los agujeros económicos y políticos.

Idea de Radek, por ejemplo, de “¨abatir a la burguesía¨, o apenas una amenaza en ese sentido, es la mayor idiotez; sólo sirve para comprometer el socialismo, nada más”. (30 de septiembre de 1918) /1/

Precisamente por eso mismo no me parece adecuado recurrir únicamente a causas coyunturales o históricas para explicar los orígenes del autoritarismo bolchevique, dejando de lado la idea de partido de vanguardia. Aunque Lenin “flexibilizó” la concepción autoritaria que aparece en ¿Qué hacer? fue ella quien terminó vengándose en el comunismo ruso, lo que no quiere decir que la historia no representa ningún papel. El libro de Ángela Mendes de Almeida muestra de forma convincente cómo las circunstancias históricas fortalecieron las tendencias autoritarias previamente existentes.

Recordemos a otro revolucionario que también cuestionó el concepto de partido leninista, Mario Pedrosa. Según él, un partido de revolucionarios profesionales como el bolchevique, basado en el principio de centralización, nunca se transformaría en un partido de masas. El ejemplo fue el Partido Comunista Alemán. Este osciló entre una militancia mayor o menor, pero nunca se convirtió en el partido de los trabajadores alemanes, como lo fue el SPD. El partido centralizado y militarizado, diseñado por Lenin como un instrumento de asalto al poder para el caso específico de Rusia, terminó convirtiéndose en el modelo a imitar por los partidos comunistas de todo el mundo. Y también se convirtió en un modelo para los partidos fascistas. En resumen, el partido de vanguardia leninista fue el instrumento perfecto para los propósitos dictatoriales de Stalin, un diagnóstico difícil de refutar.

En definitiva, el libro de Angela Mendes de Almeida, al reconstruir la trágica historia del comunismo en el siglo XX, es un manifiesto a favor del credo socialista democrático de Rosa Luxemburgo que, ya en los albores de la Revolución rusa, temía que la supresión de las libertades democráticas, del pluralismo de ideas y organizaciones llevarían a la burocratización de la vida política y a la dictadura de un grupo sobre toda la sociedad.

Nota: 1. Rosa Luxemburg, Gesammelte Briefe 6, Berlim, Dietz, 1993, p.209.

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