Pascuas, en pandemia

Lorenzo Aguirre

Quizá, sea momento para reflexionar respecto a una cruz interior común a todas las tradiciones, que ilumine nuestro sendero, dando paz al alma, y llegar a la mesa pascual para compartir el “verdadero pan”, porque, a decir verdad, somos hombres de necesidades espirituales tambaleándonos como pobres y enfermos, intentando ser buenos “pastores”, y saciar el hambre en esa invitación cósmica. Como siempre, el plenilunio se marchará taciturno, y la humanidad quedará flotando en el destino mientras el interior de muchas personas vivirá una pascua con risas estentóreas como escape al miedo a la muerte, el cual subyace en la mente. En los últimos días, escuchamos: “el año pasado no pudimos festejar, pero no vamos a permitir que se repita”. Una reflexión “muy valiente” compartiendo el tradicional huevo de pascua – generalmente desconociendo su simbolismo – en día de resurrección – mientras en Uruguay se sospecha con desesperación, el contagio por covid – 19 de aproximadamente diez mil personas, y fallecimiento de unos setenta ciudadanos, en “semana santa” –, y la tristeza de darnos cuenta que, rituales y liturgia de avatares no intervendrán en la misión de traer los “Cielos, a la Tierra”.

La Pascua, es una fecha fijada según el calendario lunar, pero celebrada dentro de uno solar, como es el nuestro.

El año lunar tiene trescientos cincuenta y cuatro días – doce meses de veintinueve días y medio -, mientras que, el solar, goza de trescientos sesenta y cinco, originando un desajuste de once días y la necesidad que, cada tres años, el catálogo lunar incorpore un mes adicional – “mes embolismal” -, teniendo que esperar diecinueve años hasta que, el inicio del calendario solar y lunar vuelvan a coincidir en la misma fecha.

Como el año solar está compuesto por cincuenta y dos semanas y un día, al año siguiente cada fecha avanza un día a la semana. Al cabo de siete años tendría que repetir día de semana, si no fuera porque los años bisiestos complican el tema cada cuatro años, y entonces debemos esperar veintiocho años para repetir la secuencia de días de la semana.

Como la Pascua es el resultado de conjugar el calendario lunar y solar, debemos multiplicar el “Ciclo Metón” – astrónomo de Atenas, nacido en el siglo V, a.C., quien diera nombre al “ciclo decemnovenal”-, (19), por el solar (28), para obtener el “Ciclo de Pascuas”, de 532 años.

El nombre de “Pascua” deriva de la palabra hebrea “Pésaj” – “paso”, o “tránsito” -, cuyo objetivo es recordar el “paso” del “Ángel Exterminador” por las casas de los egipcios, matando a hijos varones, y perdonando a hebreos.

Al mismo tiempo, la Pascua judía les recordaba a los hebreos la comida del Cordero, y el beneficio de haber sido liberados de la esclavitud, “pasando a pie”, el Mar Rojo.

Quizá, la Pascua cristiana en cierta forma tenga como finalidad festejar la resurrección de Jesús como una “especie de tránsito” del mencionado avatar.

La Pascua judía se celebraba el 14 del primer mes judío, Nisan – de acuerdo al libro del “Éxodo” el mes de Nisan era el primero del año, pero más tarde se trasladó al mes de “Tishrei” -, fecha que, supuestamente, Jesús fue crucificado.

Luego, la Pascua cristiana tomó otra dimensión, suscitando entre cristianos la controversia pascual, o sea, el día que debía festejarse la Pascua.

Para conmemorar la salida de Egipto guiados por Moisés, el pueblo judío toma como “Pésaj” el día 15 de Nisan – coincidiendo con el equinoccio de primavera -, utilizando en su calendario meses lunares de veintinueve días y medio.

El mes, se iniciaba con la Luna Nueva, y el 15 de Nisan coincidía con la Luna Llena.

La fiesta comenzaba la víspera, con el sacrificio del cordero, el cual se comía al atardecer, cuando según la tradición, se había iniciado el día siguiente.

Para el “Evangelio según San Juan” la muerte de Jesús tuvo lugar el día de preparación de la Pascua judía, que, ese año, coincidió con un sábado.

Por lo expresado, Jesús, murió un viernes 14 de Nisan, cuando los judíos realizaban la matanza de corderos pascuales, y de esta manera, quizá, desde allí, Jesús se convertiría en el “Cordero” de la “Nueva Alianza”, cuya sangre “se derramaba para el perdón de los pecados”.

El domingo 16, primer día de semana, se señala como fecha de resurrección, y la fiesta de “misterios de Redención” se hizo de dos formas diferentes en los primeros siglos del cristianismo.

Las Iglesias de Oriente las hacían coincidir con la Pascua Judía, que comenzaba al atardecer del 14 de Nisan, con independencia del día de semana que cayera, mientras la Iglesia de Roma, y las occidentales, el domingo siguiente a la Pascua judía, festejando la resurrección del Maestro Jesús.

La controversia se zanjó en el Concilio de Nicea en el año 325 d. C., decidiendo que, la Pascua cristiana sería el domingo siguiente a la Luna Llena, que coincide – o es posterior – con el equinoccio de primavera.

Es decir: sería siempre un domingo, sería siempre el siguiente a la Luna Llena del 14 de Nisan, y luego del 21 de marzo.

En consecuencia, si esa fecha cae en sábado, y es plenilunio, el día siguiente, domingo, puede ser Pascua.

Por lo expresado, según criterios fijados por el Concilio de Nicea, la Pascua, oscila entre el 22 de marzo, y el 25 de abril.

Dicho primer Concilio Ecuménico de la Iglesia fue convocado – para imponer su voluntad a los mal avenidos clérigos – por un tal Constantino – apodado “El Grande” -, quien luego de la victoria en la batalla de Puente Milvio – 312 d.C. – se proclamó emperador de Roma.

Constantino, no fue cristiano, sino seguidor del Sol Invictus, pero, a decir verdad, el móvil de Constantino fue político, y como estadista y pagano, la unidad y estabilidad estaban por encima.

Las decisiones del Concilio de Nicea fueron promulgadas como artículos de fe, imponiéndose la “Navidad” en una gruta de pastores, el “Día del Juicio Final”, la “Resurrección de los Muertos”, la segunda venida de Dios –  en este caso, y de acuerdo con las enseñanzas del apóstol Pablo, quien se manifestaría de nuevo no sería Mitra, sino Jesús, el único “Hijo del Padre”, pero dejando de lado que, el cumpleaños de Jesús había sido hasta el siglo IV el 6 de enero, y pasándolo al 25 de diciembre, la festividad del Sol Invictus, el renacer del Sol -, la adopción del domingo como día santo de la semana cristiana, abandonando el antiguo “Sabbath!” judío que guardaban Jesús y los seguidores directos, y la muy particular fiesta de “Pascua”, que hicieron coincidir con los ritos de primavera, de otros cultos, y escuelas mistéricas de aquel entonces.

Ahora, estamos en tránsitos solsticiales, quizá para reflexionar y hacer lo que debemos, por el deber mismo, desechando la engañosa frase “el que siembra, recoge” – porque no siempre es así -, y afrontar un duro camino.

Esta pandemia cambió gran parte de nuestro destino, perdiendo familiares, amigos, y cada día somos arrasados, pero entre tanto dolor atravesamos los tiempos, y quizá, más allá “del invierno”, podamos volver a caminar por el sendero, y percibir nuevamente, la Luz

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